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Franco / Castro / Pinochet / Micheletti’s Blend

Enviado por en febrero 12, 2013 – 6:07 am

Emilio Ichikawa

En mayo de 2012 el escritor Abilio Estévez ofreció una entrevista a Radio Praga de la que varios sitios enarbolaron una tesis a modo de titular. Estévez decía refiriéndose a la vida bajo el castrismo: “El sexo es la única libertad que uno ha tenido durante muchos años”. Según añadió, la doctrina contra la que cabeceaba la práctica liberadora del sexo no era el marxismo leninismo, ideología oficial de la revolución de Fidel Castro, sino el cristianismo (o más bien el catolicismo). Explica Estévez: “Porque los cristianos nos lo han impuesto siempre, desde que yo tengo cinco años, el valle de lágrimas, el sacrificarse por un futuro que nadie sabe qué cosa es. Hemos visto todo el tiempo que el gozo ha quedado postergado”.

Testimonios de la vida bajo el régimen de Francisco Franco transmiten la imagen de una cotidianidad pacata y tradicionalista; donde quizás los negocios eran el “gozo” o “la única libertad” tenida. Esta condición está cifrada en un refrán de época: “Bajo Franco follar no era un pecado: era un milagro”. Al margen de si es empíricamente verdadera la afirmación o no, lo cierto es que igual sería lo más coherente con el catolicismo y el moralismo que se consideraba patrimonio espiritual de la dictadura y del mismo Caudillo. Faceta que hace igualmente coherente que la oposición política “contestara” con el ateísmo, la superstición y la irreverencia, así como con la libertad sexual, la música pop-rock, el extranjerismo/cosmopolitismo y hasta con el uso de sustancias utópicas. Como algunos han dicho, la “transición española” es como un libro de texto donde todas las piezas encajan razonablemente.

Ahora bien, respecto a la Cuba revolucionaria, “marxista leninista”, “anticristiana” y “anticatólica”, la pregunta que corresponde hacer es la siguiente (disculpen la vulgar terminología): En la isla comunista de Castro, ¿se ha singado o no se ha singado? Como se anotó al principio, Abilio Estévez (y muchos otros) cree que sí, ya que quizás era la única cosa que se podía hacer: “El único gozo en el que uno ha podido centrarse es el gozo sexual, porque llega un momento en que a tu habitación ya no pueden entrar…”. (VER: Cubaencuentro. 10/5/2012) Parece que sí: en la Cuba del Dr. Castro no ha sido ni pecado ni milagro.

Si esto es así, las pastillas anticonceptivas (y ya luego el rock de Miguel Ríos, las performances de Alaska, los grafitis en los muros de la ciudad, los turistas… en fin, todos aquellos lances que armaron “la movida” que desajustara culturalmente la dictadura de Franco y sus secuelas) tendrían un efecto distinto en la Cuba de Castro; no deconstructivo sino confirmativo. Rutinizador. No se puede contestar al castrismo con sexo porque La Habana es una “posada”; ni con chistes porque la primera graciosa es la policía; ni con brujería ni con heterodoxia porque las iglesias del Partido son ateas y de paso tampoco tienen dinero para hacer ofrendas.

La lógica cultural de la transición española no cuadra bien en la Cuba de Castro. Y lo mismo sucede con las crecientes propuestas de aplicar a la isla socialista la lógica cultural de la “transición” y “el NO chileno”. Las exploradas analogías de Castro con Franco, con Pinochet y con el hondureño Roberto Micheletti son correctas en lo político, pero no en lo histórico. Lo primero arranca con tino porque se intenta apelar a un código común que, cuando es aceptado (y solo cuando lo es), adquiere una gran capacidad persuasiva: a quienes creen que Franco, Pinochet y Micheletti fueron dictadores no hay que explicarles ya por qué Castro es dictador; basta con mostrar la evidencia de que Castro es como aquellos. Pero la fórmula no funciona de cara a la historia, y aquí es donde entra a jugar el factor “anticomunismo”, que más que de Castro es (o debiera ser) una prenda de los enemigos de Castro. De modo que filmes como “Conexão Cuba > Honduras” del brasileño Dado Galvão y “NO” del chileno Pablo Larraín acaban abortando la posibilidad de la lectura “anticastrista”, que se queda una vez más esperando a que le llegue su propia película y su propia novela.

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