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La falacia del estado benévolo

Submitted by on August 11, 2015 – 5:01 pm

Diego Trinidad, Ph.D.  

Uno se cansa de oir constantemente las alabanzas del Estado y todo lo bueno que hace por los ciudadanos.  La presencia y prevalencia de los Estados de Bienestar, los cuales son ubicuos en una buena parte del mundo, contribuye en gran parte a esta percepción que a veces parece universal.  Cuando estas opiniones de la bondad del Estado son compartidas por personas inteligentes y preparadas, sobre todo cuando son amigos, es intolerable.  Es hora entonces de desmentir de una vez por toda esta gran falacia de la benevolencia del Estado.

Pero antes de comenzar, es necesario definir que es el Estado.  Hay muchas definiciones, pero ninguna aceptada generalmente.  La más corta quizás sea la del diccionario en inglés americano Merrian-Webster: “Una organización política de personas que ocupa un territorio definido”. La de la Real Academia Española es más larga: “Concepto politico referente a una organización social, económica, política, soberana y coercitiva con el poder de regular la vida comunitaria en un determinado territorio”. La del sociólogo alemán Max Weber es mucho más inclusiva y detallada: “Una organización política compulsoria con un gobierno centralizado que mantiene un monopolio del uso legítimo de la fuerza dentro de un territorio definido”. Pero ninguna se me hace satisfactoria.  De manera que usaré una mía: “Una organización creada para controlar a la mayor cantidad de personas por el uso de la fuerza ejercida originalmente por un solo hombre rodeado por un pequeño grupo de colaboradores”. 

En realidad no importa tanto cual definición se use mientras que una definición se use consistentemente.  En este ensayo usaré la mía.  Ahora entonces es necesario ir a los comienzos del Estado, cualquier estado.  Para eso hay que remontarse a la antiguedad: Egipto, Mesopotamia, China, India, el Imperio Inca. Pero dos condiciones básicas eran necesarias para el establecimiento de los primeros estados: la agricultura y la escritura.  La agricultura porque permitió que surgiera una pequeña clase de gente que no tenía que estar casi todo el tiempo buscando el sustento.  La escritura porque hizo posible la centralización de información vital.

¿Como empezó todo entonces? En cuanto un grupo de personas se estableció en algún lugar para cultivar la tierra, surgió un líder.  Ese fue el primer “estado”. Claro que llamarle “estado” a esta tan rudimentaria organización social puede parecer ridículo, pero ese líder desde el principio tiene que haber ejercido ciertos niveles de fuerza para establecer su autoridad ante el grupo y este autoritarísmo fue de entrada algo esencial en el Estado que surgió más adelante. Mientras seguía creciendo el grupo y más compleja se tornaba la sociedad, especialmente con el surgimiento de centros urbanos, el líder asumía funciones colectivas.  Siempre existía el líder principal, pero cada vez con más colaboradores que eran necesarios para “gobernar” (en realidad controlar y reprimir) la sociedad.  Ese fue el nacimiento de la Burocracia.

En realidad, el mundo vivió por la gran parte de la pre-historia, y de la historia hasta el siglo 14, en sociedades casi sin estados.  No era necesaria tal organización todavía, aunque se puede bien decir que en la Grecia Antigua, el precursor al estado moderno apareció en las ciudades-estados griegas.  Especialmente en Esparta, que legó a la historia el primer estado totalitario, además surgió lo que puede considerarse como el primer “estado de bienestar”.  De la misma forma, ese estado espartano que alimentaba y albergaba a sus ciudadanos—y que dependía en gran parte de la esclavitud—también los oprimía y los privaba de casi todas las libertades individuales, ya que el individuo estaba totalmente supeditado al grupo, es decir, al Estado.  Pero en otras ciudades-estado griegas existían ya los mecanismos de gobierno que ahora se reconocen como funciones del estado moderno.

Es en Roma, tanto bajo la República como el Imperio (especialmente en el Imperio), donde ya se ven claramente los rasgos de un estado moderno.  Se notaban también en Egipto, Persia y China, pero en Roma, por su extensión territorial y en población, es que el Estado Romano ya reprime y oprime a sus ciudadanos, aunque les daba a la vez pan y circo.  Pero no se puede llamar al Estado romano uno de “Bienestar” como al espartano. El despotismo de los estados orientales (Persia y China mayormente) no prevaleció ni en Roma ni en el resto de Europa después de la disolución del Imperio Romano en la conocida como la Edad Media, pero el creciente autoritarismo del Estado moderno SI estaba presente.

El Estado moderno absolutista, el cual sigue la marcha hacia la centralización social, económica y política, y la opresión de sus pueblos que caracteriza al Estado que conocemos, surge en el siglo 15 con los reyes y monarcas que reciben el “derecho” a gobernar (lease a oprimir) directamente de Dios.  Coincidentalmente, en Europa sobre todo, la Iglesia Católica desde el principio, desde que la religión fue adoptada por el Emperador Constantino (del Imperio oriental basado en Constantinopla) en 313AD  (Edicto de Milán), se convirtió en socia del Estado.  Esta sociedad no solo permitió a la Iglesia compartir el poder politico (a veces SER el poder politico) sino también le trajo la participación en el botín económico del Estado adquirido en las conquistas y “guerras santas” durante la Edad Media (generalmente desde la desintegración del Imperio Romano occidental en 313AD hasta aproximadamente el siglo 15, pero realmente más bien entre los siglos 5 y 15AD.

El Estado absolutista en Europa también se identifica con el surgimiento de los estados-nación y con el Derecho Divino de los Reyes.  Una vez más, esto coincide con la centralización del poder politico y socio-económico y con la mayor opresión de todos los ciudadanos.  Desde entonces la élite gobernante, el Estado, se mantiene en la cúspide mientras el resto del pueblo languidece en la más abyecta pobreza.  No es que casi todos los habitantes del Estado fueran “pobres”, que en verdad ha sido el caso en la historia hasta el siglo 17, sino que las élites gobernantes oprimían, explotaban y hasta esclavizaban a la enorme mayoría del pueblo en beneficio propio, además de mantener al mundo en guerra casi continuamente.  No existía todavía (faltaban como 300 años) el Estado de Bienestar.

 Claramente a nadie se le ocurriría en aquellos tiempos a pensar que el Estado era benévolo y que otorgaba ningún beneficio a sus poblaciones.  Si, la teoría, sobre todo bajo el sistema feudal, proclamaba que el Estado y sus secuaces “protegían” a sus pueblos.  Pero en realidad era todo una justificación para aplastar a las poblaciones por la fuerza y extraer hasta la última gota de recursos (casi siempre la gran parte de las cosechas ya que el dinero era muy escaso) por medio de impuestos exorbitantes.  Estos impuestos mayormente pagaban por las interminables guerras especialmente en Europa.  Según un libro recién publicado, en los dos siglos antes de 1750, entre el 40% y el 80% de los presupuestos de los Estados Absolutos europeos estaban destinados a sus aparatos militares.  Entre el 1550 y el 1600, los principales Estados europeos se mantuvieron en guerra un 71% del tiempo; del 1600 al 1650, el 66% del tiempo.

Pero precisamente esa continua opresión y la necesidad de imponer cada vez más y mayores impuestos sobre la población, incluyendo a los grandes señores o barones feudales para las guerras que no tenían fin, produjo los primeros cambios, los primeros resquebramientos del Estado Absoluto medieval.  En Inglaterra, bajo el rey John (Juan Sin Tierra), con motivo de las pérdidas del territorio francés controlado por los ingleses por medio siglo (Normandía, Bretaña), los abusos de John finalmente provocaron a los barones ingleses de tal manera que una rebelión contra el rey fue el resultado.  Para mantenerse en el poder, John fue obligado a firmar el famoso documento conocido como Magna Carta en 1215, el primer límite del Estado Absoluto. Pero por corto tiempo.  Demostrando otra vez la complicidad y la sociedad del Estado con la Iglesia, el Papa Inocente III anuló Magna Carta unos meses después.

En realidad, esto fue el principio del fin del Estado Absoluto, al menos en el mal llamado mundo anglo-sajón (los anglo-sajones ya habían desaparecido del mapa poco después de la conquista Normanda de Inglaterra en 1066, a pesar de la ignorante costumbre de llamar a los anglo parlantes de esa arcaica manera: hace casi 1000 años que no hay un solo anglo-sajón en la Tierra).  En el resto de Europa, especialmente en Francia, el absolutismo de los reyes duró tres siglos más, hasta su apogeo bajo el “Rey Sol”, Louis XIV, quien famosamente declaró que L’Etat, c’est moi (El Estado soy Yo). Menos de 100 años después, su nieto Louis XVI perdió la cabeza en la Revolución Francesa y el Estado Absoluto bajo el rey desapareció brevemente, solo para resucitar con el Terror de la revolución y luego el Imperio de Napoleón y su nuevo absolutismo y despotismo moderno.

En España el poder absoluto del rey tuvo quizás su apogeo bajo Felipe II en el siglo 16, cuando también la Iglesia implantó la Inquisición (una vez más de socia con el Estado). Pero el absolutismo en España perduró hasta el siglo 19, con una mínima pausa bajo la efímera Primera República en 1873-74. La monarquía fue restaurada, pero el absolutismo de Fernando VII qyedó diluido en algo. La Segunda República en 1931 también duró poco y terminó con la Guerra Civil Española, cuando un Estado gobernado por el régimen de extrema izquierda del Frente Popular, aplastó a media España y provocó la muerte de cientos de miles de españoles.  Un nuevo Estado dictatorial bajo el triunfador Generalisimo Franco trajo orden y eventual prosperidad a España, pero a cambio de una brutal supresión de la libertad.

El hecho, sin embargo, es que los impuestos excesivos y los abusos del Estado Absoluto crearon un círculo vicioso de violencia casi interminable y produjeron rebeliones casi continuas a su vez contra ese poder absoluto (el Estado), hasta la Revolución Gloriosa en Inglaterra en 1688, la cual limitó permanentemente el poder absoluto de los reyes y trajo lentamente un aumento en las libertades individuales de los habitantes del reino inglés, incluyendo las colonias en Norte América. Pero mucho antes, durante el turbulento siglo 15, toda Europa fue devastada por las guerras religiosas causadas por la Reforma Protestante de Martin Lutero y los Estados se mantuvieron ocupados matándose mutuamente.  Esta fue una nueva manifestación del Estado Absoluto: el involucramiento con la religión. La opresión a los pueblos aumentó considerablemente.  No solo los impuestos para guerrear entre Estados, sino el reclutamiento forzoso de cientos de miles de “soldados” para pelear en esas guerras religiosas, y esto duró dos siglos y costó millones de vidas.  Inglaterra se libró de esas guerras religiosas relativamente hasta que en el siglo siguiente, el Rey Henry VIII y sus divorcios provocaron el rompimiento con la Iglesia Católica.  

Desde entonces, durante buena parte del siglo 16 y el 17, los conflictos religiosos hicieron que el Estado volviera al absolutismo que comenzó con la invasión Normanda en 1066 y duró más de tres siglos. El conflicto entre los reyes y el Parlamento (que tenía que aprobar los constantes impuestos para la guerra) finalmente culminó en las guerras que le costaron la vida al Rey Charles I, a la abolición de la monarquía, y a la elevación de Oliver Cromwell como Lord Protector, pero en verdad como dictador absoluto. (Fueron en realidad tres guerras civiles, desde 1642 hasta 1688).  En definitiva, se terminó con un Estado aún más centralizado y opresor.  Pero las guerras continuaron hasta que Cromwell murió en 1658.  La monarquía fue restaurada bajo el Rey Charles II (hijo del ejecutado Charles I) en 1660.  Sin embargo, los conflictos religiosos y la pugna con el Parlamento que trataba por todos los medios de limitar el poder absoluto de los reyes continuaron por ocho años más, culminando en la Revolución Gloriosa de 1688.

Un año después, en 1669, el Parlamento adoptó, y el nuevo Rey holandés William of Orange aceptó, la única parte escrita de la “Constitución” británica  (que es mayormente formada por tradiciones, el Derecho Común y leyes aprobadas por el Parlamento): la Declaración de Derechos, que limita finalmente la autoridad del rey, asegura al Parlamento la supremacía política en el reino, y garantiza ciertos derechos individuales a los ciudadanos británicos y más tarde a los colonos de Norte América. Algunas décadas antes, en 1610, el gran jurista inglés Lord Edward Coke, en una decisión histórica que se considera el nacimiento del Estado de Derecho, decidió que el Rey no está sobre la Ley.  El Estado Absoluto en Inglaterra se acercaba a su final, dando eventualmente lugar a una monarquía constitucional a principios del siglo 18 bajo el Rey George I, el primero de la dinastía Hanoveriana. 

Pero enfáticamente NO en el resto del mundo, muy especialmente en China, Japón, India y el Imperio conquistado por la religión islámica entre el siglo 7 y 15.  En todo el mundo Oriental, el Estado Absoluto fue mucho peor, más opresivo y abusador, y debido al despotismo que siempre predominó, el concepto de la libertad individual ni siquiera existía. En China y Japón, los Estados Absolutos fueron aún más dañinos cuando sus gobernantes decretaron cerrar esas sociedades a todo contacto con el exterior en el siglo 15.  El resultado fue un tremendo estancamiento en todo sentido y un consiguiente atraso de tres siglos en comparación con Occidente.  En el mundo islámico, la retrógrada religión y la Sharia (ley islámica) simplemente impidieron que la tecnología producida por los adelantos científicos llegara a sus sociedades, después de haber sido precursores en campos como la matemática, la astronomía y la medicina por siglos. En 1515, el Sultán Selim I hasta emitió un decreto condenando a muerte a quien se atreviera a usar una imprenta para producir libros.

 Es más, hay una divergencia enorme entre Occidente y Oriente que comienza dramáticamente a partir del siglo 15.  El gran historiador inglés Niall Ferguson señala en su libro del 2011 Civilization: The West and the Rest, seis condiciones que causaron esto: 1. La competencia (entre naciones, buscando un pasaje marítimo hacia las Islas de Especias); 2. La Ciencia y el desarrollo de la revolución tecnológica en Occidente; 3. Los Derechos de Propiedad que crearon estados de derecho bajo la ley; 4. La Medicina y sus adelantos, que permitieron una vida mejor y más larga; 5. La Sociedad Consumista que aceleró la productividad y prosperidad de Occidente; 6. La Ética del Trabajo que permitió todo lo demás.  Como Ferguson les llama, adoptando terminología de la actualidad, estas “aplicaciones asesinas” (killer applications) fueron responsables de esa gran divergencia entre Occidente y el resto del mundo, al  igual que hicieron a los Estados occidentales, por absolutistas que fueran por un tiempo, mucho menos centralizados y opresivos en comparación con los despotismos orientales.

Esa también es la razón principal porque este trabajo se ha concentrado en Occidente.  Debe ser muy obvio que a mayor libertad, tanto a nivel personal como empresarial, y a menor intervención del Estado, mayor prosperidad para las sociedades occidentales. Tal como lo identificó el Barón de Montesquieu escribiendo a mediados del siglo 18 (1740s), las razones primordiales del relativo decline del Imperio Chino en los últimos tres siglos en comparación con el avance de Europa (se debe entender por Europa , por supuesto, Occidente, incluyendo ya entonces las colonias inglesas en Norte América) se debió más que nada a que en China prevalecía la tiranía mientras que en Europa, la libertad iba en ascenso. Pero aún así, eventualmente la conversión en Occidente de los Estados Absolutos en Estados de Bienestar, y la adopción del Oriente de las “aplicaciones asesinas” que lo diferenciaron de Occidente, de nuevo han convertido a todos los Estados en el mundo en lo que por naturaleza son: opresivos, depredadores, abusadores y expoliadores; y más que nada, en enemigos de todos los individuos y de la Libertad.  

Al principio de fundadas las colonias inglesas en Norte América, sobre todo las dos primeras en Jamestown (Virginia, 1609) y Plymouth (Massachusetts, 1620), casi se puede decir que NO existía el Estado; los colonos se gobernaban por si mismos y por varios años fue así, aunque siempre hubo gobernadores nombrados por Londres.  Es más, el mismo Lord Coke escribió el documento fundador de la Colonia de Virginia en 1606, introduciendo en las colonias todas las libertades y derechos ingleses que Magna Carta representaba, especialmente para Lord Coke, su mayor impulsador en Inglaterra. Sin embargo, en una de las grandes ironías de la historia, los separatistas religiosos que escaparon de Inglaterra en busca de libertad religiosa, terminaron estableciendo una teocracia absoluta en las colonias de New England, suprimiendo las libertades individuales de una manera mucho peor que en la misma Inglaterra. Eventualmente, los gobiernos extraordinariamente limitados de todas las colonias, no solo en New England, evolucionaron hacia la defensa de la libertad.

Pero eventualmente también, el Estado británico trató de imponerse en las colonias, sobre todo al finalizar la llamada Guerra de los Siete años en 1763, cuando Gran Bretaña se convirtió en la primera potencia en el mundo. (Esta fue en realidad la primera guerra mundial entre Gran Bretaña, Francia, España, Holanda, Prusia y varios princidados Alemanes, Suecia, Austria y Rusia; se libró en Norte América, el Caribe, Centro América, Europa, India, la Costa Oriental de Africa y el Pacífico Sureste. En EEUU se conoce como French and Indian War por la participación de varias tribus de indios de la Confederación Iroquí que apoyaron a los ingleses y a los franceses respectivamente).  Para pagar los gastos exorbitantes de esa guerra, el gobierno del rey George III (y el Parlamento) por primera vez gravó impuestos directos sobre las colonias.  Las colonias se rebelaron contra los impuestos y muchos otros abusos del Estado británico, y después de una cruenta guerra de independencia, esas colonias se convirtieron en la república federal de Estados Unidos de América luego de ser adoptada la Constitución en 1787. Nació entonces una esperanza, la posibilidad de un nuevo Estado gobernado por leyes, y no solo por hombres, un Estado con poderes estríctamente limitados, un Estado que bajo principios de libertad individual y justicia para todos estaba concebido para traer el mayor beneficio a su pueblo.

Así fue por el primer siglo, aunque las promesas nunca se cumplieron enteramente.  En primer lugar, la independencia trajo menos libertad que la que gozaban las colonias antes de 1776.  El establecimiento del órden en la sociedad era tan importante como la libertad misma. La población pagaba más impuestos y tenía menos libertades individuals, a pesar de las protecciones de la Constitución, y esa gran mancha de la esclavitud duró hasta que una guerra civil que costó 600,000 muertos la terminó.  Pero el costo no solo fue en vidas, sino en menos libertad y en la transformación de la república idealmente creada en un Estado cada vez más represivo, tal como temían algunos fundadores como Jefferson, Mason y Madison.  La visión de una república comercial cada vez más centralizada de Alexander Hamilton (apoyada por las decisiones del gran juez John Marshall de la Corte Suprema en defensa de la santidad de los contraltos) surgió definitivamente después de la Guerra Civil en 1865.  La gran expansion industrial y comercial desde 1865 hasta la Primera Guerra Mundial convirtió a EEUU en la predominante potencia económica en el mundo y creó más riqueza y mayores beneficios para toda la sociedad que nunca antes en la historia. Pero la entrada de EEUU en las dos Guerras Mundiales y el Estado gigantésco que resultó de esas intervenciones, preparó el camino para el Estado de Bienestar en EEUU.  El sueño de 1787 terminó con la implantación de ese Estado de Bienestar desde 1965.

¿Cuando entonces comienza el Estado de Bienestar, ese Estado Benevolente que tanta bondad supuestamente vierte sobre todos sus agradecidos ciudadanos?  Generalmente se acepta que surgió en Alemania en los 1880s bajo el gobierno del Canciller Otto von Bismarck, quien había presidido la unificación de Alemania después de la guerra contra Francia en 1870.  Bismarck era un politico básicamente conservador, pero los socialistas habían hecho grandes avances electorales en el parlamento (Reichstag) alemán.  Por temor a que llegaran a ganar una mayoría parlamentaria y con eso, el control del gobierno (y del estado alemán unificado), Bismarck comenzó a implementar una serie de medidas de asistencia social que de hecho supeditaron las aspiraciones de los socialistas. Varias de las leyes aprobadas incluyeron pensiones de retiro (social security), salario mínimo, seguro nacional de salud, vacaciones garantizadas y seguro de desempleo (unemployment insurance).  Muchas de estas medidas indudablemente beneficiaron a la clase trabajadora, pero ese no fue el objetivo de Bismarck, quien honesta y cínicamente explicó que su idea fue “sobornar” a los trabajadores para que pensaran en el Estado como una institución social que existía para el beneficio de ellos y que estaba interesado en su bienestar. Esos votos mantuvieron a Bismarck en el poder y excluyeron a los socialistas hasta 1919.

Sin embargo, otros perseguían objetivos muy distintos y veían en el nacimiento del Estado de Bienestar uno de los grandes ideales de la Izquierda Eterna: La oportunidad de lograr el “bien común y la justicia social” bajo un concepto de la libertad humana “más alto” y superior a la “mera” protección de los derechos individuales tradicionales a la vida, la libertad y la propiedad privada. Esa fue la anhelada puerta que poco después de ser abierta en Alemania, pasó a Gran Bretaña a principios del nuevo siglo 20, donde bajo los gobiernos del Partido Liberal del Primer Ministro Herbert Asquith y David Lloyd George entre 1906 y 1914 se adoptaron también una serie de leyes de contenido “social”, aunque menos ambiciosas que las de Bismarck.  Una ley de pensiones de retiro (1908), almuerzo gratis para los niños en escuelas públicas (1909) y una ley de beneficios a los desempleados y de salud (1911), fueron aprobadas por el Parlamento y todo parecía solo el principio.  Hasta que estalló la Primera Guerra Mundial en 1914 y lo interrumpió todo.  Irónicamente, casi todos los partidos socialistas de Europa apoyarón la entrada en la guerra, incluyendo el de Alemania, Gran Bretaña y Francia.  Solo el minúsculo partido bolchevique de Lenin se opuso en Rusia, pero todos los demás partidos socialistas apoyaron al Zar. En definitiva el nacionalismo fue más fuerte que la búsqueda de utopias sociales y la destrucción que resultó de esa Gran Guerra no solo frenó y atrasó todos los adelantos sociales ya conseguidos, sino que trajo el fascismo, el nazismo y el comunismo a Europa en los años 1930s que comenzaron con la Gran Depresión en 1929.  La Segunda Guerra Mundial estalló solo diez años más tarde.

En Estados Unidos, tierra nunca fértil para el socialismo, el Estado de Bienestar se demoró varias décadas y aún cuando se adoptaron algunas reformas bajo la administración del Presidente Franklin Roosevelt y su New Deal durante la Gran Depresión, no fueron comparables con lo sucedido en Europa hasta la década de los 1960s y la administración del Presidente Lyndon Johnson y su Great Society. Es más, EEUU fue la única nación industrializada que entró en la Gran Depresión de los años 30 sin ningún programa de asistencia social.  Pero a finales del siglo 19, las ideas que crearon los Estados de Bienestar comenzando en Alemania SI llegaron y muy rápidamente se propagaron sobre todo en varias universidades prominentes como Columbia y Wisconsin. En EEUU no existían programas de educación post graduada (doctorados) en aquel entonces, de manera que cientos de académicos, principalmente economistas, sociólogos, historiadores y educadores cruzaron el Atlántico y fueron a estudiar a Alemania.  Cuando regresaron con sus flamantes títulos de prestigiosas universidades (Heidelberg fue prominente) alemanas, formaron parte integral del incipiente movimiento progresivista, que se puede decir comenzó durante la administración del Presidente Theodore Roosevelt después de su elección en 1904 (asumió la presidencia al morir asesinado el Presidente William McKinley en 1901).

Varios intelectuales de esa época fueron enormemente influyentes en las ideas de Theodore Roosevelt, quien era un reformista desde sus inicios como Comisionado de Policía en New York en los 1880s, pero no todavía un progresista. Hombres como los sociólogos Lester Ward (el padre del estado de bienestar moderno según el famoso historiador Henry Steele Commager) y T. H. Marshall, el economista de la Universidad de Wisconsin Richar Ely, y los fundadores de la revista progresiva The New Republic, Herbert Croly y Walter Lippmann, todos fueron preparando el terreno con sus ideas “racionales” (pensaban que la razón podia lograrlo TODO) hasta que el nefasto Woodrow Wilson ganó la presidencia en la disputada elección de 1912 (el Presidente William Howard Taft, escogido por Theodore Roosevelt en 1908, derrotó a Roosevelt como candidato del Partido Republicano pero Roosevelt aspiró como candidato independiente, dividiendo el voto republicano y permitiendo que Wilson ganara con una minoría del voto—41.8%). 

Pero aunque Wilson tenía todas las intenciones de implementar las medidas que el Movimiento Progresista apoyaba, no pudo hacerlo por la sencilla razón que su ideología y sus prejuicios lo condujeron a llevar a EEUU a la Primera Guerra Mundial.   La decisión de declarar la guerra a Alemania en 1917, a pesar de contar con un gran apoyo del pueblo americano y a pesar de que el Congreso aprobó la declaración de guerra casi unánimemente, fue algo completamente innecesario y prejudicial  para la república americana.  Si, EEUU terminó como la primera potencia económica del mundo, y si, también quedó como la única nación solvente en el mundo, pues hasta los aliados ganadores le debían millones de dólares. Pero miles de americanos murieron sin motivo ni razón y EEUU, después de evitar inmiscuirse por 130 años en los asuntos de Europa y en sus guerras, como George Washington  recomendó no hacerlo en su discurso de despedida, fue introducido al internacionalismo de Wilson. El precio que la gran república americana pagaría por este internacionalismo y por el idealismo equivocado de Wilson y su política externa basada en falsos conceptos “morales” que lo llevó a la guerra, sería muy caro en el futuro.  Para el advenimiento del Estado de Bienestar en EEUU, fue un duro golpe que lo demoró por casi medio siglo.

 Sin embargo, gracias a la terquedad y fanatismo de Wilson, quien trató por todos los medios de encajas a EEUU en la recién creada Liga de Naciones y de esa manera institucionalizar su internacionalismo, el Senado terminó rechazando el Tratado de Versalles y la consiguiente entrada de EEUU en la Liga de Naciones (además de provocar la incapacidad permanente de Wilson cuando sufrió un embolismo cerebral por sus incansables esfuerzos de promicionar la Liga).  La vertiginosa desmobilización militar y retiro de Europa de las tropas americanas también tuvo grandes consecuencias en la política doméstica.  De entrada, el país cayó en una profunda depresión económica que por otro lado fue cortísima y se corrigió enteramente sin ayuda del gobierno federal, que bajo el nuevo Presidente Warren Harding, no intervino para nada. Entonces resultó el auge económico más grande en la historia de EEUU hasta ese momento, gracias a políticas que promovieron la libertad individual, el libre comercio y el fin de las regulaciones asfixiantes del régimen de Wilson.  El resultado también fue una reducción enorme del Estado gigantesco producido por la entrada en la guerra.  Fue casi un renacimiento en todo sentido, el regreso a un Estado limitado, tal como se creó con la Constitución de 1787, pero el cual había cambiado mucho debido a las políticas del Movimiento Progresista.  Desafortunadamente esa “era dorada” de la década de los 1920s terminó con el derrumbe de la Bolsa en New York en octubre del 1929 y la Gran Depresión que trajo de nuevo un Estado centralizado y colosal con el New Deal del Presidente Franklin Roosevelt.   

Este brevísimo resúmen histórico de como y cuando nació el Estado de Bienestar es suficiente puesto que en definitiva este escrito es sobre la Falacia del Estado Benévolo—o como esperamos demostrar, más bien si existe tal cosa. Anteriormente ya se ha descrito como, hasta que Bismarck inventó el Estado de Bienestar en Alemania a fines del siglo 19, el Estado, especialmente los estados absolutistas, autorirarios y despóticos que prevalecieron en TODO el mundo excepto en EEUU desde el siglo 15, de ninguna manera se puede decir que beneficiaron a nadie, menos todavía a los pobres y desvalidos que fueron las grandes víctimas de estos estados depredadores.  Al contrario, el Estado, junto con su socia la Iglesia (católica mayormente, pero protestante en Gran Bretaña) siempre estuvo en manos de los ricos y poderosos que vivían para explotar y oprimir a la enorme mayoría del resto de las poblaciones.  Sin embargo, después que el mundo quedó en ruinas—por segunda vez en menos de 30 años—al final de la Guerra Mundial II, todó comenzó a cambiar.  Primero, con el triunfo del Partido Laboral en Gran Bretaña en 1945, su líder, el socialista Clement Atlee, implementó leyes nacionalizando la industria pesada (carbon, acero, ferrocarriles), servicios públicos (electricidad, gas, teléfonos) y especialmente creó el Sistema Nacional de Salud (medicina socializada).

 Estos siempre fueron grandes ideales de los socialistas mundiales.  Ahora se vería como esas políticas benevolentes que favorecían a los trabajadores y a las clases más pobres en general, crearían por fin un paraíso terrenal en Gran Bretaña.  Claro que ya se conocía muy bien que las políticas comunistas en la Unión Soviética NO habían creado el ansiado paraiso en esa infortunada nación.  Pero los británicos, basados en las teorías del famoso economista John Maynard Keynes, creían completamente que ellos lo harían distinto y mejor que los rusos y que el Gran Bretaña el socialismo SI funcionaría.

El resto de la devastada Europa estaba, mientras tanto, al borde del precipicio comunista, sobre todo Italia y Francia.  Gracias a la masiva ayuda económica de EEUU mediante el así llamado Plan Marshall (por el Secretario de Estado americano), Europa Occidental no solo se salvo de caer en la órbita soviética junto con el resto de Europa Oriental, sino que se recuperó relativamente pronto, sobre todo Alemania Occidental (quedó dividida en dos zonas al final de la Guerra).  También Japón se libró del comunismo y floreció económicamente bajo la ocupación americana dirigida por el General Douglas MacArthur.  No así China, que si sucumbió a los comunistas liderados por Mao Zedong en 1949.  Europa Occidental, protegida por EEUU de la amenaza soviética, decidió casi colectivamente encaminarse hacia el Estado de Bienestar, sobre todo en los países escandinavos donde los regímenes socialistas tuvieron cierto éxito hasta finales del siglo 20. 

Otras naciones en el resto del mundo, prominentemente Nueva Zelandia, Uruguay, Costa Rica y Canadá adoptaron Estados de Bienestar en mayor o menor grado después de la Guerra.  Pero no EEUU, donde las leyes aprobadas por el Congreso durante los años del New Deal de Franklin Roosevelt NO fueron en realidad el nacimiento del Estado de Bienestar, con la excepción del modestísimo programa de seguro social (social security), el cual solo era un programa de retiro (no de beneficios de desempleo) al principio.  El cheque recibido por la primera beneficiaria fue de $22.34, aunque naturalmente con el tiempo fue aumentando.  Pero eso vino años después, ya terminada la Guerra.

Durante la administración del Presidente Lyndon Johnson entre 1965 y 1969 fue que el Estado de Bienestar se creó realmente en EEUU.  Sobre todo los pioneros programas de Medicare y Medicaid, que al principio costarían pocos billones de dólares y en muy poco tiempo aumentarían casi geométricamente, y la mal llamada Guerra contra la Pobreza, que en medio siglo y después de un gasto de tres trillones de dólares ($3,000.000.000.000) ha disminuido el nivel de pobreza en el país UN PUNTO PORCENTIL (del 16% al 15%).  Pero ahora toca regresar a la pregunta pertinente. ¿Ha sido este Estado de Bienestar, en EEUU o en la Unión Europea, en la Iberoamérica donde reina el Socialismo del Siglo 21, en China, en Japón, en algún lugar del mundo donde existen, un Estado Benévolo? La respuesta es un no calificado, en el sentido quesi bien ciertos ciudadanos han recibido un trato benevolente, muchos otros no han sido tan agraciados. Pero aún así, si para una porción de la población el Estado ha sido bondadoso ¿no es esto causa para celebrar? No, en realidad.  Porque el Estado, por su naturaleza, NO es esencialmente benévolo, sino todo lo contrario.  Ahora, como siempre, el Estado básicamente continua oprimiendo a los pueblos, continua reprimiendo las libertades de la enorme mayoría de los individuos, engañosamente aparenta ser bondadoso hacia una parte de la población (para “comprar” votos y mantenerse en el poder, tal como lo admitió Bismarck), pero las bondades que otorga por un lado son negadas por las malas consecuencias que traen esas mismas bondades.

A pesar de la opresión del Estado a sus pueblos, por otro lado, gracias a la Revolución Industrial comenzada en Gran Bretaña a mediados del siglo 18, y del libre comercio (nunca en verdad ha existido un comercio enteramente libre en el mundo, pero a mayor libertad en el comercio, más prosperidad para los pueblos) cada vez más prevalente en el mundo occidental, el mundo entero se benefió y prosperó.  El Estado al principio no interfirió mucho con la libre empresa que trajo estos grandes beneficios a la humanidad.  Es más, en muchos casos el Estado fue socio de los empresarios y esto resultó en grandes abusos, sobre todo a las clases trabajadoras.  Pero era natural que sucediera, ya que el ser humano abusa de todo, inclusive de la libertad. Presiones de movimientos sociales poco a poco fueron convirtiendo al Estado en adversario y hasta en enemigo de la libre empresa. Comenzaron las regulaciones del Estado, que en casos fueron beneficiosas para aminorar muchos abusos, pero eventualmente causaron daños irreversibles y terminaron perjudicando precisamente a los grupos que supuestamente necesitaban ayuda. Eventualmente, con el triunfo (temporal, como veremos) de los Estados de Bienestar en el mundo, todo parecía encaminado al establecimiento de esas utopias siempre añoradas por la Izquierda Eterna, la Madre del Estado de Bienestar.  Hasta que llegó la hora de pagar las cuentas y la gran fiesta se acerca a su final. En las palabras inmortales de Margaret Thatcher, el problema con el socialismo es que eventualmente se acaba el dinero de otros y en la también inmortal frase de Ronald Reagan, el gobierno no es la solución, sino el problema.

En la Alemania autoritaria y expansionista de Bismarck y del Kaiser Willem II, el Estado de Bienestar terminó abrúptamente con la Primera Guerra Mundial y no regresó hasta medio siglo después al final de la Segunda Guerra Mundial.  Pero en Gran Bretaña, aunque interrumpido por las dos guerras, en 1948 volvió a la carga y domino la sociedad británica por los próximos 30 años.  Hasta que Gran Bretaña estaba al borde de la quiebra, una gran nación arruinada por el Estado de Bienestar, donde su pueblo sufría por las consecuencias inesperadas de las buenas intenciones del Estado de Bienestar.  Tomó la docena de años bajo las políticas conservadoras y fiscalmente responsables de Margaret Thatcher para “resucitar” a Gran Bretaña económica y socialmente.  Casi al mismo tiempo en EEUU (al igual que de cierta manera en Alemania y hasta en Argentina), con el triunfo del Presidente conservador Ronald Reagan, aunque solo se logró frenar un poco y por corto tiempo al Estado de Bienestar, la república americana también revivió y una prosperidad nunca antes vista reinó desde mediados de los 1980s hasta la Gran Recesión del 2008.

Ahora llegamos al final (¿o a un nuevo principio?), al mundo presente del nuevo Gran Arquitecto del Nuevo Órden Mundial que ocupa la Casa Blanca en Washington desde el 2009 y de su más reciente aliado, el Papa Peronista.  Llegamos al final del sueño dorado de la Unión Europea, que comenzando hace cinco años con las crisis económicas en España, Portugal, Irlanda, Italia y Grecia, la cual no parece tener fin, en este año del 2015 envuelve a todo el mundo, incluyendo China, Rusia, Japón (en recesión continua por dos décadas) y como de costumbre, Iberoamérica. ¿Que hacer ahora que claramente se nota por todo quien quiere ver que el Emperador, el Estado de Bienestar, no tiene ropa, está desnudo en todo su evidente fracaso? Las soluciones son muy conocidas, pero todavía no hay la voluntad de aceptarlas y menos de implementarlas.  Aún sin mucha voluntad, la libre empresa en buena parte del mundo, sobre todo en África, Asia y algunas naciones Iberoamericanas, ha disminuido la pobreza del 50% al 20% desde 1980 (de acuerdo con cifras del Banco Mundial, basadas en una entrada per cápita de $1.25 diario). Pero algo si es obvio: no solo ha fracasado ese Estado de Bienestar que nunca fue benévolo y nunca cumplió sus promesas, sino que la presencia del Estado en si, ya sea de Bienestar, autoritario o hasta el más ideal Estado creado en EEUU por la Constitución de 1787, una república federal basada en el control de los poderes del Estado y la mayor libertad individual para su pueblo, no parece ser necesario para la humanidad.  Como en definitiva el mundo ha vivido casi sin estados durante miles de años, sería mucho mejor y beneficioso tratar de limitar el Estado, reducirlo, eliminar una buena parte de la burocracia que vive para servirlo.  En fin, poner al Estado en su lugar: que exista para servir a los ciudadanos y no para oprimirlos.  Esto NO es una quimera.  Si hay voluntad, se puede lograr eventualmente.   

Claro que aquí en Estados Unidos el Estado de Bienestar nunca ha llegado a los extremos de Europa.  Aquí todavía no hemos tocado fondo, aunque la deuda externa y las obligaciones fijas (Social Security, Medicare, Medicaid) son tan inconcebibles que quizás por eso los malvados políticos quieran seguir ignorando la debacle que nos espera.  Mientras que la productividad y el crecimiento de la economía americana aumentaba, en verdad se podia continuar viviendo en las nubes.  Pero debido a las fatales políticas económicas del presente régimen que nos gobierna, ya eso terminó y ya la economía no está ni siquiera en balance, sino que nos hundimos cada vez más y no se vislumbran soluciones. Al flautista siempre hay que pagarle, y la hora de pagar se nos acerca. Además, de todos modos aquí en EEUU el Estado tampoco ha sido benévolo, como no puede serlo por naturaleza, y aunque más del 50% de la población americana hoy en dia recibe alguna ayuda ya sea del gobierno federal, estatal o local, lo que el Estado da, igual lo quita.  En términos de pérdida de libertad personal, de cada vez más privacidad, de regulaciones sofocantes, de una vida mucho más llena de presiones insoportables, el Estado Americano es visto por al menos la otra mitad de la población que tiene que pagar las cuentas, no como benefactor, sino como un verdadero enemigo. 

Sin embargo, de acuerdo con la propaganda y con el mito propagado por más de 50 años, supuestamente SI existe en el mundo un Estado Benévolo que ha funcionado y funciona.  Estamos, por supuesto, hablando de Cuba y del Estado Benévolo Totalitario creado por Fidel Castro y su revolución en 1959.  La revolución prometió vivienda, educación y medicina gratis para todos los Hombres y Mujeres Nuevos de la Nueva Cuba.  Todo eso a cambio de un trato con el Diablo por el cual el precio fue la Libertad del pueblo cubano.  Fidel Castro preguntó a su delirante pueblo en enero de 1959 ¿armas para que, para pelear contra el pueblo? Y los cubanos respondieron NO. Poco después preguntó  ¿elecciones para que, si el pueblo ahora está con nosotros, con la Revolución? Otra vez el pueblo contest NO.  Pasaron los años pero el pueblo no tuvo la oportunidad de contestar la pregunta que Castro nunca hizo ¿libertad para que? ¿Pero que importaba la libertad, si el Estado Benévolo Revolucionario le había dado TODO al pueblo? 

Hay un problema grande, muchos problemas en verdad. Todo fue—y es—un mito creado y mantenido por un aparato propagandístico único en el mundo, aceptado con la cooperación y ciega fe de la Izquierda Eterna. Las viviendas al principio fueron gratis.  Naturalmente, eran las viviendas que el Estado Revolucionario le había robado a sus dueños legítimos. Pero no se construyeron nuevas viviendas y no se cuidaron las antiguas.  Ahora hay que compartirlas y están en ruinas.  La educación, que antes de 1959 era gratis, siguió siendo gratis, pero mezclada con adoctrinamiento marxista y dispensada por el Estado de una manera arbitraria y solamente a los fieles seguidores.  Con maestros que malamente sabían leer y escribir, y sin que los estudiantes pudieran siquiera elegir lo que querían, puesto que el Estado Benévolo Revolucionario lo hacía por ellos, el resultado no fue el mejor.  Hoy hay millones de Nuevos cubanos mal educados, muchos de ellos medicos y dentistas dispersos por el mundo como una de las grandes fuentes de ingreso del Estado Benévolo Revolucionario. Esclavos del Estado Benévolo Revolucionario, en realidad. La medicina también era gratis, pero en cuanto se terminó el suministro de la que existía antes de 1959, desde el principio fue racionada, como la comida.  La atención médica, la joya de la corona del Nuevo Estado Benévolo, es segregada hace mucho tiempo y los Nuevos cubanos tienen acceso a solo los peores hospitales: sucios, decrépitos, carentes de casi ningún equipo moderno. Excepto los que tienen dólares o euros con que pagar la mejor atención médica disponible en hospitales exclusivos, usualmente reservados para la nomenklatura y para los extranjeros.  Ahora no hay ni aspirina y la poca comida disponible malamente alcanza para subsistir.  De Estado Benévolo Modelo, el Estado Revolucionario terminó en Estado Proxeneta y Méndigo, dependiente de la prostitución de su bien educada juventud y de las remesas de sus exiliados políticos y económicos.  En fin, el Estado Benévolo Revolucionario es tan mítico como los legendarios Unicornios.  La Gran Estafa del Estado Benévolo Revolucionario, que hasta su máximo líder y creador, desde hace años senil, en uno de sus momentos de lucidez admitió que ni en Cuba ese modelo funcionaba.  Requiescat in Pace.

El Estado, ahora como siempre, es el enemigo de esa misma humanidad que lleva siglos oprimiendo. Ya el socialismo, sistema fracasado en todo el mundo donde se ha implementado (a un costo de 200 vidas bajo su primo hermano, el sistema comunista), no es una opción.  Nada más ha traído sufrimiento y mayor pobreza a la humanidad a pesar de sus buenas intenciones.  Ahora se ve claramente que el Estado de Bienestar también ha fracasado, aún en los países escandinavos donde sus defensores siempre señalaban que SI había funcionado.  En resumidas cuentas, el Estado No puede ser benévolo.  NO es su naturaleza.  Al contrario, la naturaleza del Estado es predatoria, expoliadora y opresiva (en casos extremos como Alemania Nazi y Rusia Comunista, también son Estados asesinos). Su razón de ser es ganar y mantener el poder por la fuerza bruta.  Quizás sería útil recordar la fábula del escorpion y la rana.  “Un escorpión quería cruzar un río desbordado, pero no sabía nadar.  Encontró una rana a la orilla y le pidió que lo llevara en su lomo a la otra orilla.  La rana le contestó ¿estas loco? Me picarás y moriré.  Pero el escorpión le dijo ¿como puedes pensar eso? Si te pico, yo también moriré ahogado.  La rana lo pensó, se dió cuenta que tenía sentido y accedió a cruzarlo.  En el medio del río, el escorpión la picó.  La rana, muriendo, le dijo asombrada ¿por qué me picaste?  Ahora moriremos los dos.  El escorpión le dijo finalmente: ya lo se, pero no pude hacer otra cosa.  Es mi naturaleza”.  Exactamente.  Esa también es la naturaleza del Estado: NO PUEDE SER BENÉVOLO.

FOTO: Diego Trinidad expone en un evento en Miami: neoclubpress