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Nadie debe creer que camina sin Dios, sin amo y sin ley

Enviado por en febrero 1, 2013 – 2:49 am

Lafitte Fernández

A lo largo de mi vida he conocido toda clase de políticos: buenos, mediocres, malos y malísimos. También me he topado con políticos intelectualmente muy fuertes, cultos, inteligentes y otros que apenas pueden firmar. El poder atrae a tantos proyectos de políticos como pueda parir la naturaleza.
Hay políticos que son meros mascarones. Otros prefieren actuar con lenguas filosas. Hay verdaderos talentos para las manipulaciones. No falta quienes actúan a tientas y locas. El buen método lo extraviaron hace mucho tiempo. Acaban como picapleitos sin suficiente fuerza intelectual.
En El Salvador tenemos de todas las categorías de políticos: desde usurpadores que hacen los tiempos turbulentos hasta aquellos que saben que si controlan los informes, controlan el debate. En asuntos de políticos, tengo mis preferidos. Después les diré quiénes son.
Los Acuerdos de Paz crearon, aquí, una clase política sui géneris. Cuando llegó la paz, casi no teníamos políticos natos, de esos que transforman las creencias en verdaderas ideas y visiones. Al país le tocó, empujado por la guerra, ponerle saco y corbata a los guerrilleros para que fueran a la Asamblea Legislativa. En el otro lado, empresarios fueron obligados a convertirse en políticos. Antes de eso, los militares fueron los políticos, ayudados por unos cuantos tecnócratas.
Ambos pasos obligados por el músculo de la historia fueron arriesgados. Se corría el riesgo que unos no entendieran el juego democrático. Otros podían convertir las instituciones democráticas en portaviones para hacer sus negocios.
Ambas cosas sucedieron en muchos casos. Pero también el país parió otros políticos de nueva estirpe que, a la larga, resultaron más buenos que un graduado, con honores, de una escuela de Ciencias Políticas. Y en casi todos los partidos políticos hay buenos ejemplos de raza de políticos interesantes.
Eso sí: existen quienes no entendieron jamás de qué se trata cuando se es político, ni qué papel deben asumir. Mucho menos saben domar el poder en beneficio de mayorías o minorías arrinconadas.
Cuando miramos que diputados compraron no sé cuántos miles de dólares en caros regalos navideños y esculturas sobre las que no hay registros, y que, además, no quieren rendir cuentas sobre eso, nos damos cuenta que hay políticos, o aprendices de ellos, abultadamente torpes y cegatones.
FUNDE pidió, a los diputados, que le rindieran cuentas (no a ellos, sino al pueblo) y, ayer, se conoció que esos gastos los declararon confidenciales.
Cuando observamos eso, a veces no sabemos si hay diputados que son carniceros de la libertad y la responsabilidad. Con sus actuaciones se apropian de la mala fama que dicen no quieren tener.
Muchos diputados se quejan, precisamente, que los periodistas le construimos, falsamente, esa mala fama. La respuesta a eso es simple: el periodismo refleja lo que ve. No basta con promulgar leyes. También es necesario no dar malos ejemplos.
Tal vez el problema es que algunos diputados no han entendido que ellos no solo responden, por sus actuaciones, ante la ley. También le responden a quienes los eligieron. Y lo peor que le puede pasar a un diputado, o a un político, es perder la confianza de los electores.
Esa confianza no se compra. Tampoco se impone. La confianza se inspira. Entonces… ¿qué podemos creer sobre los diputados, cuando cierran las puertas para que se revisen los gastos que se hicieron en regalitos navideños?
¿Cómo se vuelve un diputado fiable? Con el ejemplo personal, con la excelencia moral. Así de simple. Las ideas escalofriantes sobre algunos diputados no las crea el periodismo. Las flaquezas sesgan la percepción. Pero no es problema del periodismo que existan políticos tan torpes o que crean que pueden caminar por las calles sin amo, sin Dios y sin ley. (Tomado de LA PRENSA GRAFICA de El Salvador)

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