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Cuando los Juegos Caribes eran de noche

Submitted by on November 22, 2015 – 1:01 pm

Emilio Ichikawa

Los Juegos Caribe de la Universidad de La Habana tienen su historia; suponiendo que un día se escriba como una sola, la que me pertenece es la que se extiende desde 1980 a 1986, es decir, los cinco años de carrera más el año adicional que el reglamento permite competir como atleta universitario.

Los Caribe son los juegos interfacultades de la Colina Universitaria; igual que los Manicatos los universitarios de ambas provincias habaneras.

La competencia deportiva está inscrita en una “emulación” estudiantil general donde se establece, básicamente a partir de las medallas obtenidas pero no solo por eso, el rango deportivo de cada Facultad.

Esta aclaración es importante, en primer lugar, porque permite entender la división entre “Facultades grandes” (Contabilidad y Finanzas, Economía, Derecho, Biología) y “Facultades pequeñas”, como era la nuestra de Filosofía e Historia. En segundo lugar, y esto es esencial ahora, porque justifica la participación de todo tipo de deportistas en aras de la acumulación general de puntos. El compasivo lema del Sr. Varón, “Lo importante es competir”, es menos real en las Olimpiadas que en los Juegos Caribe donde por completar un equipo uno es capaz de fichar hasta al CVP (security) de la Facultad.

Por aquellos años la Facultad de Filosofía tuvo un grupo de atletas sobresalientes; no a todos los recuerdo por su nombre: Froilán y Cheo, en carrera de orientación; Carmenate, en béisbol; Terry y Felipe, en lucha libre; Iván de la Nuez, en polo acuático; Alexis Carvajal, en fútbol; Vila, en gimnasia… Todos tenían el derecho de pertenecer a una organización “paradeportiva” llamada COSAU, que de paso servía para sortear todo ese amasijo de citas y reuniones que caracterizó nuestra juventud por esas fechas.

Pero estas estrellas no valían nada sin el grupo de atletas que con mucha voluntad se prestaba para completar nuestros improvisados equipos de “Facultad pequeña”. El héroe de todos esos “deportistas anónimos” fue, sin dudas, El Sapinguito, una pelota de cojones y amor deportivo que nos llevó al primer lugar.

La Facultad de Derecho tenía inscrito el equipo nacional de polo acuático en la modalidad de curso dirigido. Eso ayudaba a declarar, en cada competencia internacional, que todos los polistas cubanos tenían nivel universitario, lo que era mentira y verdad a la vez. Anualmente ese equipo nacional tenía que cumplir formalidades y participar en los Caribe “representando a su Facultad”. Aquella vez, creo que eran los juegos de 1983, habían terminado una Universiada en Brasil y el equipo nacional de polo, en pleno, atravesó la grama del estadium Juan Abrantes, enfundados en ropa Mizuno, para enfrentar al equipo de la Facultad de Filosofía e Historia.

No se trata solo de reconocer que nuestro equipo no era de los más fuertes para cargarse a Derecho, la cosa es más grave: en el equipo de polo de Filosofía e Historia solo un delantero, Iván de la Nuez, sabía nadar. Recuerdo aquella arrancada. El balón en el centro, el silbatazo, y media decena de leones de un lado en pos del balón con Iván en solitario del otro. Los demás, sencillamente para no ahogarse, agarrados a los flotantes.

A los pocos minutos aquello tenía marcador de baloncesto: Derecho 24, Filosofía ni me acuerdo. La paliza aumentaba y en las gradas disfrutábamos no una competencia sino un entrenamiento de la selección nacional. Pero de pronto… El Sapinguito se aparta de su puesto y se le ve avanzar, agarrado al borde de la piscina, hacia la portería contraria. Iván, al verlo con el agua a la altura del labio inferior se le acerca nadando y le dice: “Sapi, ¿qué haces aquí alante?” Y El Sapinguito, con inocencia y valentía, le suelta: “Oye, ¿quieres que te ayude en el ataque?” (Creo que Iván trató de ahogarlo).

El Sapi era malo en deportes pero digno: gracias a él el equipo se completó y, aunque perdimos, se acumularon puntos para la competencia general entre “facultades pequeñas”.

Terminó el polo acuático y El Sapi pasó entonces a apoyar el equipo de pelota, que esta vez se echaba al hombro Carmenate quien era, por demás, el mejor jardinero central de la nómina universitaria.

Recuerdo un juego reñido, octava o novena entrada; las bases llenas y, de pronto, al pitcher Lima le entra un dolor en el hombro y hay que sustituirlo. En el banco solo quedaba El Sapinguito quien sale de relevo con la instrucción de dejar batear al contrario: “Tírale por el medio, no te compliques Sapi”, le decía Carmenate; “Deja que batee que yo arreglo la cosa”, insistía.

El Sapi se paró en el box, inició el movimiento y alguien le gritó desde las gradas: “!Sapíngooo!” Entoces El Sapi, bueno como siempre, bajó su pierna y miró al público mientras el árbitro decretaba un “box” dando paso a otra carrera. El temita del “box” se repitió dos veces más, por lo que El Sapi figura en las estadísticas de la Facultad como impulsor de tres carreras a favor de contrario… sirviendo como lanzador.

El juego de pelota se acaba, sin gane pero con puntos, y alguien trae la noticia de que Vila está preocupado en el tatami porque no puede completar el equipo de gimnasia. “¿Cuántos faltan?”/”Uno, uno solo”. Con esperanzas miramos al Sapinguito y este, siempre dispuesto, confirmó: “Yo voy”.

Fuimos para la mesa arbitral corriendo e inscribimos el equipo. Vila se veía planificando sus ejercicios a manos libres imitando a un dios acanelado y rodante. El resto de la comitiva fue a apoyar al Sapi que iba a debutar en la barra fija.

Fue entonces que lo tomamos por las piernas, lo subimos alto, bien alto y, cuando lo soltamos, el Sapi se quedó colgado del cuello en la barra. No quería bajar, se sostenía con la garganta más que con las manos tratando de completar el tiempo. Finalmente lo logró. Y cayó al piso con una fea herida y dificultades respiratorias que le hicieron permanecer en el Hospital Calixto García por un mes.

Un héroe del deporte universitario. El Sapinguito, sin una medalla, es la gran estrella de la memoria deportiva de una generación universitaria. Para mí, sin pensarlo dos veces, más cercano y querido que el famoso remero Julio Antonio Mella.