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ESPACIO LAICAL entrevista a Arturo López-Levy

Enviado por en febrero 11, 2013 – 20:57 pm

Roberto Veiga y Lenier González

 ESPACIO LAICAL: Nuestro entrevistado es un destacado analista y activista político cubano radicado en Estados Unidos. Sus valoraciones y propuestas esbozan un proyecto posible de República que podría ser compartido por cubanos con diversas posiciones políticas. Igualmente ofrece una posible hoja de ruta signada por el patriotismo, el diálogo y la reconciliación.

1- ¿Cuál es su postura en relación con el quehacer político de los actores gubernamentales y de la sociedad civil en Cuba?

Mi actitud ante el quehacer político de los actores gubernamentales y de la sociedad civil parte de considerar el desarrollo económico, incluyendo un Estado de bienestar sustentable, como la principal meta nacional. Desde esa visión normativa, mi aproximación empieza por mi profesión de analista. He invertido muchos años y esfuerzos en conocer Cuba, no solo a través de libros, pues he viajado por todo el país, incluyendo sus sierras y mares. Los sesgos ideológicos existen en las ciencias sociales y deben reconocerse, pero no son buenos sustitutos para el conocimiento sistemático de ciencia política, historia y economía. Sueño con una Cuba mejor, transformada, pero mi profesión me ha hecho invertir la frase de Marx sobre los filósofos y sus tareas. Incluso si el fin es transformar, mi primera responsabilidad es entender y explicar.

Como metodología trato de entender el balance de poder existente, las posturas del gobierno y no le niego el beneficio de la duda a sus argumentos. El Partido Comunista no es mi partido. Aunque comparto sus postulados nacionalistas, su ideología leninista me es ajena, pues la soberanía está en la nación, no en partidos “de vanguardia”, ni en la clase obrera. Dicho esto, ese partido es la fuerza más importante del escenario político cubano actual y goza de un apoyo importantísimo en una parte no pequeña de la población y de los sectores más estratégicos del Estado, en primer lugar del estamento militar y los nuevos grupos empresariales.

A la vez, creo que el patriotismo es un aliciente a la crítica responsable, por tanto incluye una oposición leal. Con los que critican al gobierno tengo importantes coincidencias, mayormente con actores de la genuina sociedad civil, que priorizan las propuestas constructivas, importándoles más marcar avances reales en términos de apertura, desarrollo y bienestar que puntos retóricos ideológicos. En Cuba creo que hay que desarrollar un sistema institucional de balances y contrapesos republicanos que equilibren el ejercicio del poder. En más de una ocasión he insistido en la creación de un congreso bicameral, y en la modificación del artículo 74 de modo tal que el Presidente y el Primer Ministro sean diferentes personas, y que en lo adelante ningún militar ni familiar del Presidente puedan sucederlo en la primera magistratura.

Dicho esto, me esmero en que ninguna crítica al gobierno se confunda con una crítica a Cuba. Es mi país de origen, y no lo traiciono cuando esté bien ni cuando esté mal. En lo que está bien, lo apoyo, en lo que esté mal, ayudo a arreglarlo. No difamo al pueblo en el que crecí, y rezo porque las reformas en curso tengan éxito, porque eso quiere decir que le irá bien al país. Ser buen cubano es más importante que ser comunista, socialdemócrata, demócrata-cristiano o liberal: hay que ser buen cubano.

 2- ¿Cómo se posiciona ante la política del actual gobierno norteamericano hacia Cuba y de los principales actores políticos de la emigración cubana en ese país?

No apruebo la actual política norteamericana hacia Cuba. El nacionalismo cubano no tiene otra alternativa que derrotarla, pues es incompatible con su aspiración existencial a una Cuba independiente.

Obama implementó políticas positivas para un acercamiento entre las dos sociedades, como la ampliación de los viajes pueblo a pueblo y la licencia general para los viajes cubano-americanos. Sin embargo, el Presidente ha decepcionado por su falta de iniciativa para desmontar una política que el mismo dijo en 2004 que no servía a los intereses de Estados Unidos y asfixiaba a la población “inocente” de Cuba. Dicho esto, creo que cualquiera de las alternativas al Presidente desde 2008 a la fecha, con la excepción quizás de Hillary Clinton, habría colocado a Estados Unidos y sus relaciones con Cuba en una situación peor.

El problema aquí es de cálculo político, poder relativo y prioridad. Los que apoyan el embargo son ahora más débiles que nunca y la administración ha propuesto para puestos claves a varios políticos, como John Kerry, con un claro record contra la estrategia de aislar a Cuba. Sin embargo, uno no derrota algo con nada. Los que queremos una política diferente tenemos que articular una posición alternativa y una fuerza capaz de derrotarlos.

Cuba y Estados Unidos están destinados por la geografía a una relación de vecinos. Como José Martí entendió al enlistar al eficiente cabildero judío-norteamericano Horacius Rubens para la causa de la independencia de Cuba, las buenas relaciones con la potencia vecina requieren una activa acción política en Washington. Dentro de Estados Unidos los grupos empresariales, religiosos, cubano-americanos, humanitarios, educacionales y de otra índole que estarían a favor de una política de intercambio son identificables. Lo mismo sucede con varios bloques de países a nivel internacional, incluyendo aliados de Estados Unidos. El desafío está en proveer esos actores con los incentivos necesarios para movilizarse, subirle la prioridad al tema embargo e invertir capital político concreto en un lobby con más poder y la misma pasión que el desplegado por los defensores del embargo. Así funciona la política estadounidense, un lobby se derrota con otro, no con quejas.

El embargo es continuación directa de la postura plattista definida como asignar a Estados Unidos funciones que son de exclusiva soberanía cubana. El problema para una ética patriótica cubana no está en el legítimo cabildear o influir en las decisiones de Washington sobre Cuba; el conflicto sería hacerlo desde premisas que no acepten la soberanía e independencia de la Isla tal y como está definida en el derecho de las naciones. Ante todo plattismo, la posición digna es la asumida por Salvador Cisneros Betancourt cuando le insinuaron la necesidad de concesiones con la enmienda de marras. “¿Qué aceptarán ustedes de la Enmienda Platt?”-preguntaron en 1901 unos congresistas norteamericanos a varios constituyentes cubanos. El marqués de Santa Lucía contestó: “No sé lo que acepte la Convención; pero de mí sé decir que no acepto nada. ¡Nothing!”.

¿Qué hay que conceder o negociar para que quiten el embargo? Lo mismo que postuló Cisneros Betancourt: “¡Nothing!”. De Jesse Helms, el racista sureño por excelencia, el defensor de Pinochet y el régimen del apartheid sudafricano, no salió nada que procurara mejorar los derechos humanos. ¿Qué hay que aceptar de las demandas en los artículos 205 y 206 de la ley Helms-Burton, dándole al Congreso de Estados Unidos decisiones sobre las secuencias, los tiempos y transformaciones que tendría que hacer Cuba para ser declarada “en transición” o “democrática”?

Lo anterior no quiere decir que no se labore con inteligencia y patriotismo para movilizar la opinión pública estadounidense en contra de lo que es una aberración que afecta no solo los intereses cubanos sino también los intereses y valores de la democracia de Estados Unidos. Las reformas económicas y de las leyes migratorias son ejemplos de pasos positivos que ya están sembrando debates en Estados Unidos y la emigración cubana, sobre la conveniencia de adoptar cambios en la política hacia Cuba. Los golpes más importantes que se le puede dar al embargo son una recuperación de la economía cubana y una apertura significativa al retorno y participación de los emigrados patriotas en la vida del país. Es un proceso que debe continuar.

3- ¿Qué multiplicidad de gestiones desarrolla para promover su visión de las cosas en relación con Cuba?

Hoy mis gestiones son fundamentalmente académicas. En la Universidad de Columbia, donde cursé una maestría en estudios internacionales, y en mi doctorado en Denver, he tratado de aprender sobre otros países, fundamentalmente de América Latina y del este de Asia. Trato de servir de analista, crítico pero objetivo, de las realidades políticas y económicas que juzgo. He aprovechado cada oportunidad para estudiar y conocer experiencias en Israel, Taiwán, Gran Bretaña, Japón, China, Ecuador, España, Canadá y México, que me permitan comparar y analizar las virtudes y fallas de las dos sociedades en las que vivo, la cubana y la estadounidense.

Escribo y diserto con asiduidad sobre el tema cubano en varios países y medios, en inglés y español. En 2011, a propósito de un trabajo que escribí para la New America Foundation, el profesor Archibald Ritter recomendó leerlo, pero advirtiendo al lector de que “nadie, en ningún lugar de la esfera pública cubana” iba a estar satisfecho con lo que escribí. Discrepo de mi ex-profesor, pues creo que muchos cubanos queremos dialogar sobre bases menos polarizadas y hay publicaciones, como Espacio Laical, que nos acogen. Aun así, reconozco que mis trabajos no son publicados por ninguna institución oficial cubana, mientras que la oposición militante e intransigente no los tolera.

Contribuyo también a las actividades de la organización Cuban Americans for Engagement (CAFE) o Cubano/Americanos por el Intercambio. Es un grupo de cubano-americanos, al que me sumé el año pasado. La mayoría de la directiva llegó a Estados Unidos a partir de los años noventa, pero se nos han ido sumando buenas personas de todas las generaciones. Tiene el atractivo de ser un proyecto colectivo con coordinadores rotativos. Hay muchos cubanos honestos, de ideas democráticas, actitud constructiva hacia Cuba y Estados Unidos, con experiencias muy diversas, y concepciones muy dinámicas y despojadas de la lógica de la Guerra Fría.

4- ¿Qué objetivos se plantea CAFE? ¿Cómo pretende materializarlos?

CAFE se propone pensar con claridad y creatividad un grupo de políticas que acerquen a Cuba y Estados Unidos, y a Cuba con su emigración. Tratamos de educar al público y a los políticos sobre la pluralidad de la comunidad cubano-americana, y las oportunidades y conveniencia de una política de intercambio con Cuba. Abogamos por políticas en los dos países que sintonicen con los principios del Derecho Internacional y el paradigma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

No nos importan las razones por las que se quieran adoptar las políticas de intercambio. El único requisito de membresía es oponerse al embargo sin condiciones, y venir a nuestras actividades con una actitud respetuosa hacia el resto de los miembros y nuestros interlocutores, tanto en el gobierno cubano como el estadounidense.

Somos “dialogueros” y “respetuosos”, para usar de manera constructiva los términos que peyorativamente nos han endilgado Ninoska Pérez y Haroldo Dilla. Por principio, creemos que una actitud positiva como base del diálogo es lo más difícil de lograr, pero también el mejor camino. Cada oportunidad para conversar con los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, aun cuando no produzca resultados inmediatos, hay que aprovecharla con buena voluntad y divulgarla. Como ha dicho la profesora María Isabel Alfonso, entendemos que en el debate cubano y de la política norteamericana hacia Cuba faltan propuestas y sobran ripostas. Una cosa es el debate de propuestas y otra la crítica de butacón centrada fundamentalmente en destruir las propuestas de los demás. Como parte de lo que llamamos, el extremo centro, nos importa más debatir ideas, no personas.

5- Cuba necesita un proceso sistemático de diálogo y reconciliación. En su opinión, ¿cómo diagnostica el estado de la marcha de este difícil camino? ¿Cuáles son sus mayores desafíos?

Mis mayores esperanzas para el avance del diálogo y la reconciliación están en el cambio de contexto que está teniendo lugar en Cuba y sus emigraciones. A corto plazo, no creo que en la Isla vayan a dominar actores muy diferentes a los que hoy detentan el gobierno, particularmente el Partido Comunista de Cuba (PCC). En la emigración, el entierro de la derecha a partir de la elección de Joe García y el record histórico de votos cubano-americanos para el candidato presidencial demócrata en noviembre de 2012, es prematuro. Los senadores Marco Rubio y Ted Cruz van a ser importantes en la política de Estados Unidos por buen tiempo. Ninguna de esas fuerzas ha tenido ni tiene la reconciliación en la cima de su agenda. Nada me hace pensar tampoco que vayan a adoptar esa meta, pues un ambiente de confrontación, en el que las alternativas moderadas estén cerradas, les sirve como anillo al dedo.

Sin embargo, estamos no solo en la víspera de transiciones generacionales, sino ante un serio desfase de los discursos intransigentes con las propuestas viables de progreso. Con o sin el apoyo del presidente Chávez, Cuba necesita una reforma económica, y esa reforma demanda un ambiente internacional favorable, que incluye un tratamiento menos ideológico de la emigración y la discrepancia. Del otro lado, será difícil también mantener la misma actitud beligerante cuando la mayoría de los emigrados visite la Isla y varias de las causas fundamentales de resentimiento se mitiguen con la reforma migratoria. Agréguese además la posibilidad de que partes importantes del embargo, como la bochornosa inclusión de Cuba en la lista de países terroristas, sean desmanteladas.

Un desafío central para los actores interesados en el diálogo y la reconciliación es concebirlos como procesos e institucionalizarlos. En las condiciones concretas de Cuba, no es conveniente la creación de una comisión de reconciliación nacional sin el análisis de injusticias históricas y su rectificación a partir de comisiones específicas. Hay temas como la discriminación racial o la relación entre el Estado y las comunidades religiosas en los que la relación de poder y el ambiente ideológico del país están maduros para hacer un recuento y balance, diseñando políticas de reconciliación. Ese no es el caso en el tema de la pluralidad política, donde la polarización reduce el espacio de posible acuerdo entre los actores de mayor poder.

Insisto en la importancia de las secuencias y de poner al país en una senda de crecimiento económico como meta prioritaria. Coincido con el profesor Carlos Alzugaray en que los cambios no pueden ser solo económicos. Dicho esto, cualquier apertura política será siempre más estable con una clase media amplia, una economía en expansión, y un estado de bienestar sostenible.

 6- A su juicio, ¿cuáles serían los pilares que deben sostener la Cuba que sueña?

Primero, una Cuba independiente, realista en cuanto a su lugar en el mundo, un país pequeño, pero sin subordinación a ningún poder extranjero. Estados Unidos tiene que respetar a Cuba como mismo Francia respeta a Bélgica, Alemania respeta a Suiza, y Rusia respeta a Finlandia.

Segundo, con una economía mixta y un Estado de bienestar que garanticen a todos sus habitantes una meseta mínima de derechos económicos y sociales; sería terrible si después de una Revolución volviéramos a tener niños sin escuelas, o ciudadanos sin la mínima atención médica. Pero no se puede repartir lo que no se produce, una estrategia de crecimiento económico, que golpee la corrupción y aliente la inversión desde una lógica de mercado, es imprescindible.

Tercero, que sea una república; democrática porque gobernarían las mayorías, pero con un Estado de derecho, respetuoso de las minorías, la pluralidad ideológica y religiosa, y el imperio de la ley.

Para llegar a ese paradigma considero vital eliminar las condiciones de emergencia por acoso externo, sin ellas, los argumentos racionales a favor del unipartidismo desaparecen. Si -como dicen sus dirigentes- el partido comunista cuenta con el apoyo de la mayoría del pueblo, y es la “vanguardia” para alcanzar las metas nacionales, ¿por qué habría de temer una competencia leal y constitucionalmente regulada con otros agrupamientos de cubanos patriotas? Si no lo fuera, ¿con qué derecho detentaría el poder?

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