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MIAMI: Para las clases

Enviado por en enero 30, 2013 – 11:24 am

Emilio Ichikawa

A través de la cultura popular, la educación general y la moral de base, una elite de visionarios puede decidir fijar ciertos valores en una comunidad humana (pueblo, nación, país, etc.). En el caso de los llamados “fundadores” se trata de una decisión pre-institucional; así que la historia tendría que jugársela al principio con el elemento casual de que dichos individuos vean en lo correcto. En el origen no hay otra cosa que tirar los dados; y así, por accidente, una nación será una cosa si consigue ser cimentada por 12 honestos y otra si le tocan 12 cretinos.

El ciudadano que nace en una cultura ya en marcha, separada del origen, así como el exiliado y el emigrante, se encuentra ya un régimen hecho donde los valores están elegidos. Se encuentra con una preferencia o deseo moral objetivado (en refranes, sentencias, efemérides, relatos, juegos, etc.) de lo que la sociedad quiere ser; y en relación con esto, de lo que está bien y mal visto en ella.

El cubano que llega a Miami, por ejemplo en 1959 o en 2013, se encuentra con una “régula” moral ya codificada que juega con el culto a la igualdad de las personas y el elogio del trabajo manual. Viene de atrás, de la independencia de una monarquía aristocrática, de la siembra de un paisaje virgen y la invención de una industria. Como es listo, el cubano desembarcado se percata sin mucha dificultad que esas dos condiciones “están bien miradas” y es capaz de valerse retóricamente de las mismas. Sabrá operar en la esfera pública con dogmas del tipo “para mí ningún trabajo demerita”, “yo tenía amigos negros y pobres en La Habana”, “me gusta repartir pavos en acción de gracias”, etc. Sin embargo, como se trata de valores no “naturales”, adquiridos, el cubano advenido a la democracia norteamericana tendrá en la eticidad algo parecido a lo que tiene en el ejercicio de la lengua inglesa: cierta marca en la pronunciación, un “acento” catolicón y clasista.

Si quiere hacer la prueba dígale al cubano más chévere y triunfador de Miami, al más campechano: “Admiro mucho todo lo que has logrado… a pesar de tus orígenes humildes”. Esa última parte de la frase, la artera cláusula de “tus orígenes humildes” será como una gota de sangre oscura en la alcurnia o una mancha en el expediente que se apurará a salvar con un “Bueno, tú sabes que por la línea de papá nosotros venimos de…”. En Miami, en cierto Miami, se diferencian aún cubanos cuya “posición” viene del patriciado del siglo XIX, cubanos enriquecidos después de la independencia, cubanos acaudalados a principios del exilio y cubanos “adinerados” llegados a Miami en los últimos años, a cuya “fortunita” generalmente no se le acepta ningún otro origen que la corrupción, como muestra el reciente caso del “empresario cubanoamericano” Pedro Álvarez, ex funcionario de Alimport. En cuanto al trabajo manual, es obvio que nadie en Miami siente orgullo porque se le presente en sociedad como “El más dedicado vendedor del pulguero”, “El más joceador camarero de un restaurante” o “El más abnegado recogedor de tomate”.

-IMAGEN: “Best Enemies”, by Karoll William: artelista.com

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