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“Mi abuelo y el Cardenal”

Enviado por en enero 28, 2013 – 23:51 pm

Rafael Diaz-Balart

(DLA. 9 de marzo de 2002)-Uno de los recientes y siempre eminentes servicios del Cardenal de La Habana a la tiranía roja del dinosaurio feroz, me ha hecho recordar a mi abuelo materno, don Juan Gutiérrez. Les cuento en apretada síntesis, las razones del recuerdo.
La cuñada de mi abuelo – esposa de su hermano Francisco – era mujer muy religiosa y de gran devoción por su Iglesia. Un día, como tantos, se fue a confesar, el cura era español. Ella le contó su angustia, en busca de consuelo y orientación espiritual. Su marido se iba al monte, dentro de unos días, junto a su hermano Juan y a otro cubano amante de la libertad. Iban a reunirse con las fuerzas del general Antonio en Mangos de Baraguá, tierra bendita del indómito Oriente. Era a comienzos del año del Señor de 1895.
El cura que oyó la confesión amaba más a su patria que a su fe, y le contó a las autoridades españolas el secreto. Francisco, Juan y su amigo sufrieron una emboscada y fueron hechos prisioneros. La condena la cumplieron en parte –antes de fugarse– en las ergástulas coloniales de Ceuta (norte de África).
Mi abuelo nunca más puso los pies en una Iglesia, pero fue siempre un hombre de gran fe y de mucho amor. Tuvo grandes amigos sacerdotes, hombres buenos que amaban su fe y la respetaban por encima de todo.
El cardenal de La Habana, Señor Ortega, sirve hoy con devoción a la tiranía que esclaviza a nuestro pueblo. De igual manera que el cura español que denunció a mi abuelo, que servía a las fuerzas coloniales españolas que aherrojaban a nuestra Patria Cubana. Uno de los continuos, recientes y eminentes servicios del cardenal a la tiranía, ha sido convencer al alcalde de Santiago de Chile en su visita a la isla esclava, de que el embargo de Estados Unidos a la tiranía debe ser suprimido. Para que de esa forma, el dinosaurio feroz se enriquezca más aún y pueda aumentar las nóminas de sus genízaros, sus armamentos y sus instrumentos de tortura a los cubanos indefensos y hambrientos que seguirían así, más indefensos y hambrientos aún, bajo las garras engrasadas de sus torturadores.
De suprimirse el embargo, se suprimiría también el único “Leverage”, o sea, el único instrumento de presión para contribuir a que los cubanos volvamos a ser libres y no pueda perpetuarse la tiranía incluso más allá de la vida del dinosaurio feroz, ya moribundo. Parecido instrumento de presión al que usaron los países libres de Europa para que el franquismo no pudiera perpetuarse después de Franco y los españoles volvieran a ser libres.
Mi abuelito siempre cultivó la amistad de muchos amigos sacerdotes y supo diferenciar entre los curas amantes de su fe y los que amaron más a la España colonial que a Nuestro Señor Jesucristo.
Yo recuerdo hoy más que nunca a mi abuelo y sé que no podemos – ni debemos – confundir a un cura, o un cardenal, que sirve a la tiranía, con los otros muchos curas y obispos que sirven a su fe.
Desde la doctrina de Amor de La Rosa Blanca y con espíritu cristiano – cubano y martiano – quiero repetir hoy la oración de Nuestro Señor en relación con sus torturadores:
Perdónalo Señor, él no sabe lo que hace.

-NOTA: Artículo publicado por Rafael Díaz-Balart (foto) en DIARIO LAS AMERICAS el 9 de marzo de 2002, y reproducido por su hijo Lincoln Diaz-Balart en el mismo periódico el pasado 25 de enero de 2007 con título de “El abuelo de Rafael Díaz-Balart y el Cardenal”.

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