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12 de agosto, caída de Machado; antecedente de la revolución cubana de 1959

Submitted by on August 12, 2015 – 10:10 am

Armando de Armas

Este 12 de agosto se cumplen 82 años de la caída del Gobierno del general Gerardo Machado en Cuba. No es una efemérides para celebrar, como ha pretendido el pensamiento progre en la isla, es decir, casi todo lo pensado en esa isla. Probablemente sería una de las efemérides más nefasta de la historia republicana al menos, pues el acontecer posterior parece probar que con el fin de Machado y el triunfo de la revolución del 33, antecedente de la de 1959, una y la misma adolescente que crece y se emputece en 1959, empezaría la decadencia, caída libre y sin fin hasta el presente, de la cultura nacional isleña, de la política como una consecuencia de la cultura. Fractura en el devenir cubano que señalaron en su momento Lydia Cabrera, Gastón Baquero y Orestes Ferrara.

Así, Baquero, el grande poeta y vidente (todo grande poeta lo es) asegura en entrevista con la escritora Nedda G. de Anhalt, para el libro Dile que pienso en ella, que “La Universidad de La Habana era una de las mejores de América. Se eclipsó con la caída de Machado (…) A Cuba se le rompió la columna vertebral con esa caída y nunca más pudo marchar el país”.

Coincidente con el aniversario de la caída de Machado, significativa sincronía de la historia, ocurre que el gobierno federal estadounidense anuncia que no planea invitar a disidentes cubanos al evento, en el que el secretario de Estado John Kerry izará la bandera de Estados Unidos en la nueva embajada de La Habana.

En lugar de ello, Kerry sostendrá una muy discreta reunión más adelante en la jornada con algunos activistas, precisan las fuentes.

El servicio noticioso que destapa el asunto subraya que la decisión es un vivo reflejo de cómo la política estadounidense ha cambiado su enfoque con respecto a la oposición al gobierno unipartidista de la isla.

Nada emana de la Nada. Los isleños nunca hemos pactado con la sombra; hemos pactado siempre con el iluminismo; a la izquierda de Dios. Quiero decir que hemos apostado por la oscuridad racionalista. Así, durante el XIX tuvimos al menos tres probables vías, estatus a escoger, para el desarrollo del devenir nacional: la vía autonómica, la vía anexionista y la vía independentista. Terminamos transitando por la más revolucionaria, afrancesada, de las vías. Pacto con el iluminismo.

Ganada la independencia, intervención norteña mediante, teníamos nuevamente al menos tres probables vías por las cuales devenir: anexionismo, Enmienda Platt y soberanía absoluta. Los pragmáticos  norteamericanos nos impusieron pactar con la sombra. Tras el Tratado de  París en 1899, y mientras Cuba en 1901 elaboraba su 1ª Constitución, el Senado de Estados Unidos vota una enmienda que fue incluida en la Constitución cubana: la Enmienda Platt. Misma que tenía tres puntos importantes: la cesión de terrenos para el establecimiento de bases militares estadounidenses en suelo cubano, la prohibición al Gobierno de Cuba para firmar tratados o contraer préstamos con poderes extranjeros que pudieran menoscabar la independencia de Cuba ni en manera alguna obtener por colonización o para propósitos militares asiento o control  sobre ninguna porción de la isla, y  el derecho que se daba a Estados Unidos para intervenir con sus Fuerzas Armadas en Cuba con vista a proteger “las vidas, las propiedades o las libertades individuales”.

A regañadientes, trancas y barrancas, pudo mantenerse el pacto con la sombra de la Enmienda Platt. Pero como consecuencia de la Revolución del 33 fue abolida de la Constitución cubana la Enmienda Platt. Ese impuesto periodo de claroscuros, con sus episodios de violencia, fue uno de estabilidad económica y política, debido en buena medida a unos precedentes sentados por la administración militar del General norteamericano Leonardo Wood que en el breve período de tiempo que va de 1899 a 1902 dejó instalado en la isla un eficaz sistema de educación pública; construyó una amplia red de ferrocarriles, carreteras y puentes, hizo mejoras en los puertos, edificó faros, modernizó la ciudad de La Habana y estableció planes para su alcantarillado y pavimentación; además de reorganizar el obsoleto sistema carcelario, formar una Guardia Rural profesional compuesta fundamentalmente de ex oficiales y soldados del Ejército Libertador, y estructurar una salud pública capaz de desarrollar una gigantesca campaña sanitaria en la que participaron los más prestigiosos epidemiólogos cubanos de la época, como los doctores Carlos J. Finlay y Juan Guiteras Gener, entre otros, y que dio lugar a la supresión del azote de la fiebre amarilla. No se explican de otra manera los extraordinarios índices de desarrollo que ya exhibía la isla en fecha tan temprana como 1910; recién salida de una guerra devastadora en vidas y haciendas.  Por no hablar de la influencia en el terreno de las ideas políticas y las relaciones comerciales que eran  más importantes y fluidas con Estados Unidos que con España; al menos desde la segunda mitad del Siglo XIX y hasta un punto en que mucho antes del año 1898, según el historiador Manuel Moreno Fraginals, el 90 por ciento de las transacciones comerciales isleñas se hacían con la vecina nación del norte.

La Enmienda Platt sería demasiado para nuestro corazoncito levantisco e iluminista y teníamos que cargárnosla, abriendo las puertas de par en par a los demonios de la razón revolucionaria que nos devorarían a la vuelta de unos pocos años. Tras la rebelión del 33 iniciaba un tiempo de quítate tú para ponerme yo, uno en que los sargentos terminan siendo coroneles y los estudiantes presidentes, en que por supuesto el Ejército profesional es eliminado, ese mismo que hasta el 33 había respetado la Constitución, y es sustituido por una panda de advenedizos. Un tiempo de luchas entre revolucionarios en el poder y revolucionarios en la oposición, que entre revolucionarios te veas, dijo el demonio; luchas entre la izquierda y la izquierda, socialdemócrata, para decir algo, pero izquierda al fin; imbuida de buena o mala fe, pero segura de que los destinos patrios se cambian a punta de pistola y decretos estatistas, cuyo epítome de ese tiempo pudiera ser un violentísimo joven nombrado Antonio Guiteras.

En el 33 y en los hechos que le precedieron habría también tres probables derroteros, luego del error de la Prórroga de Poderes: esperar estoicamente el fin del segundo término del presidente Gerardo Machado, aceptar los buenos oficios del enviado del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, Benjamin Summer Welles, para que mediara entre las fuerzas en pugna, de manera que Machado terminara su período presidencial y se produjera una salida electoral al conflicto mediante la legislación correspondiente que facilitara la participación de todos los factores, pacto con la sombra, y la solución radical, pacto con la luz; esa que ilumina y mata.

Bueno, pues como ya es sabido, optamos por montarnos, osado jinetes, sobre el relámpago revolucionario. Un arco eléctrico en el tiempo que nos fulmina, enceguece y esclaviza; parábola encendida que se extiende de 1933 al presente.

Pero, por si fuera poco, estabilizado el país y puestos a dotarnos de una Constitución en 1940, tuvimos a mano al menos tres probables caminos: continuar con la Constitución de 1901, permeada por la carta norteamericana y por lo mismo distanciada del síndrome socializante, garante de los derechos del individuo y de la propiedad; darnos una Constitución nueva, por supuesto ya sin el apéndice de la Enmienda Platt, pero manteniendo la esencia libertaria de la de 1901, pacto en el dulce crepúsculo; o la que finalmente nos dimos, la nombrada Constitución del 40, pacto en el abismo luminiscente del modernismo estatista. ¿Hemos escarmentado? No, hombre, qué va. Esa carta influida en buena medida por las lumbreras comunistas del momento, es ponderada todavía por los supuestamente derechistas cubanos exiliados como la más adelantada y progresista de la época en el mundo. Adelanto y progreso que por cierto no difiere de lo que la izquierda entiende por adelanto y progreso; esto es, entre otros aspectos, legislar sobre justicia social al son de salarios mínimos, licencias de maternidad, vacaciones retribuidas y relaciones obrero-patronales en general. Es saludable saber que si en algo están de acuerdo las cerca de 200 organizaciones anticastristas del exilio cubano, que casi nunca están de acuerdo en casi nada, es en la necesidad de restituir en la isla en algún momento la Constitución de 1940.

Instaurada la Constitución de 1940 parecería que, aunque escorada a la izquierda, al fin la isla iba a enrumbarse por la alternancia y observancia democráticas; falso de toda falsedad. El diez de marzo de 1952 vino a remecernos de ese sueño de verano, golpe que no es causa en sí, sino efecto de la fiebre revolucionaria que incuba quizá desde 1868, y aún antes, pero expandida como pandemia a partir de 1933. Consolidado Fulgencio Batista en el poder, ocurrido el acto  terrorista del asalto al Cuartel Moncada por Fidel Castro y los suyos, viviendo la isla la mejor época de esplendor y expansión económica, acantonada la guerrilla fidelista en la Sierra Maestra y desatadas las furias, filias y fobia infernales que nos condujeron al primero de enero de 1959, tuvimos nuevamente otras tres opciones por las cuales devenir como nación: la opción socialdemócrata autoritaria de Batista, la opción electoral de Andrés Rivero Agüero con el visto bueno batistiano, también socialdemócrata, y la opción revolucionaria, ésta sí, de la Sierra Maestra. La verdad es que a esas alturas ya las tres opciones se avenían con el iluminismo racionalista que haría metástasis en el mundo durante el XIX y el XX; pero el necesario pacto con la sombra en este caso hubiese oscilado entre la opción socialdemócrata autoritaria del sargento devenido general y la opción electoral de Rivero Agüero. Pero no, sería mucho pedir, pues todos apostarían por la Sierra Maestra y, consecuentemente, por el totalitarismo comunista; la mayoría, la verdad, sin saber que lo hacían por el totalitarismo comunista; peor para ellos. Por la Sierra Maestra apostarían de la revista Bohemia al diario New York Times, del Departamento de Estado norteamericano a militares del entorno de Batista (ver lo que dice al respecto el último embajador estadounidense en La Habana, Earl E. T. Smith, en su esclarecedor libro El cuarto piso)

Así se precipitaba la isla en la Edad Moderna, iniciada en el mundo con el fin de la Edad Media y el Renacimiento, incrementada con el Siglo de las Luces y extremada con el Comunismo y el Nazismo, esos socialismos tan caros a ciertos intelectuales, aderezos de positivismo y marxismo, dictadura científica, aria o proletaria; de la dictadura de Dios a la dictadura del Hombre. Del temor de Dios al temor a Stalin, Hitler, o Castro. De los monarcas cuyo poder emana de Dios, a los dictadores cuyo poder emana dizque del pueblo. Medio siglo de la sinrazón de la razón en la isla; tanta luz que nos ciega.

Llegados este punto en que ahora nos encontramos, tendríamos nuevamente tres caminos a escoger: un camino de modelo chino o venezolano, es decir, socialismo iluminista del XXI, un camino de democracia demagógica y tercermundista, sin libertad, que ha ido ganando terreno no ya en Europa y América Latina, cuna de los experimentos sociales la primera y replicadora caricaturesca de ellos la segunda, sino en los mismísimos Estados Unidos del presente, al olvido los Padres Fundadores, y uno de libertad en que, paradójicamente, pudiera no haber democracia, o una democracia defectuosa, perfectible, en que se respete al individuo y a la propiedad, y no tanto a esos que en nombre del iluminismo inducido, y en nombre de la democracia, quieran entorpecer el ejercicio de la libertad. Regímenes de libertad sin democracia fueron los de Francisco Franco Bahamonde en España, el de Chang Kai-Shek en Taiwan, o el de Augusto Pinocho en Chile, por poner tres ejemplos. Ninguno deseable, la verdad; pero necesarios dadas las circunstancias que enfrentaron. Regímenes que, por cierto, desovaron prósperas democracias al final. Cosa que no habrían hecho, para nada, los regímenes que ellos desplazaron o evitaron.

Sería de lamentar que tras medio siglo de haber pactado a la extrema izquierda, tuviésemos que pactar ahora a la extrema derecha. Lo ideal sería el pacto con la sombra, ese hasta ahora tan elusivo para nosotros. Una Constitución que proteja a las minorías de las mayorías, y no al revés. Al individuo del Estado, y no al revés. Una donde la propiedad privada sea tan sagrada como la vida; porque, no nos engañemos, donde se viola el derecho a la propiedad termina violándose el derecho a la vida. Donde se garantice la libertad de cultos, de expresión y pensamiento.

Una sociedad que se pueda ir curando de tanta moralina, no ya de la moralina religiosa, sino de la positivista con base en la religiosa; una mezcla nefasta la de la moralina religiosa con la moralina modernista; de catolicismo y socialismo. De José Antonio Saco a Fidel Castro el pensamiento insular, con muy contadas y honrosas excepciones, se ha reducido mayormente a nutrirse de esa mezcla nefasta. Por eso Castro  no logró hacer que el rebaño insular se pusiese a buen recaudo cuando apareció en el horizonte, antes bien lo cautivó. Castro sería el epítome de la moralina revolucionaria, inducida o intrínseca, en nuestro inconsciente colectivo. No, pues hombre depende de cómo empecemos a manejar en lo adelante las categorías del Bien y el Mal, hasta el presente ambas categorías las hemos manejado, alegre o envaradamente, pero nunca con profundidad, y menos con responsabilidad; al respecto hemos discurseado mucho, pontificado más y actuado menos. Creo que sería prudente entender, en el justo balance de lo que esté en juego, que Bien a veces es Mal y, ergo, que Mal a veces es Bien. Que no tener cabalmente en cuenta, análisis y oración mediante, que no siempre ocurre eso de que el fin no justifica los medios, pudiera ser no sólo irresponsable, sino criminal: a b c del estadista, pero también del individuo, en la soledad del tribunal de su conciencia y frente al dédalo de decisiones a enfrentar en la vida; vida de una nación, vida de una persona en tanto liberada de la masa amorfa.

Los cubanos tenemos la reconciliación nacional como una asignatura pendiente, pero no se me embullen, no se trata de esa reconciliación nacional a medio camino entre lo tontorrón y lo truhanesco, esa del verdugo y la víctima dándose la lengua en el mismo banquete, esa donde la víctima es más despreciable que el verdugo, tan cara a la moralina isleña, moralina como vaselina, recuerden; no, nada de eso, se trata de la reconciliación con nuestros vicios y virtudes, con nosotros mismos en tanto individuos que conformamos lo nacional defectuoso; se trata de aceptar, aceptarnos en nuestras verdaderas dimensiones. Se trata de poner a pastar, pactar, a nuestros dioses y demonios en los claroscuros del anochecer; de huir, aterrados, de la incandescente luz del mediodía.