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El pueblo cubano: numen y acceso

Enviado por en febrero 26, 2013 – 3:09 am

Arnaldo M. Fernández

El ajedrez político cubano-americano es tan riguroso que «lo ideal para Yoani Sánchez sería que Miami no existiera». Y dado que —según Jonathan Farrar— «la fama internacional lograda por unos pocos, como la bloguera Yoani Sanchez, alimenta aún más los celos entre las organizaciones disidentes tradicionales», el único asidero posible de la generación Y opositora sería aquel con que debería contar todo anticastrismo viable: el pueblo cubano.

Al margen de la imaginación sociológica que data por lo menos del informe (marzo 16, 1961) en que la CIA estimó el respaldo a Castro en fewer than 20 percent of the people, amén de que  approximately 75 to 80 percent of the militia units will defect, la noción de «pueblo cubano» pudiera examinarse:

  • Como todos
  • Como la totalidad
  • Como la mayoría

Todos nunca serán todos. La república martiana «con todos y para el bien de todos» oculta su fracaso mundano con «el misterio que nos acompaña» y otros embustes. Ni siquiera Rousseau consideró la democracia en grande ni la voluntad general como voluntad de todos (El contrato social, 1762, II, 3 y III, 1).

La totalidad encarna el espíritu del pueblo (Volkgeist) del romanticismo filosófico como entelequia orgánica e indivisible. Así el pueblo queda servido en bandeja al Estado totalitario, que se transfigura de órgano coercitivo por antonomasia en expresión máxima de la libertad (Hegel: Filosofía del derecho, 1821, § 331-33).

La mayoría tiene su gradiente —desde absoluta hasta simple— y siempre funciona con definición operativa para determinado propósito, como dejó sentado Castro al enfilarse contra la dictadura de Batista llamando a la lucha a los desempleados y braceros, obreros del campo y de la industria, agricultores pequeños y pequeños comerciantes, maestros y profesores, profesionales jóvenes

Ni la disidencia «tradicional» ni la generación Y tienen definición operativa de su pueblo, sino que incurren en el error de la amalgama: mezclar la posición de los de abajo (gobernados) con la noción romántica del pueblo o país como totalidad, que resulta instrumental ya sólo para los de arriba (gobernantes). El castrismo va ya por su octava edición de parlamento elegido por mayoría del electorado —el pueblo cubano políticamente visible— y esto es indicio lógico-histórico de viabilidad.

Entretanto la disidencia tradicional o posmoderna lucha contra la dictadura castrista sin llamar a sectores definidos de la población que podrían considerar a las minorías opositoras con mayor mérito que la minoría gobernante para ejercer el poder en el contexto de ese fenómeno histórico denominado nación cubana.

Farrar puso ya el dedo en la llaga disidente: «Su válida atención al reclamo de amigos y familiares presos de conciencia, y por la no observancia de los derechos humanos fundamentales por parte del gobierno, no tocan los intereses de los cubanos, quienes están más preocupados por tener mayores oportunidades para viajar libremente y vivir de manera confortable».

Por ironía histórica, la minoría gobernante liberó presos y amplió las oportunidades de viaje sin tener nada que ver con la disidencia. Aunque dista mucho de ser confortable, la vida en la Isla parece haberse tornado soportable: han pasado casi 20 años del Maleconazo. Y como la disidencia tiende a que no se aplique a rajatabla el embargo de EE. UU. para volver insoportable la vida en Cuba, su lucha parece alejarse de la dimensión vertical de la democracia (ejercicio del poder) para ceñirse a la dimensión horizontal (igualdad de derechos).

La lucha por los derechos humanos y en contra del castrismo viene al menos desde que Luis Conte Agüero anunció —a poco de ganar Castro la guerra civil (1960-65)— que «Centinelas por la Libertad» se habían organizado dentro de la Isla. La misión es tan loable como ineficaz en la dimensión vertical de la democracia y aun mal agradecida entre cubanos. Felipe Rivero despachó sin contemplaciones a Conte Agüero por pasar el tiempo dando guerra mediática contra Castro e informar como «centinela» a toda persona que le escribía desde Cuba (The Miami Herald, noviembre 29 de 1966).

Hoy son disidentes quienes escriben desde Cuba proyectos o llamamientos sin atinar a organizar una huelga (salvo de hambre) o una multitud anticastrista. Y la ironía viene ya por la dimensión tecnológica del desarrollo histórico: como no se tiene acceso al pueblo, pero sí a Internet, la oposición ocupa su nicho virtual, que permite vivir de manera confortable por entre proyectos y llamados, elogios y críticas, sin mesura ni utilidad.

Foto © El Taburete

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