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La hipersensibilidad del anti-injerencismo cubano

Submitted by on August 3, 2015 – 6:35 am

Emilio Ichikawa

Recuerdo a varios profesores de la UH proponiendo diferenciar entre “injerencismo” e “intervencionismo”. En lo académico, este deslinde ofrecía mayor precisión; en lo ideológico y lo político garantizaba, gracias a la laxitud del primero de los términos, cierta cobertura teórica para justificar la hipersensibilidad con que en la isla se reacciona a la “intromisión” de los extranjeros en los asuntos domésticos. Y aquí digo “extranjeros” en un sentido amplio; tan amplio como que incluye a los cubanos residentes fuera de la isla. Aunque su “injerencia” solo sea en cuestiones de opinión.

La frase (tan usada por los emigrantes apologistas del gobierno de La Habana) que refiere que “El problema de Cuba lo deben resolver los cubanos de la isla” tiene al menos dos propósitos visibles:

1-Deslegitimar la pretensión de los exiliados anticastristas a participar en ese proceso.

2-Evitar el recelo de los nacionalistas territoriales que siempre guardarán suspicacias con el que abandonó el país; aún cuando solo fuera “para mejorar económicamente sin meterme en política”.  

La hipersensibilidad del anti-injerencismo cubano debe tenerse en cuenta porque aunque no puede frustrar, sí es capaz de conducir a equívocos en el proceso de normalización de relaciones entre Cuba y EEUU.

En una reciente entrevista (26 de junio, 2015), el escritor Iroel Sánchez le comentó al periodista norteamericano Tracey Eaton que a pesar de las revelaciones de AP sobre la ineficacia de los programas de EEUU para la democratización de la isla, “nunca se discutió si el gobierno tiene derecho de influir en el destino de Cuba”.  A lo que Eaton respondió: “Yo no oigo mucha gente preguntando si Estados Unidos, tiene el derecho de meterse en los asuntos internos de Cuba”.   

Aunque la frase de Eaton puede ser interpretada de diversas maneras, en este momento prefiero entenderla del siguiente modo: Los norteamericanos no discuten “… si Estados Unidos, tiene el derecho de meterse en los asuntos internos de Cuba” porque parten del principio de que sí; de que “meterse” en otros países no solo es un “derecho” sino incluso un “deber”.

Con esto solo quiero decir que algunos gestos de la parte norteamericana que los cubanos (no solo los gobernantes) pudieran considerar “injerencistas”, no obedecen siempre a una voluntad de “meterse”, provocar u ofender, sino a una cultura política sedimentada desde la escuela primaria. Y esto rige también para los diplomáticos estadounidenses.

El ejemplo que en los últimos años he esgrimido para ilustrar lo anterior es el de Lisa Kubiske, Embajadora de EEUU en Honduras entre julio de 2011 y agosto de 2014.

Kubiske reemplazó en Tegucigalpa al Embajador Hugo Llorens, cubanoamericano, a quien le tocó manejarse en los conocidos sucesos del 2009. El Departamento de Estado enviaba a su nueva Embajadora ya con Porfirio Lobo en el poder, quien había entrado a gobernar en enero de 2010 luego de unas aceptables elecciones democráticas. Desde el punto de vista de los intereses norteamericanos el trabajo, o mejor dicho la suerte en Honduras de la Embajadora Kubiske fue inmejorable, ya que ganó las elecciones de 2013 un hombre disponible como Juan Orlando Hernández, y salió de la Presidencia un camarada formado en la escuela de cuadros políticos de la URSS. 

La Embajadora Kubiske, en función informal de mediadora en la política interna hondureña, apareció en eventos deportivos, organizó convites con la clase política nacional, opinó en twitter sobre cuestiones relativas a candidatos y funcionarios locales, etc.

Excepto el ex General Romeo Vázquez (y sus seguidores), ninguno de los otros políticos hondureños se quejó, ni consideró injerencistas o metiches, a las iniciativas de la Embajadora Kubiske. No protestaron Zelaya, ni Lobo, ni Micheletti… Ni siquiera el referido Romeo Vázquez, quien realmente no estaba molesto con lo que hacía Kubiske sino con que no le invitara.

Lo que deseo significar es que muchas de las acciones de la Embajadora Kubiske, digamos que naturales en la perspectiva general de un Embajador norteamericano, son impensables en cualquier Embajador que EEUU acredite en La Habana. Serían consideradas, probablemente sin serlo de veras, acciones injerencistas.  

Por ejemplo, nadie puede imaginar como naturalmente aceptable, ni aún tratándose del propio proceso de elecciones del Poder Popular, a un Embajador norteamericano en La Habana invitando a votar públicamente a los cubanos como lo hizo Kubiske en noviembre de 2013 en Honduras: “No tengan miedo de utilizar el poder del sufragio… Ustedes deben preguntarse qué clase de país quieren construir…”. O mediando en una polémica entre candidatos a delegados; así todos fueran miembros del Partido Comunista de Cuba. Y mucho menos, tratando de avalar o legitimar resultados.

Actualmente la Embajadora Kubiske es una alta funcionaria del Departamento de Estado; fue sustituida en Honduras por el Embajador James Nealon y por el momento no parecen existir probabilidades de que recale en La Habana.

IMAGEN: Embajada de EEUU en La Habana. Foto de Tracey Eaton que, confirmando aquello de los diferentes modelos de periodismo, se encuentra por los alrededores esperado el 14 de agosto: alongthemalecon