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Accidentes

Enviado por en febrero 21, 2013 – 5:45 am

Arnaldo M. Fernández

Uno de los accidentes cerebrales más comunes entre cubanos estriba en endilgarle a otro determinada tesis para enseguida refutarla o tirarla a relajo. Así, el análisis de que la lógica instrumental del Estado totalitario no da — porque no representan peligro alguno vivos ni son útiles después de muertos— para que se inoculara un virus a Laura Pollán o descarrillara a Payá Sardiñas junto con otros (sin saberse de antemano quiénes iban a perecer), se tergiversa alegremente con que la clave analítica radica en que una y otro carecían de importancia. Y hasta se urden analogías con los fusilamientos, sin reparar en que por ahí aflora también la instrumentalidad de que, por ejemplo, no fusilaran a Rolando Cubela.
Esa calistenia cerebral disloca. El ex analista de la CIA y actual scholar Brian Latell explica la supervivencia de Cubela porque era doble agente, aunque pasara casi 13 años en la cárcel. De ahí que sobrevenga el accidente cerebral agudo cuando tenga que encararse por qué los disidentes pacíficos orientados a la galería mediática de ultramar son importantísimos: nada más hay que dejarlos vivos para que se maten políticamente entre ellos mismos o metan la pata. Ningún agente de la Seguridad del Estado pudo jamás entregar al gobierno una lista con más de 10 mil personas desafectas, identificadas con su carné de identidad, para darles rápida entrada en la base de datos del Trabajo Operativo Secreto (TOS).
Y ahora resulta que ser disidente va dejando hasta de ser peligroso. Se puede dar la vuelta al mundo en 80 días, a sabiendas de que se podrá regresar, y descargar de paso el peso de la influencia (entre las 100 personas del mundo y los 10 intelectuales de Latinoamérica) a favor de las banderas de combate de Castro contra «el imperio»: el levantamiento del embargo y la liberación de Los Cinco, aunque esto último se rectifique después como «ironía», para dejar probado que no se saben mover las fichas del ajedrez político.
Sin embargo, si Yoani Sánchez pereciera accidentalmente, digamos, en el mismo tansportation fórmula Uno con que fue a Bayamo o mejor, en un Yutong-EON, saldrán de inmediato con que la dictadura mandó a matarla, pero no porque sean fanáticos de las coincidencias, sino de la idiotez de la amalgama. Esa misma que se armó cuando Pánfilo gritó ¡Jama! y una claque montó la campañita de Jama y Libertad.

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