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La política correcta y lo políticamente correcto

Submitted by on August 21, 2015 – 10:20 am

Emilio Ichikawa

En Homestead, al sur del condado Miami Dade, no es difícil verlo: Con la mano izquierda va empujando un cochecito donde duerme o juega un bebito. En esa misma extremidad izquierda, sobre el antebrazo, carga a otro niño; quizás un año o año y medio mayor que el del coche. Con la mano derecha sostiene la manita de otro chiquillo, que a su vez da la mano a otro de sus hermanitos.

El quinteto está formado por uno de los co-genitores, generalmente la madre (el padre va unos metros delante conversando por un celular en un dialecto centroamericano), ilegal, y cuatro pequeños ciudadanos norteamericanos. La estructura familiar no obedece tanto a la casualidad o la fertilidad sexual de esos que Miguel Ángel Asturias llamaba “hombres de maíz”, sino a una planificación familiar muy bien pensada.

No a todos los hijos de inmigrantes ilegales, sino a aquellos que se planifican para tratar de cubrir la situación económica y migratoria de los padres, Donald Trump les ha estado llamando “anchor babies”; es decir, niños que sirven para “anclar” o sujetar a los padres a territorio de EEUU al lograr automáticamente la ciudadanía por nacimiento. Condición que no se otorga necesariamente en otros países.

En un artículo publicado ayer 20 de agosto, el periodista Scott Whitlock realizó una arqueología para precisar los orígenes del término, el que ubicó en un diálogo sostenido en la edición del 4 de agosto de 2010 del programa Good Morning America entre George Stephanopoulos y Lou Dobbs. En dicho espacio Dobbs dijo: “We are the only nation, it’s one of the reasons I embrace the idea of hearings. We’re the only nation on Earth that gives birthright citizenship, and 400,000 anchor babies are estimated to have been born in this country last year.”

Whitlock asegura que en aquel momento el calificativo no levantó las críticas que han aparecido hoy; seguramente porque ahora no se inscribe en un debate sobre el tema migratorio en sí mismo sino en las campañas para las elecciones presidenciales del 2016.

Lo específico en la discusión actual sobre los “anchor babies” no es si la política migratoria que puede afectar directa o indirectamente su situación (por ejemplo, deportando a los padres) es correcta o no; lo que se cuestiona es si la terminología es o no es ofensiva; y, en consecuencia, si debe admitirse o no su uso público.

Respecto a esto último Trump ha sido concluyente: “I’ll use the word anchor baby. Excuse me! I’ll use the word anchor baby!”

Desconozco en el coloquio en idioma español un término tan económico y sintético como el de “anchor babies”; pero que no se puedan nombrar, como pensaba cierto Cratilo, no impide que esos “anchor babies” existan. Ni que se logren parrafadas para nominarlos… Como muestra el comienzo de este apunte.

No es preciso elogiar la posición específica de Trump en este punto. Es más, conocí la existencia de este asunto a través de la exposición crítica que del mismo hizo el periodista Eddie Levy en la edición del programa con Edmundo García La tarde se mueve de este jueves 20 de agosto. Entre otras aristas de la disputa Levy observó que, al salir Jeb Bush manejando la misma terminología de Trump, quedaba una vez más demostrado que el magnate estaba obligando al resto de los aspirantes Republicanos a moverse hacia la extrema derecha.

Pero lo que sí valoro, y hasta celebro, es la decisión de Trump de desafiar el autoritario estatuto lingüístico que quieren imponer las fuerzas que diseñan lo políticamente correcto.

La corrección política ha reducido una gran parte del pensamiento social contemporáneo (menos al saber científico naturalista, aunque también) a un ejercicio del chantaje. En el ámbito del “saber discursivo” ya no se discrimina a partir de la fundamentación, economía o belleza de las teorías, sino según la capacidad de inclusión étnica, la responsabilidad ecológica o la tolerancia moral.

La bienvenida al reto de Trump a lo políticamente correcto sobrepasa la dimensión electoral y también la política. Porque la corrección política es, más que una habilitación populista de la mediocridad, una agresión ingenieril contra la vida misma; una traición a la realidad; un intento de sojuzgar al Ser.

IMAGEN: Tomada de newsbusters.org