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Revolución, república y telenovela

Submitted by on October 30, 2015 – 5:32 am

Emilio Ichikawa

En un texto devenido clásico Albert Otto Hirschman considera la existencia de todo un linaje de pensadores apáticos a los cambios sociales porque los creen fútiles. Si una revolución nos lleva finalmente al mismo lugar en que se encontraba el antiguo régimen; o si básicamente lo que hizo esa revolución de “nuevo” no es más que el desarrollo y aprovechamiento de tendencias que ya se encontraban en la época pre-revolucionaria, entonces, ¿para qué ese sacrificio de sangre que la tierra absorbe y que luego no se sabe ni quién va a pagar?… como dice la “Canción de la Columna Juvenil del Centenario”.

Anoche el Canal Cubavisión transmitió el último capítulo de la telenovela “Cuando el amor no alcanza”, escrita por Maité Vera. No voy a ejercer ninguna opinión sobre la serie, persuadido por un trabajo de Yuris Nórido que con mucha razón recuerda la trampa en que estamos los espectadores, siempre renegando y siempre mirando: “la gente suele decir quees una mala telenovela. Sin embargo, es evidente que los que así opinan están muy al tanto de todo lo que sucede”; y por otro ensayo de Carlos Alejandro Rodríguez Martínez donde se recuerda que “muchos espectadores han obviado el valor de la perspectiva de género que atraviesa toda la telenovela.”

Acierta Rodríguez Martínez: si proponer o incluso forzar la perspectiva de género por interés del mercado o la producción puede determinar sobre la realización, entonces no se debe exigir demasiado a escritores y actores. La perspectiva de género también está autoritariamente impuesta, para bien y mal del producto, en otros dos trabajos que sigo: La telenovela “Acacias 38” y la serie histórica “Carlos, Rey Emperador”, ambos de RTVE.

Hace un tiempo atrás, cuando ni el encargo más descarado de la obra de arte, hecho por el millonario o por el Partido, anulaba completamente la autonomía del creador, el crítico podía sumergirse en el producto y husmear en los intereses, los sueños y la genialidad del artista. Si la había. Incluso, para regocijo de los estetas marxistas, en los detalles de la obra aparecía la historia y hasta el “contexto social”. No de modo grosero; era información más bien recatada, púdica, retraída entre los pliegues de los colores, en el grosor de las líneas, en la métrica… había que buscarla, es decir, investigarla. ¿Investigarla? ¿Pero no eso lo que hacen los científicos? Desde hace casi dos siglos los críticos de arte sueñan con la admisión en ese gremio. 

Pero hoy lo que existe es “fábrica de arte”, un plan de producción que pre-determina el lenguaje y programa la espontaneidad. 

Así ha sido “Cuando el amor no alcanza”: no es un “reflejo” de las reformas económicas en que se desenvuelve la sociedad cubana actual, es la terapia en 65 consultas para que se compruebe, al menos televisivamente, que la reintroducción del capitalismo de estado (que como dice el Prof. Nelson Valdés, es el tipo de capitalismo que siempre ha predominado en Cuba) no tiene que anular la solidaridad en esa gran familia sociocultural que es el vecindario.

La escena final en el paladar es interesante, porque no solo se muestran personas ligadas afectivamente, sino también interconectadas en lo económico. Ernesto y Leida, por ejemplo, son clientes del restaurante, pero a la vez suministradores de productos del agro.

Sin embargo ese sistema circular tiene dos puntas originarias, fundantes, y no están precisamente dentro de “la época” de la telenovela, que es parte de “la era” revolucionaria, sino de “la era” republicana.

Un de esas puntas pre-1959 que hacen posible el/la paladar del barrio es económica y la aporta Queta (Enriqueta), que consigue el dinero de la inversión a través de la venta de una casa heredada de su madre. La otra punta es cultural y la tiene Mela, que atesora la memoria de una tradición culinaria que la revolución revolucionó.

IMAGEN: Tomada de fullcuba