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September 29, 2016 – 7:17 am

Emilio Ichikawa
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El primer diálogo de Elier Ramírez Cañedo*

Submitted by on September 9, 2015 – 12:18 pm

Antonio García-Riestra

A pesar de la revelación marxista del trasfondo de las ideologías, la intelectualidad orgánica del castrismo realmente existente parece desconcertada con la nuda confluencia de intereses entre los poderes constituidos en Washington y La Habana. Como si viviera en el futuro, Fernando Martínez Heredia ninguneó la historicidad del 17-D trayendo a colación el calendario litúrgico de las efemérides patrias. Elier Ramírez Cañedo viene ahora a recordarnos, sin querer, cómo Fidel Castro metió a “la comunidad emigrada” en el juego estratégico de la negociación política con Jimmy Carter.

Digo sin querer porque Ramírez Cañedo inventa un pasado halagüeño del activismo pro Castro en EE. UU. como si hubiera sido contraparte real del llamado diálogo de 1978. Así, la racionalidad política de Castro para guardar las apariencias se presenta como la esencia de la historia. Sin atenerse siquiera a la cronología, Ramírez Cañedo urde como expresión de lo factual aquella conferencia de prensa que Castro dio el 6 de septiembre de 1978 en La Habana para encubrir sus negociaciones secretas con Carter: “Fidel expresó que las cuestiones de los presos políticos y la reunificación familiar eran discutibles [y] sólo discutiría estas cuestiones con la comunidad emigrada, porque eran asuntos que le preocupaban a ambas partes, pero no con el gobierno de los Estados Unidos al que no le incumbían”.

La subversión de la historia

Ramírez Cañedo esconde que las negociaciones secretas con la administración Carter venían andando desde el 14 de abril de 1978 y en la segunda reunión en Nueva York, el 14 de junio, el enviado extraordinario y plenipotenciario de Castro, Coronel José Luis Padrón, planteó ya que el Comandante en Jefe —sin dialogar con nadie— había decidido liberar unos cuatro mil presos políticos.

Para el 8 de agosto, las partes acordaban en Atlanta que EE. UU. recibiría a quienes pasaran el debido proceso de verificación. Ramírez Cañedo despacha este difícil trámite de ejecución de aquel acuerdo con que “la burocracia norteamericana retrasó la entrada”, pero así queda al desnudo que nada había que discutir con la comunidad emigrada.

Tal y como Castro no tenía que contar con nadie para liberar a los presos políticos, tenía que contar con la Casa Blanca para que los presos y sus familiares entraran a EE. UU. El jefe de su Oficina de Intereses en Cuba, Wayne Smith, precisó en The Closest of Enemies (W.W, Norton & Company, 1987) que de unos 3,600 presos finalmente “liberados”, solo un tercio estaba aún tras las rejas (página 158). Ramírez Cañedo llega al extremo de pasar la película histórica al revés: “El diálogo colocó a Washington en una situación difícil y apremiante, pues si uno de sus reclamos fundamentales a Cuba, bajo su retórica de los derechos humanos, había sido la excarcelación de los presos políticos cubanos y la reunificación de las familias cubanas divididas; entonces no podía negarse, ni siquiera actuar con reticencia, ante los acuerdos formalizados entre la comunidad cubana en el exterior y el gobierno de la Isla”.

La comunidad emigrada no tuvo arte ni parte en las cuestiones de los presos políticos y la reunificación familiar. EE. UU. puso ambos temas sobre el tapete desde que el presidente Nixon envió a Pat Holt en julio de 1974 para explorar con Castro el restablecimiento de relaciones diplomáticas. La administración Ford replanteó ambos temas junto con las visitas de exiliados a sus familiares en Cuba, en reunión secreta de Lawrence Eagleburger —asistente del Secretario de Estado Henry Kissinger— con Ramón Sánchez-Parodi el 11 de enero de 1975 en Nueva York. Tras insistir en que Castro discutió con la comunidad emigrada tanto la liberación de los presos políticos y la reunificación de familias como los viajes a Cuba, Ramírez Cañedo añade que Carter dio “un frío y obligado reconocimiento”, como si la Casa Blanca no hubiera sido la única contraparte de Castro en la discusión genuina ni constara, desde julio de 1978, una circular interna (GIST) del Departamento de Estado con los cinco puntos de negociación intergubernamental Cuba-USA:

  • Excarcelación de los presos políticos estadounidenses y repatriación de otros ciudadanos americanos
  • Excarcelación de los presos políticos cubanos [énfasis añadido], que por miles cumplían largas condenas de cárcel
  • Reunificación de las familias cubanas divididas [énfasis añadido]
  • Retirada de las fuerzas militares cubanas de África, en virtud de que los problemas entre africanos debían resolverse por ellos mismos
  • Compensación de las empresas y ciudadanos estadounidenses expropiados por el gobierno de Cuba

Por Wayne Smith se supo también que los tres primeros reclamos fueron discutidos con y aceptados por Cuba sin haberse armado aún el diálogo, durante la reunión secreta del 28-29 de octubre en Cuernavaca (México). A la semana siguiente, Miami News reportaba que Sánchez-Parodi, en su primera conferencia de prensa como jefe de la Oficina de Intereses de Cuba en Washington, había definido el diálogo con exactitud: el gobierno cubano iba a escoger con quienes dialogar. A La Habana fueron 75 exiliados el 20-21 de noviembre y 140 el 8 de diciembre, todos bien escogidos.

Miseria de la bobería

Ramírez Cañedo atribuye a estos dialogantes escogidos, sin poder negociador propio ni base política dentro ni fuera de EE UU, haber ejercido influencia sobre Washington y aun estimulado “a que la máxima dirección de la Isla decidiera apostar por el diálogo”. Solo que ninguno tuvo nada que ver con que, el 15 de marzo de 1977, Carter retomara la estrategia truncada del presidente Kennedy largando la Directiva NSC-6: “I have concluded that we should attempt to achieve normalization of our relations with Cuba. To this end, we should begin direct and confidential talks in a measured and careful fashion with representatives of the government of Cuba”.

Este impulso se vería frenado por la intervención de Cuba en la guerra de Ogadén entre Somalia y Etiopía a fines de 1977. Zbigniew Brzezinski, asesor de Seguridad Nacional, alegó que Castro continuaba siendo un peón de Moscú, pero el Secretario de Estado Cyrus Vance apoyó la directiva de Carter y la negociación secreta con Castro arrancó el 14 de abril de 1978 en Nueva York. Ramírez Cañedo refiere como elemento estimulante del diálogo “las gestiones realizadas ante el gobierno cubano por Bernardo Benes”.

Aquí la inversión de la historia es garrafal: el propio Benes reconoce en sus memorias que el gobierno cubano procedió a reclutarlo el 23 de agosto de 1977, cuando el Coronel Padrón, “apoderado de Castro, y su ayudante, Tony de la Guardia” fueron a verlo adonde pasaba sus vacaciones en Panamá (página 5). Traer a Benes pone irónicamente en solfa la tesis del propio Ramírez Cañedo acerca de que el diálogo “solo fue posible debido al cambio de actitud que mostró la administración Carter al eliminar el apoyo a los grupos terroristas que operaban contra Cuba”.

En sus memorias Benes incluye una nota que tomó al reunirse con el apoderado de Castro el 28 de agosto de 1981: “Padrón tenía un mensaje para Jim Freeman, segundo jefe del FBI en el sur de la Florida y jefe del Departamento de Asuntos Cubano en Miami, donde le decía, ‘el gobierno de Cuba está dispuesto a donarle 5 mil dólares para que los inviertan en obras de caridad si dejaban al Alpha 66 continuar sus actividades anticastristas’” (página 212). No es preciso recurrir a testigos de primera mano, como el reverendo Manuel Espinosa o el desertor Jesús Raúl Pérez Méndez, capitán de la Dirección General de Inteligencia (DGI) que, disfrazado como funcionario del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), atendía el Departamento Comunidad Cubana en el Exterior, para exaltar el papel histórico de la comunidad emigrada en noviembre y diciembre de 1978 como si nada hubiera ocurrido en cinco reuniones secretas Cuba-USA entre abril y octubre.

Además de narrar que, en el diálogo entre el gobierno de Cuba y los “representativos” de la comunidad emigrada, “ambas partes acordaron” la liberación de presos políticos y la reunificación familiar, Ramírez Cañedo desliza que los “representativos” propusieron otras iniciativas “recibidas con interés por el gobierno cubano, [como] la creación de un Instituto del Estado Cubano para atender las cuestiones de la comunidad en el exterior, el derecho a la repatriación, la posibilidad de conceder becas de estudios a jóvenes cubanos y la posibilidad de celebrar intercambios académicos y culturales”.

De este modo vuelve a recordarnos, sin querer, que Castro no implementó ninguna de estas iniciativas, sino que se ciñó a ejecutar ya solo los acuerdos negociados con la Casa Blanca. * Elier Ramírez Cañedo es Doctor en Ciencias Históricas e investigador agregado de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado. Al parecer está empleado en la Secretaría del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros. Su pieza ideo-historiográfica “El primer diálogo” apareció inicialmente en el segundo número de la revista digital Pensar en Cuba, sin pensar en que, como decía Nietzsche, “necesitamos de la historia, pero de otra manera a como la necesita el holgazán mimado en los jardines del saber”.

IMAGEN: Sesión del diálogo: latinamericanstudies.org