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La CIA, el MININT y los escritores cubanos: No es cuestión de literatura

Enviado por en marzo 5, 2013 – 13:21 pm

Emilio Ichikawa

Existe una estantería del poder: En la repisa donde mandan los Incas y los Faraones, los profesionales de la palabra (Amautas y Sacerdotes) son funcionarios de tercera categoría por alto que se perciban a sí mismos en la estructura. Incluso si esa palabra tiene que ver con la religión, como en el viejo Egipto; o con la historia, como en la zona del viejo Perú.

En el caso de la Cuba revolucionaria, pues, los escritores que han mariposeado alrededor de Fidel y Raúl Castro (ya empezaron a hacerlo en torno a Miguel Díaz-Canel), desde Cintio Vitier hasta Miguel Barnet, desde Raúl Rivero hasta Norberto Fuentes, no han significado nada en la mecánica del poder real. Como tampoco significaron nada en el otro polo del poder insular, la Iglesia Católica, escritores como el Padre Félix Varela y los jóvenes de Espacio Laical; que han naufragado en Editoriales y apresuradas “entrevistas” a paleo-cubanólogos como Carmelo Mesa-Lago y Guillermo Rodríguez Rivera; que astutamente ya recomiendan a sus propios sustitutos desde uno de los blogs del trovador Silvio Rodríguez. Pero esta no-significancia burocrática no es mala, siempre que otra cosa no se haya perseguido.

En el mejor de los casos los intelectuales del entorno del gobierno y la Iglesia en Cuba han sido espectadores. Lástima para la historiografía que, precisamente por ser escritores, sus testimonios sean siempre dudosos. Un poeta es un demiurgo, no es jamás “fuente” creíble de la creación. Menos si es un exiliado: el género testimonial (carta, memoria, autobiografía, etc.) está vedado por principio a las personas huérfanas de patria que andan llenando vacíos con ficciones y “mala” memoria. “Mala” en el sentido de “falsa”; en el sentido de “no hecho por quien (se) dice que lo ha hecho”; como un día explicó el pintor Gustavo Acosta que debe responderse  cuando se atribuye cierta imagen a un autor errado.

Pero regresemos a la primera tesis: el carácter vestigial del gremio de la palabra en las sociedades fuertes y autocráticas como la cubana (en todos sus niveles: de la familia al estado; del huerto al grupo AZCUBA; de la cuna a la tumba). De donde emerge la duda: si tan poco importantes son los escritores en la dinámica del poder en Cuba: ¿Por qué los escritores cubanos interesan a la CIA y al MININT? ¿Por qué le interesó a la CIA, por ejemplo, el narrador Raúl Capote?

A los efectos de tumbar al gobierno de Castro a la CIA le debe interesar primero el más gris sub-oficial de la Unidad de Tanques de Managua que el Vicepresidente de la Asociación (Cultural) Hermanos Saiz de Cienfuegos, que era el cargo que ocupaba Raúl Capote cuando la agencia empieza a acercársele. Eso fue, según reiteró Capote en una entrevista con el periodista Pascual Serrano, en los años ’80. Varios de los entonces colegas de Raúl Capote en la zona central de Cuba viven hoy en el exilio; la mayoría habla elogiosamente de él como escritor y aseguran no recordar ni una sola cualidad que anunciara la conversión de Capote en un poli-agente secreto. Muestra de que, efectivamente, la CIA es más refinada que la Biblioteca del Congreso de EEUU y la Seguridad del Estado más suspicaz que la Academia de Ciencias de Cuba.

Contradiciendo (no para contradecir) la tesis de este apunte, que considera a los escritores irrelevantes para decidir una cuestión de poder en un orden autocrático, Capote dice a Serrano que los servicios extranjeros estaban interesados precisamente en “la provincia cubana de Cienfuegos, en torno a la cual se estaba aglutinando un grupo de escritores jóvenes muy críticos, lo que les situó en la mira de los estadounidenses”. Para acercarse a este grupo no enviaron veteranos del Army ni estudiantes de la Marina en Annapolis sino “algunos estadounidenses en nombre de universidades y fundaciones estadounidenses”. Es decir, que la CIA estaba como empantanada en una operación de subversión del castrismo a través de la educación y la cultura. ¿Pero realmente la CIA trabaja con esos plazos propios del Iluminismo? No digamos el jefe en Langley, ni siquiera Sarmiento tendría paciencia para intervalos tan largos.

La CIA no les pediría a los escritores cienfuegueros que portaran armas en Biblias o ediciones ahuecadas de El Quijote; lo que empezaron a pedirles, testimonia Capote, fue que “iniciáramos un tipo de literatura que ‘representara la realidad del país’”. ¿Es eso realmente trabajo de la CIA? Por la misma época que fija Capote cualquiera recuerda a Francisco López Sacha y Fernando Rojas estimulando (como la CIA) una literatura crítica con la realidad de la isla; o a Luisa Campuzano y Norberto Codina rechazando ensayos por carecer de fuerza innovadora. ¿Por qué tenía la CIA que duplicar el trabajo del Ministerio de Cultura de Cuba? ¿Por qué ese interés en alguien como Capote y su banda de escritores?

El entrevistado dice que en el año 1995, cuando se muda para La Habana, él ingresa en el Sindicato de Trabajadores de la Cultura, con 40.000 afiliados. Con su entrada en la organización sindical Capote ha dado entonces un paso fuera de la novela, fuera de la poesía y fuera del cuento… Y entonces sí empieza a ser explicable el interés de una agencia extranjera. Porque a la CIA no le interesan las novelas de Capote como no le interesaban las de Kundera o Solzhenitsin: a la CIA le interesa la persona que es capaz de mover fuerzas reales, miles de personas. El mismo Capote lo reconoce cuando dice: “ellos estudiaron mi perfil y lo consideraron idóneo por mi influencia en el sindicato.  Por su influencia en el sindicato, no por su influencia en la Feria del Libro. Un proceso parecido, pero en otro sentido, pasó con la edición de una novela “problemática” de Luis Manuel García por Patricia Gutiérrez Menoyo: no era precisamente el texto lo que preocupaba a la Seguridad cubana.

Junto con todo esto cambia también el perfil de las personas que intentaban reunirse con Raúl Capote. Le dice el escritor a Pascual Serrano: “Comenzó presentándose como dueño de una empresa que fabricaba libros sobre educación, luego me dice que trabajaba para el Gobierno norteamericano.” Ya ni siquiera hacía falta poner el nombre de una Universidad por delante.

Estas precisiones son importantes porque el llamado intercambio académico entre Cuba y EEUU está prácticamente desapareciendo bajo la prisa de ambos poderes políticos por lograr objetivos concretos. Los recursos existentes para intercambios estrictamente intelectuales (que puedan revertirse o no en cambios políticos a mediano y largo plazo) se están utilizando para la lectura de panfletos y declaraciones explícitamente acusatorias o laudatorias sobre los gobiernos. Casi se ha desdibujado esa primera fase de acercamiento de que hablaba Capote donde al menos por protocolo el arte y la ciencia eran una zona de intercambio real entre los dos países. Hay profesores norteamericanos, cubanoamericanos y cubanos que prácticamente se han convertido en organizadores de eventos sociales (descargas, fiestas, almuerzos, etc.) donde se hacen declaraciones políticas sin interés académico alguno, donde solo se atiende a si son “radicales” o “moderadas” en este o en aquel sentido las posiciones manifiestas sobre culquier banalidad, pero casi nunca a si son profundas o verdaderas.

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