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Martí y su (con)figuración

Enviado por en enero 28, 2013 – 0:01 am

Arnaldo M. Fernandez

Otro aniversario redondo de venir al mundo puso de nuevo a José Martí entre el uso y el desuso. A este último respecto, la Dra. Mildred de la Torre Molina (Instituto de Historia de Cuba) resumió para el semanario habanero Trabajadores «Lo que pretendieron ocultar de Martí» en la república poscolonial precastrista: «Su humanismo, su visión latinoamericanista y su apreciación sobre la sociedad estadounidense, de la cual alabó las grandezas y denunció las miserias, injerencismo, expansionismo, sistema político y engranajes institucionales». Martí da parque textual suficiente para librar la escaramuza hermenéutica de que sus visiones humanista y latinoamericana, así como sus valoraciones sobre EE. UU., distan mucho de cómo De la Torre Molina atinó a leerlas. Su lectura de que «Martí jamás favoreció a los ricos ni la desigualdad social», por ejemplo, se desvirtuaría con otra de Juan Marinello: «Sin saber ni desearlo, [Martí] fue el defensor de los poderosos». («Martí y Lenin», Repertorio Americano [San José de Costa Rica], 1935, página 57).

El pobre Martí

De la Torre Molina lleva razón en que Martí «estudió con detenimiento [al] indio, el campesino, el obrero, es decir, el humilde, el pobre», pero el propio Martí da pie a la sospecha de que tal aserto no basta. Martí sentía miedo cerval a trabajar en «una colocación vulgar de comercio, de muchas horas y retribución mezquina, adonde vuelva mi vida a lo que ha sido en estos tiempos últimos —avena de pesebre— a que se la coman los caballos», como escribió (1886) a su «amigo queridísimo» Manuel Mercado (Obras Completas, La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1975, Tomo V: página 88). No en balde le pidió «ayuda mensual de $50 [ca. $1,200 hoy], a cambio, naturalmente, de un trabajo que valga mucho más (…) si no me quiere ver en una agonía que mi carácter hace mayor» (O.C., V: 84s).

Así por el estilo pueden darse lecturas encontradas hasta en la misma bandería política. Según el Dr. Jorge Ibarra Cuesta (Universidad de La Habana), Martí «no llegó a fundamentar en un programa sus ideas con relación a la organización política y social que habría de tener la futura república» (José Martí, dirigente político e ideólogo revolucionario, La Habana: Ciencias Sociales, 1980, página 214). De la Torre Molina afirma tajante: «Tampoco es cierto que no pudo desarrollar toda su teoría republicana».

La verdad parece ser más incómoda. Aparte de que Martí no tenía explicación ni respuesta para muchos problemas e incurría en yerros y contradicciones, las expresiones literales de sus ideas —como cualesquiera otras— no entrañan tales o cuales significados exactos susceptibles de aprehensión, sino que están expuestas sin remedio a la intención contextual con que desde el presente se espulgan los textos del pasado.

El principio de indeterminación

El físico alemán Werner Karl Heisenberg (1901-76) ganó el Premio Nobel (1932) por edificar la mecánica cuántica sobre arenas movedizas: al observar una partícula subatómica, el fotón de luz que choca con ella modifica su posición y velocidad, que jamás podrán precisarse simultáneamente. Este principio se aplica mutatis mutandi a la búsqueda del recto sentido e intención de los textos de Martí e incluso de todo texto: la exégesis adolecerá siempre de la complicidad del exégeta para enfatizar ciertos pasajes y pasar otros por alto, en función de imperativos ideológicos y de patrones críticos ajustados al aquí y ahora.

Marinello no escribió de pasada —en su antemencionado artículo sobre Martí y Lenin— que debíamos admirar al primero «como tal, y solo dentro del contexto del valor permanente de su vida personal como hombre, [pero] virar nuestras espaldas sobre su doctrina». No sólo se abroqueló con el propio Martí: «Si él pudiera ver estos acontecimientos, nadie sería más feliz que él con esta necesaria y útil denegación», sino que reiteró este juicio en carta al ensayista Antonio Martínez Bello, quien no dudó en incorporarla a su edición de Ideas sociales y económicas de José Martí (La Habana: La Verónica, 1940, páginas 217 s).

En la estela del centenario del natalicio de Martí, Marinello volvió sobre el asunto (El caso literario de José Martí, La Habana: Vega y Cía, 1954, página 27), pero su perspectiva cambió al triunfar la revolución de Fidel Castro. Marinello había celebrado ya a Martí como «nuestro grande hombre [de] clara militancia libertadora» (Actualidad americana de José Martí, La Habana: La Verónica, 1945, páginas 5 y 29). Sólo tuvo que adentrarse en esta perspectiva y otras afines, con amnesia selectiva y complementaria de las demás, para sacar Ensayos Martianos (1961) y El pensamiento de Martí y nuestra revolución socialista (1962).

De la Torre Molina alega con tino: «Los grupos de poder que dominaban la opinión pública en la república neocolonial [enarbolaban a Martí] como un estandarte para, a partir del innegable amor que por él sentían las masas conducirlas hacia sus posiciones políticas». Todo parece indicar que igual situación prevalece hasta hoy e igual rima siguieron y siguen los grupos opositores.

Martí a la vista

En la cuerda pulsada por De la Torre Molina, Julio Antonio Mella escribió sus Glosas al pensamiento de José Martí (1926) para legitimar su oposición antimachadista con la revolución martiana inconclusa, en tanto Gerardo Machado mandaba a tirar —en edición masiva (La Habana: Imprenta de F. Verdugo, 1926)— el panfleto de Martí Vindicación de Cuba (1889) para legitimar su tesitura nacionalista frente a Washington.

Tras irse a bolina la revolución de 1933, Fulgencio Batista empinó a Martí para principiar su verbena democrática. Félix Lizaso protagonizó entonces el ejercicio de apropiación intelectual más consecuente con la intención que De la Cruz Molina define como «silenciar el verdadero pensamiento social de Martí».

A sabiendas de que sin intervención del poder no podía imponerse verdad alguna del pensamiento de Martí, Lizaso concibió la transición pacífica del texto a la imagen para avanzar —sin muchas complicaciones hermenéuticas— «Hacia una conciencia martiana» (1942).

Esta serie de conferencias partía de que «el único título verdaderamente martiano lo da la conducta [con honradez], aunque no [se] haya leído una página de Martí». Puesto que Martí, «como la sal disuelta en agua», estaba en los «íntimos parajes de la espiritualidad», se precisaba un monumento para encarnarla y «oficiar ante él como ante un altar» (José Martí. Recuento del centenario, La Habana: Úcar García, 1953, Tomo I, páginas 111-117 passim).

No fue por casualidad que la Comisión Central Pro Monumento de Martí otorgara el primer premio de su concurso literario interamericano (1940) al estudio biográfico de Luis Rodríguez Embil: José Martí, el santo de América (La Habana: Imprenta de P. Fernández, 1941). El monumento demoró en construirse y el general Batista, de regreso al poder, decidió inaugurarlo en conmemoración del centenario del natalicio del Apóstol, junto con la nueva sede de la Biblioteca Nacional «José Martí».  Así apareció (1952) en la Plaza Cívica un Martí en pose contemplativa, que contrastaba por su pasividad con el Martí erigido (1905) en el Parque Central, pero que aguantaría hasta el tránsito violento de aquella plaza a otra de la Revolución. La imagen es más dúctil que el texto, como «ser ahí» a disposición de toda corriente político-ideológica.

Así mismo las tánganas castristas y anticastristas impidieron que se develara —en la conmemoración prevista (enero 28, 1960) de otro aniversario del natalicio de Martí— el Martí ecuestre esculpido por Anna Hyatt Huntington para el Parque Central de Nueva York. Sólo el desenlace de la guerra civil a favor de Castro y la caída consecuente de la beligerancia del exilio terminarían por allanar el camino hacia la inauguración oficial (1965).

Martí al dictado

Los textos de Martí propician figuración en el sentido fijado por el profesor Salah D. Hassan (Universidad Estatal de Michigan): reducir su complejidad y relaciones a una significación más simple y unitaria, libre de contradicciones, para servir a funciones políticas e ideológicas (“The Figuration of Marti”, Radical History Review 89 [2004], página 190).

Tal es la operación intelectual que acompaña indefectiblemente al planteo —por De la Torre Molina— de que el «verdadero pensamiento [de Martí] fue rescatado por los patriotas revolucionarios que divulgaron su obra y lo mantuvieron vivo». En su libro precitado Ibarra Cuesta propuso, como «el método más seguro» de rescate, la reconstrucción de los escritos de Martí de manera que pudieran historiarse sus posiciones políticas (página 214). Por este atajo enrumbaron también Roberto Fernández Retamar et all para desembocar casi en la consagración de Martí como pensador marxista.

Las complejas relaciones de Martí con el marxismo —señaló Ibarra Cuesta— confirmarían el propio principio marxista de que la realidad puede comprenderse desde posiciones teóricas diferentes, siempre que confluyan «en términos generales» en la visión del desarrollo histórico (página 107). Desde luego que, si nos empeñamos en semejante lectura, Martí puede converger con Marx aunque aquel haya dejado entre sus «Recomendaciones» (Patria [Nueva York], septiembre 3 de 1892) «que continuamos la revolución para el beneficio equitativo de todas las clases, y no para el exclusivo de una sola».

Escenas norteamericanas

Igual empeño concita el diferendo Cuba-EE. UU. En la república neocolonial —subraya De la Torre Molina— «lo que menos se divulgó fue el análisis que hizo del sistema político y los engranajes institucionales» en EE. UU. No sorprendería que el análisis de contenido arrojara eso mismo como lo que más se divulga en la república poscolonial castrista. Y nadie se llame a engaño: si el diferendo acabara por disolverse, «lo otro» pasaría a divulgarse con frenesí.  De la Torre Molina añade que la visión de Martí sobre EE. UU. fue «muy realista, pues conoció las particularidades de esa nación como nadie en su tiempo». Sin embargo, el profesor Alfred J. López (Universidad de Mississippi) demostró en José Martí and the Future of Cuban Nationalisms (University Press of Florida, 2006) que Martí dio palos de ciego por entre sus análisis y valoraciones (1885-86) del Sur de post- Reconstrucción.

Martí sucumbió al mito romántico de la plantación sureña como enclave más noble y civilizado que el Norte materialista y egoísta. Percibió el Sur derrotado militarmente, pero gentil y nostálgico, sin advertir que por debajo discurría ya la redefinición de sus relaciones políticas con el vencedor, mediante la manipulación de la nostalgia y aun del resentimiento para renovar la agenda racista y opresora —id est, antimartiana— en la versión de «Jim Crow» (página 84): despojar a la población negra del derecho al voto, institucionalizar la segregación y crear la atmósfera de linchamiento.

Al López refiere que Martí enfocó al Sur post-Reconstrucción, además de como reportero a distancia, con el sesgo cultural del inmigrante que no atina a calar en la esencia del Otro (página 92). Martí deslizó hasta que los confederados «redimieron su equivocación con el tesón glorioso con que pelearon en pro de ella» (La Nación [Buenos Aires], Julio 15 de 1886).

Coda

Así y todo, Martí siempre tendrá a la zaga intérpretes para justificar o criticar, atenuar o ensalzar. Vendrán a configurarlo en moldes disciplinarios prefundidos de historia o sociología, filosofía u otras «ciencias del hombre». Antes que hablar a la gente a través de los voceros de turno, Martí será usado por ellos para proyectar sus voces, propias o alquiladas, en flagrante inversión del ventrilocuismo. Por ello es loable —junto a la discusión de los voceos— la detección de los silencios, tal y como acomete De la Torre Molina.

Solo que enseguida habrá que discutirlos porque, si se guarda la distancia correcta, este ejercicio del criterio será mucho más fructífero que oficiar ante el altar martiano, como sugirió Lizaso, aunque también aquí habría de seguro discusión por quiénes serían los sacerdotes.

Ilustración 1: Pedro Ramón López, José Martí, Mucho Martí (2011) © Artelista

Ilustración 2: Alicia Leal, El arroyo de la sierra (1998) © Cubarte

 Ilustración 3: Reinerio Tamayo, El astronauta (2007) © Cubarte

 Ilustración 4: Anna Hyatt Huntington, José Martí (1959) © Nycgovparks

 Ilustración 5: Aimée García, Sin título (1995) © Cubarte

 Ilustración 6: American Martí © Photo Album

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