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Malas compañías. Los estudios históricos y el hombre nuevo en Cuba

Submitted by on August 20, 2015 – 12:40 pm

Sergio López

Con la intención de rescatar del olvido un proyecto de renovación historiográfica que organizó la profesora Carmen Almodóvar Muñoz  (Departamento de Historia de Cuba, Universidad de La Habana) a principios de los años 90 con historiadores jóvenes, he respondido recientemente a un cuestionario enviado desde la isla. Para recordar aquellos hechos ocurridos hace más de veinte años, he tenido que recurrir a diferentes estudios sobre lo que se denominó nueva generación de historiadores cubanos. Inmerso en dicha tarea, uno de los trabajos que he leído es el texto del historiador español José Antonio Piqueras Arenas “Ensayo de contextualización de la última historiografía cubana”, una especie de prólogo a la antología titulada Diez nuevas miradas de historia de Cuba, elaborada por él mismo y publicada por la Universidad Jaume I (Castellón de La Plana, España) en el año 1998.

La lectura de este estudio historiográfico me transportó momentáneamente a La Habana de la primera mitad de los años noventa por dos razones. De un lado, porque recordé nombres y anécdotas de colegas de profesión de aquellos años. Del otro, porque he revivido la exclusión que acabó desterrándonos de aquel lugar hace casi dos décadas.  Por alguna razón que no alcanzo a entender, mi nombre ha sido omitido del estudio que el profesor Piqueras Arenas (Universidad Jaume I) hizo acerca de la labor de los historiadores cubanos de nuestra generación.

Durante aquellos años yo había acumulado alguna experiencia investigando acerca de la plantación cafetalera en los siglos XVIII y XIX, la aprobación de la Enmienda Platt en la Convención Constituyente, la transición del sistema monetario en los primeros años de la República y la labor proselitista de los emigrados revolucionarios cubanos durante la quinta década del siglo XX. Asesorado por los historiadores Oscar Zanetti Lecuona y Alejandro García Álvarez (Departamento de Historia de Cuba, Universidad de La Habana) en las tesis de Licenciatura y Doctorado en Historia, había hecho una revisión de las fuentes documentales y publicísticas atesoradas en los principales archivos y hemerotecas de la capital de la isla. También había incursionado en las fuentes orales, entrevistando a una importante representación de los miembros del Movimiento Revolucionario 26 de Julio que habían apoyado a Fidel Castro desde el extranjero para derrocar la dictadura de Fulgencio Batista.

Lo que era en toda regla un proceso de aprendizaje, se tradujo en tres pequeños ensayos en forma de libro: uno (como coautor) en la Editora Política y dos en la Editorial Félix Varela de la Universidad de La Habana. Paralelamente, los resultados de mi trabajo salían a la luz en forma de artículos en revistas especializadas de Cuba, Francia y España. Por otra parte, mi adiestramiento en la profesión crecía con la enseñanza de la asignatura “Metodología de la Investigación Histórica”, que impartí durante quince años en el Departamento de Historia de Cuba de la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología de la Universidad de La Habana.

No es mi intención en absoluto, introducirme en el odioso campo de las comparaciones. Sin embargo, sí que me interesa entender el porqué de esta sorprendente mutilación de la foto generacional de aquellos jóvenes historiadores cubanos. Una purificación -aparentemente necesaria- de la representación, para adaptar lo real a lo imaginario y someter los hechos a una amnesia permanente. Pues bien, creo haberlo descubierto. No en el texto, sino en la dedicatoria que el profesor José Antonio Piqueras Arenas incluyó en su introducción “Ensayo de contextualización de la última historiografía cubana”, publicado por la Universidad Jaume I en 1998. “A la memoria de Ernesto Che Guevara. Imaginó hombres y mujeres nuevos y fue coherente en su empeño”, escribió el profesor Piqueras Arenas, aludiendo a la idea guevarista sobre ese nuevo ser humano que acabaría por alumbrar la sociedad socialista. Un proyecto de construcción de identidades, que exigía una disposición plena al sacrificio en nombre de la causa revolucionaria. Desde morir y matar en nombre de la Revolución, hasta la penosa criba de familiares y amigos en función de los criterios ideológicos.

A través de esta lente, el asunto parece transparente. La lista de la nueva generación de historiadores cubanos no podía incluir mi nombre, porque no comparto tal proyecto ni interpreto nuestra generación como una continuidad de aquella que tomó el poder en el año 1959. Muy al contrario,  pienso que las experiencias comunes de nuestra generación corresponden a un momento de ruptura y no de continuidad. Que la matriz histórica de nuestro tiempo, tiene más que ver con lo ocurrido en el año 1989 que con lo sucedido durante el año 1959. Que conscientes o no, somos partícipes de una nueva percepción temporal que puso en tela de juicio las grandes certezas, creencias e ilusiones que habían señoreado durante treinta años en nuestra pequeña isla del Caribe.