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September 28, 2016 – 2:52 pm

Jorge Riopedre
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Cuba y Puerto Rico: Quizá de un pájaro las dos alas

Submitted by on September 20, 2015 – 11:52 am

J. A. Albertini

En 1822, el entonces secretario de estado norteamericano, John Quincy Adamas, en carta a su ministro en Madrid, manifestaba: “Hay leyes de gravitación política, así como de gravitación física, y del mismo modo que una manzana desprendida del árbol por la tempestad, no puede sino caer al suelo, Cuba separada por la fuerza de su conexión antinatural con España, e incapaz de sostenerse por sí misma, sólo puede gravitar hacia la Unión Norteamericana”.

En el presente, a 193 años de aquella misiva, sin pretensiones proféticas, mezclando realidad, historia y algo de ficción, al mejor estilo de Julio Verne, lejos de algunos cubanólogos profesionales y académicos infalibles, con vocación de hacedores de horóscopos astrológicos, es posible  realizar el siguiente análisis.

 En 1898, al concluir, con la intervención norteamericana, la última guerra independentista cubana, los deseos del secretario Quincy Adams, no se materializaron del todo: Cuba, aunque con el apéndice de la Enmienda Platt, logró la independencia. Sin embargo, Puerto Rico, las Islas Filipinas, Guam y demás territorios de las Indias Occidentales que estaban bajo soberanía Española, por el tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, fueron entregados a los E. U. A.

Por aquellos tiempos, finales del siglo XIX y principios del XX, parecía que lo expuesto por José Martí en carta, horas antes de morir en Dos Ríos, a su amigo el mexicano Manuel Mercado, era inevitable: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo —de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

Puertorriqueños independentistas que lucharon y compartieron la visión del cubano Martí como, entre otros, el general Juan Ríus Rivera, Ramón Emeterio Betances, Eugenio María de Hostos, Lola Rodríguez de Tió y luego Pedro Albizu Campos, incluyendo al filipino Emilio Aguinaldo, no aceptaron la tutela norteamericana y mientras tuvieron vida combatieron, por diferentes vías, al nuevo colonialismo.

No obstante, Estados Unidos de Norteamérica, nación pragmática, alejándose del temor de José Martí, en 1925, a pedidos del gobierno del Dr. Alfredo Zayas reconoció la soberanía de Cuba sobre Isla de Pinos y en 1934, siendo presidente de la República el coronel Carlos Mendieta, la Enmienda Platt fue derogada. También, Cuba se favoreció, en su etapa republicana, del comercio con el vecino del norte, llegando a obtener para su azúcar precios preferenciales.

 Asimismo, E.U.A. en 1946 le concedió la independencia a Las Filipinas y en 1952, de la mano de Luis Muñoz Marín, Puerto Rico es declarado Estado Libre Asociado y comienza, izando bandera propia, a disfrutar de una fructífera etapa de desarrollo social y económico.

En 1959 una coalición de fuerzas opositoras, de raíz democrática, desplazan de la presidencia de Cuba al general golpista Fulgencio Batista y en una corta pero fiera lucha por el poder Fidel Castro Ruz sale vencedor, comenzado, a sangre y fuego, la implantación de una dictadura totalitaria de corte comunista, no exenta de sus despóticas pinceladas.

Esgrimiendo viejos agravios cometidos por el vecino del norte, sobre todo contra otras naciones hispanoamericanas, Fidel Castro trató de sembrar el encono y alejar al pueblo cubano de la proximidad benéfica y natural con la nación norteña. Eludiendo un “imperio”, el castrismo hace que Cuba se entregue a otro, generando  sumisión hacia la Rusia Soviética, de tal magnitud que en la  Constitución, promulgada por el régimen en 1976, se concretiza que el pueblo de la Isla está guiado: “por las doctrina victoriosa del marxismo-leninismo y se apoya en el internacionalismo proletario, en la amistad fraternal y la cooperación de la Unión Soviética y otros países socialistas…”.

No es necesario ahondar más en la crisis humanitaria, social y económica que el castrismo le acarreó y sigue desatando sobre el pueblo isleño y la juventud, en particular. Pero sí es digno destacar que la campaña de odio que por más de medio siglo el régimen totalitario trató de sembrar en los cubanos contra los estadounidenses, nunca logró sus aviesos propósitos. Prueba irrefutable es la alegría y muestras de júbilo que la población cubana destapó en cuanto se hizo oficial el restablecimiento de relaciones normales entre ambos  países.

Por otro lado, desde Puerto Rico se ha incrementado el flujo de personas y familias que, agobiadas por la situación económica y la inseguridad ciudadana, están emigrando, en busca de mejores oportunidades, hacia la Unión Norteamericana.

Recientemente el senador, hijo de cubanos, Marco Rubio, aspirante a la nominación republicana para contender por la Casa Blanca, en las elecciones de noviembre de 2016, viajó a la Isla del Encanto, en busca de apoyo y fondos para su campaña. Y allí, rodeado de simpatizantes, según cables de prensa manifestó: “El estatus  de Puerto Rico está impidiendo el crecimiento…” y más adelante dijo: “Para mí ha llegado el momento de que Puerto Rico tenga la oportunidad de unirse a los EE.UU”, en clara referencia a la estadidad.

No hay que descartar, que a la desaparición o transformación, de la mano de generaciones jóvenes, del desastre comunista, el pueblo de Cuba, cansado de promesas incumplidas y mentiras sistemáticas, desconfiando de los próceres que construyeron la Nación, gracias a la manipulación despiadada que el castrismo hizo de idearios como el de José Martí, opte, por voz popular, en convertirse en estado norteamericano. Y tal vez, si la votación fuese al estilo de la Atenas de Pericles, muchos, para asegurar el triunfo, elegirían alzando las dos manos.

No es descabellado pensar que políticos norteamericanos de origen cubano y puertorriqueño, sobre todo cubanos, apoyarían la estadidad de ambas islas, ya que les proporcionaría una sólida base política, en la cual el factor étnico jugaría un papel importante.

Por su parte Estados Unidos de Norteamérica, sumaría dos nuevas estrellas a su bandera y como temió José Martí pero, esta vez, con el júbilo y aquiescencia de la mayoría de los isleños: “…se extiendan por las Antillas…”, extensión que le daría al país norteamericano, control absoluto del Mar Caribe, mermando o eliminando por completo la influencia de México o naciones europeas y asiáticas, como Rusia y la República Popular China. Entonces volvería a tomar sentido de peso la vieja frase de la Doctrina Monroe: “América para los americanos”.

A principios del siglo XX, la destacada independentista, poeta y educadora puertorriqueña, Lola Rodríguez de Tió, desde su exilio voluntario en Cuba, escribió un poema en el que plasmaba su compromiso con uno de los postulados del Partido Revolucionario Cubano y amor por las dos islas hermanas. La estrofa más conocida dice: “Cuba y Puerto Rico son/ de un pájaro las dos alas/ reciben flores o balas/ sobre el mismo corazón”.

No obstante, lo que no se aclara en la redondilla famosa es qué ave será la que porte las alas. Quizá, cosas de la semántica histórica y política.

IMAGEN: J. A. Albertini: cubamemorial.net