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September 25, 2016 – 11:24 am

Emilio Ichikawa
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El aficionado a la democracia

Submitted by on November 1, 2015 – 6:23 am

Emilio Ichikawa

Parece que los cubanos no recordamos que lo que realmente ha molestado del modelo social instaurado en Cuba, y por lo que viven fuera de la geografía insular miles de compatriotas, emigrados o exilados, no es que ese modelo se concrete como una dictadura sino como un régimen/sistema de matriz bolchevique, donde los individuos están incorporados en condición de masa o “multitud” (como recientemente recordara el historiador René González Barrios) al gobierno del Estado.

Más que muerte o tortura, “aquello” da molestia; el castrismo no es sádico: es incómodo. Mete presión. Pica y sarpulle.

Lo que define a la dictadura es ser un recurso de “excepción”, y el poder cubano, la Revolución (revolución o llamada revolución), no tiene nada de “excepcional” ya que se prolonga por más de medio siglo.

El poder en Cuba a esta altura es más bien consuetudinario y hasta goza de cierta legitimidad tradicional; al menos en Miami, donde se percibe la tácita conformidad con que apellidos ilustres emergidos de los eventos de 1959 sean tratados con cierta condescendencia. Incluso con privilegios si se trata de instituciones federales; da lo mismo si regidas por Demócratas o Republicamos.

Rectificando a Max Weber, el carisma en Cuba no se ha disuelto sino que se ha confirmado por rutinización.

La experiencia totalitaria, la historia de aquellos pueblos que han salido del totalitarismo comunista (por cierto no para ser felices sino para meterse en un rollo no menor), muestra que ese amarre no se zafa participando más sino haciendo un ejercicio radical del individualismo. Es decir, atomizando al todo.

Sin embargo, la graciecita de la democracia, puesta de moda en su variante participativa por macro-repúblicas que vienen de vuelta de una veneración tan grande de la libertad y el respeto a la individualidad que al cabo han degenerado en soledad, como EEUU, ha relegitimado por mimetismo en culturas perplejas como la cubana el reclamo de más ajuntamiento, más gregarismo; equivocando como virtud el propio aparato filantrópico que el totalitarismo concibió para inmiscuirse en el ámbito privado e incluso íntimo de las personas.

La oposición, disidencia y heterodoxia cubanas alarman cuando dicen que quieren meterse en los barrios, que quieren saber lo que desean los cubanos de a pie, informarse sobre sus necesidades y sus sueños… ¿y qué es lo que piensan que ha estado haciendo la policía?