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I)-“Fidel Castro: ¿Uribe?
Uribe: ¿Sí?
Fidel Castro: ¡Aaaah! ¡Sabía que ibas a estar despierto! ¡Eres un ave nocturna como yo!”
El presidente Castro y yo nos llevábamos muy bien –para sorpresa de algunos, y en los últimos años …

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Los Carson y su constitucionalismo

Submitted by on November 13, 2015 – 4:33 pm

arsAntonio García-Riestra

Luego de mantener por cinco semanas a One Nation: What We Can All Do to Save America’s Future (Sentinel, 2014) en el primer lugar de la lista de best-sellers del NYT, el neurocirujano Ben Carson y su esposa, la violinista Candy, dieron a imprenta A More Perfect Union (Sentinel, 2015) con el propósito confeso de enseñarnos a We the People qué podemos hacer para reclamar nuestras libertades constitucionales.
Los esposos Carson parecen dirigirse a quienes no han tenido ni tiempo ni deseos para leerse el texto constitucional y arrancan bien con que este se redactó sobre todo para facultar al congreso a fijar los impuestos que le diera la gana y adoptar medidas como el rescate financiero que impida bancarrotas catastróficas o la expropiación forzosa con compensación.
El Dr. Carson se aleja del Tea Party al reconocer que la amplitud del poder federal se equilibra de algún modo con el Bill of Rights, que puede y debe esgrimirse para bloquear las intromisiones más insoportables del Estado. Alrededor de este centro giraron los debates dieciochescos entre pro y anti-federalistas; estos últimos, según los Carson, vocearon mucho su disidencia, oposición y resistencia para enzarzarse en un grand bargain, que terminó al consentirse la creación de un gobierno central fuerte y darse contracandela con las diez primeras enmiendas (Bill of Rights).
Es cierto que de este modo quedaron empacados superlegalmente poderes otorgados y libertades protegidas, pero no hubo tal grand bargain. Los antifederalistas no consintieron aquel orden constitucional de gobierno, sino que perdieron la votación. Tal como puede apreciarse en los debates sobre la ratificación, la oposición continuó y aunque las discusiones desembocaron en diez enmiendas, los anti-federalistas no llegaron a enyuntar el poder federal como querían.

La jugada de Madison
El movimiento anti-federalista de Virginia, por ejemplo, forzó a su asamblea local del poder popular a que adoptara una Declaración de Derecho y sugiriera veinte modificaciones del orden constitucional, casi todas dirigidas a recortar facultades federales concretas. Los neoyorquinos no sólo formularon enmiendas, sino que convocaron a otra convención constituyente para entrar a considerarlas. A esta convocatoria seguían aferrados los antifederalistas de Carolina del Norte incluso después que once Estados habían ratificado la constitución original.
Para conjurar el complot de una segunda convención fue que Madison optó por enmendar los acuerdos de la primera. Había una larga lista de proposiciones remitidas por las asambleas estatales y Madison seleccionó aquellas que no debilitaban el poder federal. Así este quedó con plena potestad para imponer impuestos, formar ejército, declarar guerras y hacer otras muchas cosas sin más obstáculo que algo en que todas las convenciones locales habían coincidido: las facultades no delegadas expresamente en el gobierno federal quedaban reservadas para los gobiernos locales o para el pueblo.
Ese fue el germen de X Enmienda, que jurídicamente no afectó el poder federal —facultado para ejercer las facultades otorgadas por la constitución— y Madison recularía un poco, pero no tanto. La mayoría de los Estados habían propuesto que se reservaran las facultades no expresamente (sic) delegadas, pero Madison borró “expresamente” y cuando el congresista Thomas Tucker (Carolina del Sur) pidió restablecer dicho término, perdió en la votación.

La jugada de los Carson
El mensaje que transmiten los esposos Carson no es nuevo: la negociación entre federalistas y anti-federalistas dio pie a las enmiendas, con ambas partes contestes, pero el poder federal previsto en la convención constituyente quedó intacto. Otras claves en el libro son cosa de escuelita primaria: que el Bill of Rights está incorporado a la constitución como conjunto de libertades para ejercer control —digamos que operativo— sobre el poder federal y que los checks and balances se instituyeron para curtail federal power.
Sin embargo, tal y como ha precisado Ray Raphael en Constitutional Myths (The New Press, 2013), los checks and balances permiten extender el poder gubernamental, porque más bien se concentran en la distribución de ese poder dentro del propio gobierno federal, que no es lo mismo ni es igual a montar un mecanismo interno de checks and balances para conjurar el peligro de que cierto poder se consolidara como foco dentro del gobierno central.
Así que los esposos Carson dan lecturas de cívica escolar, pero no de historia constitucional. Y es lógico que lo hagan, porque el libro es pieza de campaña electoral. Tiene que llegar a la mayor audiencia posible con el mensaje más simple. De ahí que sus fuentes corran por entre los planes de lección del Archivo Nacional para celebrar el Día de la Constitución, sitios web como History.com y, sobre todo, la página digital de Monticello, de donde los Carson extraen citas y más citas de Jefferson contra las extralimitaciones del gobierno.

La historia no es fácil
Los Carson soslayan que la mano presidencial de Jefferson fue bastante larga y dura para exigir que la Ley del Embargo (1807) —sin parentesco con el embargo contra Cuba— se cumpliera a rajatabla. Este ejercicio del poder federal sobre las libertades constitucionales solo sería superado por las medidas gubernamentales de Lincoln durante la Guerra Civil.
Las cortas luces históricas de los Carsons se manifiesta desde el segundo capítulo del libro, que desarrolla la tesis de que con un poquito de historia se puede andar un largo camino. A tal efecto se ejemplifica con la madre del Dr. Carson, quien ante la coyuntura de comprar un carro de uso procedió de este modo: “With a little research, she was able to discover the history of the vehicle and learned that it was an absolute lemon”. Y tomó la sabia decision de no comprarlo.
Desde semejante perspectiva de la historia los esposos Carson lamentan, por ejemplo, que la XIV Enmienda se use para incrementar la deuda federal, pero se tragan que también legitima la personalidad jurídica de las corporaciones; se quejan del trato preferencial y dádivas que reciben los intereses privados a cambio de sus contribuciones a las campañas políticas, pero se tragan la decisión judicial en Citizens United versus Federal Election Commission (2010), que trastornó la esencia misma de las contribuciones financieras a las campañas electorales.
Los Carson abundan en casos extremos de lo políticamente correcto, como exigir a los maestros en Nebraska que no llamen a sus alumnos boys o girls, para no tocar la orientación sexual ni con el pétalo de una rosa lingüística, pero también se plantan con iguales extremismos llamando a la acción ciudadana contra “la policía de la computadora personal”. Pero a fin de cuentas, ¿qué vamos a hacer? El sesgo es el sentido táctico predominante en la estrategia de persuasión política y el Dr. Carson está haciendo campaña para nominarse como candidato presidencial del GOP.

Imagen: Candy y Ben Carson en Iowa / Red Right Republic