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El Holocausto y Las UMAPs

Submitted by on November 10, 2015 – 4:29 am

Emilio Ichikawa

Hannah Arendt dejó Alemania en 1933 después de una breve detención por la policía nazi. Esa circunstancia condicionó que su visión del nazismo no fuera empírica sino filosófica, abstracta: Absoluta. Luego en New York contó una breve experiencia en un “campo de concentración”, pero como se ha dicho se trata solo de una escaramuza apologética que es mejor no evocar.

Cuando en 1961 The New Yorker la envió a Jerusalén para que cubriera el juicio a Eichmann, Arendt halló la posibilidad de conocer “un nazi de verdad”. En esa ocasión The New Yorker contrató a Arendt como periodista, como reportera, no como filósofa. Como era lógico, Arendt no cumplió con el encargo.

Los filósofos de vocación, como era ella, no desdeñan el mal periodismo, al que ni siquiera consideran: Lo que los filósofos tienen la condescendencia de despreciar, acaso, es precisamente el periodismo que llaman “bueno”.

De ahí que Arendt observara el juicio a Eichmann de forma parcial, solo como un pretexto para hacerse una idea, un “concepto” del mismo. Desde Eichmann, Arendt “corroboró” que el nazismo era un sistema perfecto en su lógica. Estaba atomizado en individuos reducidos por pequeñas misiones cuya grisura les quitaba la energía para cuestionarse el sistema como tal. Mientras por otra parte esa pequeña misión, por su apariencia exclusiva, era desempeñada con celo y disciplina extrema.

Esto diferenciaría a la burocracia nazi de la burocracia castrista, donde el funcionario tiene conciencia de la futilidad de su cargo en relación con el sistema.

Lo que Arendt entregó a The New Yorker no fue entonces un reportaje sino una “especulación”. Durante la elaboración de excusas para sortear los reproches de la elite judía, Arendt se inventó la tesis de la banalidad del mal. Según decía, ser banal hace más grave a la maldad porque, entre otras cosas, la torna practicable por cualquiera. Fue peor el adhocismo que la tesis central, porque asentó su filosofía moral en un ordinario pluralismo.

Cuando los pensadores judíos (Arendt era pensadora y judía; no propiamente una “pensadora judía”) identifican al holocausto nazi con el “absoluto mal”, significan ante todo que “el mal no es empírico”; el nazismo no es una variante del mal, ni siquiera la peor variante: es su concepto. No es una representación, ni una experiencia histórica, ni una anécdota.

A medio camino entre una aprehensión absoluta y otra empírica (relativa) del mal está la “erudita” obra de Arendt Los orígenes del totalitarismo, que aplica más bien para una Filosofía de la Historia.

En Miami existen la Asociación (de ex confinados) de la UMAP, que dirige Emilio Izquierdo, y el Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo, que dirige Pedro Corzo. Ambas organizaciones recogen testimonios de individuos que padecieron la maldad del castrismo. Este mal no es absoluto como el que refieren los pensadores judíos, sino relativo. Y no lo es porque sea el del cubano un padecimiento menor, sino simplemente porque existe, porque es tangible, porque se puede contar en animadas tertulias.

Las denominaciones “El Holocausto” y “Las UMAPs” son bastante explicativas.

IMAGEN: wikipedia