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I)-“Fidel Castro: ¿Uribe?
Uribe: ¿Sí?
Fidel Castro: ¡Aaaah! ¡Sabía que ibas a estar despierto! ¡Eres un ave nocturna como yo!”
El presidente Castro y yo nos llevábamos muy bien –para sorpresa de algunos, y en los últimos años …

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Por qué nos atacan (Más allá de Samuel Huntington)

Submitted by on November 16, 2015 – 7:45 pm

alexisGRANDE-180x250Alexis Jardines

Si bien estoy totalmente de acuerdo con Samuel Huntington en que los conflictos actuales -más que geopolíticos- son y serán culturales, prefiero pensar, a diferencia de él, que las civilizaciones siguen siendo fundamentalmente dos: la occidental y la oriental.

La teoría política es un área que ha de ser complementada con la filosofía de la cultura, la única en mi opinión con potencial para ofrecer respuestas a los problemas que aquejan a la civilización occidental. Consecuentemente, la reinterpretación filosófica de la teoría de Huntington acerca del choque de civilizaciones es una tarea pendiente.

En el año 2004 yo recuperé la médula del empeño de Huntington en mi libro El cuerpo y lo otro. Introducción a una teoría general de la cultura (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales) pero el carácter transdisciplinario del texto dificulta su lectura gremial y lo mantiene, desafortunadamente, fuera del foco de los politólogos. Lo cierto es que hasta hoy no alcanzamos a explicar con rigor por qué Occidente está bajo el ataque de lo que hemos dado en llamar bondadosamente fundamentalismo islámico.

Que las guerras son culturales más que geopolíticas es un hecho. Pero, ¿por qué ello es así? Para acercarnos a la respuesta lo primero que debemos hacer es recordar. Occidente, durante la Edad Media, siguió con igual sadismo el patrón que hoy sigue el terrorismo islámico. No fue menos cruel ni más humano. Lo segundo que necesitamos es saber que nuestra concepción de la realidad es engañosa y para reconocerlo es preciso echar mano a la distinción saussureana entre lo diacrónico y lo sincrónico. Lo real existe simultáneamente en ambos ejes. Expliquemos esto.

La religión -puede decirse sobre la base de una sólida tradición filosófica- es una forma de la Cultura, como lo es también la Ciencia y la Tecnología. La secuencia de estas formas, a título de “épocas”, constituye el eje de la diacronía que llamamos historia universal. Pero desde el punto de vista sincrónico, lo que observamos es que la forma dominante de la cultura somete al resto de las formas que coexiste con ella y se convierte así -para decirlo con P. Berger- en la dadora de valores, proveedora de sentido y productora de relaciones sociales, rescribiendo (acaso, produciendo) el pasado desde su propio estado presente. Lo que nosotros estamos presenciando hoy en el eje de la sincronía lo experimentó Occidente en la dimensión diacrónica a la manera de enfrentamiento entre el emergente paradigma científico y el hasta entonces dominante paradigma religioso hace más de 500 años.

Ahora solo se necesita saber que cuando una forma de la cultura se convierte en dominante (y, por lo tanto, productora de realidad y de la propia historia universal) el resto de las formas no tiene más remedio que plegarse a la transformación exigida por ella. Es en ese punto donde se generan los más agudos conflictos culturales (en un sentido más amplio del término que el estrictamente etnográfico).

En nuestros días es la Tecnología la forma dominante de la cultura, la cual se impuso sobre la Ciencia que, a su vez, había destronado a la Religión. En Occidente, tanto el Arte como la Ciencia y la propia Religión se han ido convirtiendo en vehículos de expresión del significado tecnológico sin mayores dificultades, quedando degradadas de tal modo a la situación de formas subordinadas. Pero en aquellas áreas del planeta donde la Religión es todavía dominante -como el mundo islámico- la resistencia es tan feroz como lo pudo ser cuando los tiempos de la Inquisición en el mundo occidental. Giordano Bruno y Galileo Galilei son solo dos nombres que destacan entre innumerables víctimas menos conocidas, desconocidas y anónimas del juego de subordinación y dominio de las formas de la cultura.

Unificando ambas perspectivas (diacrónica y sincrónica) podemos decir que el pasado no se ha ido, está ahí, sobrevive en esa resistencia religiosa atávica a la reconversión cultural que acarrea la tecnología como forma dominante.

Del mismo modo que no quedó nada humano que no fuera permeado por la religión (Cristianismo) en Occidente, así hoy la Tecnología se expande irremediablemente y sus valores amenazan con imponerse universalmente, lo cual es inevitable y natural. Y si debemos saber por qué nos atacan esas formas muertas, estamos obligados a conocer también cuál es nuestro punto vulnerable más allá del tema de las fronteras y de los espacios de fragilidad de la democracia. Todo en exceso es perjudicial y eso incluye al multiculturalismo y al relativismo cultural que han escalado casi al rango de ideologías. No hay que rechazarlos, pero no nos fanaticemos; no los convirtamos en objeto de adoración postmoderna.

Quienes viven bajo una episteme tecnológica (y esto incluye a naciones de un hemisferio y otro) tendrán que cerrar fila y tomar conciencia de que no estamos amenazados por un grupo de extremistas, sino por algo que -aunque atávico- se reproduce, propaga y replica de una mente a otra; algo que no se mata con bombas occidentales porque las instituciones y los cuerpos en que encarna no son sino meros vehículos, mientras que las mentes que por ese algo resultan poseídas de él obtienen el sentido de la vida, su sistema de valores y su concepción del mundo. La guerra es inevitable hasta tanto la Tecnología no se constituya definitivamente en la forma dominante de la cultura en esas zonas conflictivas del planeta y la religión, como en occidente, en forma subordinada. No ofrezcamos, pues, la otra mejilla ni pensemos tampoco que con las armas sea suficiente. Por otra parte, reconozcamos que el problema es un tanto complejo como para confiárselo a la actitud contemplativa del presidente Obama o a los soldadores del senador Marco Rubio.