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Putin: ¿aire de familia?

Enviado por en febrero 16, 2013 – 0:01 am

Al caer el Muro de Berlín (1989), Vladimir Putin prestaba servicios —desde 1985— como agente de la KGB en Dresden (RDA). De vuelta a Leningrado, para trabajar en la Universidad Estatal y completar su doctorado en Derecho, Putin se hizo con una dacha cerca del lago Ladoga y entró en una suerte de fraternidad (Ozero) con propietarios de dachas cercanas que también guardaban animadversión y distancia de la burocracia moscovita tradicional.

Putin no estuvo ligado a la nomenclatura soviética. Ni a la intelectualidad ni a las estructuras del Partido ni a la perestroika ni a la glasnot de Gorbachov. Tampoco pertenecía al núcleo duro de la KGB. Solo por jugada política de Boris Yeltsin, Putin asumió la jefatura de los servicios de inteligencia y seguridad (Federalnaya Sluzhba Bezopasnosti – FSB) hacia 1998, luego de haber sido alcalde suplente de San Petersburgo y trasladarse a Moscú (1996) como funcionario de la administración Yeltsin.

Así y todo, Putin llegó al premierato ruso en 1999. La kremlinóloga Lilia Shevtsova, quien por entonces escribía sobre los mitos y realidades de Yeltsin’s Russia (Brookings Institute, 1999), consideró que Putin distaba mucho de las relaciones personales y redes de influencia necesarias para ejercer el debido control. Así soslayó la potencialidad de los jóvenes que Yuri Andropov reclutó a su largo paso (1967-82) por la KGB.

El jurista Putin entró en la KGB hacia 1975. Ni siquiera hay versión oficial de qué hacía en Dresden, aunque se imagina que desde haber dirigido operaciones de espionaje tecnológico en Alemania Federal hasta medidas activas contra Honecker en su tensión con Gorbachov. A este último respecto se sugiere que no por casualidad el jefe del Partido en Dresden, Hans Modrow, encabezó la reunificación alemana desde el lado oriental.

Al menos el propio Putin precisó en la compilación de entrevistas Ot pervogo litsa [En primera persona] (Vagrius, 2000) que haber prestado servicios en la inteligencia fuera de la URSS le había permitido pensar diferente y aun conversar sobre cosas que muy pocos se atrevían a discutir. La esperanza que algunos cubanólogos cifran en oficiales calificados de la Seguridad del Estado como catalizadores del cambio y de la transición a la democracia en Cuba parece infundada si se valora que Putin terminó repudiando a Gorbachov y su grupo político por dejarlo todo al garete.

Putin apenas escuchó en Dresden las claves positivas de la perestroika y la glasnot. Aunque percibió que el colapso de la RDA y el resto del bloque soviético en Europa del Este era inevitable, Putin redujo la crisis a la patología social que denominó «parálisis de poder». En medio de la desunión post-soviética concibió como remedio infalible desplazar por completo al Estado en sí aquella lealtad que se guardaba a la ideología oficial y al líder político de turno.

-Foto: Putin como espectador en la competencia olímpica de judo © RIA Novosti

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