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Lo relativo (Prólogo en la prehistoria)

Enviado por en enero 14, 2013 – 17:27 pm

Armando de Armas

Era el Hombre del Neolítico, y caminaba errante por aquella planicie de polvo barrida por el viento. Era el futuro creador de la bomba atómica y la contaminación ambiental (en verdad era ya una entidad altamente contaminante), del stress y los sedantes químicos, de la demagogia, las intrigas políticas, el exterminio en masa y los pactos militares. Pero, más que todo, era Rey sobre los animales; título que le otorgaba una rama de árbol terminada en afilada punta de piedra como prolongación de sus manos.      

 Había perdido el rastro de su tribu. Estaba cansado. Sudoroso. El pelo y la barba hirsutos, habitados por legiones de insectos. Se sentó en un promontorio de piedra. Tendió la vista hacia la línea donde la tierra y el cielo se unen, y se preguntó, más bien se inquietó, por qué nunca era posible llegar hasta allí. Miró la llanura y la encontró monótona, no que la encontrará, sino que la sintió. Entonces bajó la vista a sus pies, y, sorteando entre grietas y desniveles corría la hormiga, ya con inusitada rapidez, ya lentamente; unas veces a la derecha, otras a la izquierda, otras en círculos concéntricos. Sin un objetivo aparente. Obedeciendo al caos, o al caos dentro del orden; toda instinto. Pequeña en relación al hombre. Igual en tamaño a los insectos que habitaban al hombre. Inmensa en relación a otras existencias sólo mostradas por el microscopio, muchísimo después, a sesudos investigadores en sus  laboratorios y a alegres papanatas en feria de colorines.

 El hombre la observaba y, paradójicamente, presintió que era a su vez observado; fue algo así como un ligero escozor en la nuca. Cazador nato. Giró la cabeza. Nada, excepto la llanura; y remolinos de polvo. El viento frío le cortó el rostro y un ave le cagó encima. Incómodo, intentó dar caza a la hormiga con una ramita seca y punzante; sabía que no podría pero era su modo de relajarse. La hormiga huyó. La buscó. La cercó con las manos; unas manos como garfas.

 Tuvo entonces la certeza de que era vigilado. Se incorporó con un salto de tigre. Tomó la lanza; lo librara de todo mal. El cuerpo encorvado; fiera al fin. Mirada al acecho. La llanura le vino encima; el enemigo no apareció. Se acuclilló y comenzó a buscar a la hormiga; ahora sí, en serio. La encontró y preparó el pulgar para aplastarla contra la piedra… La muerte le llegó sin saber de dónde. Ni siquiera supo que moría. Fuerza imprevisible. Rápida en el matar; creada para matar…

* * *

Milenios después los científicos no cesaban de admirarse ante el cadáver de aquel Hombre del Neolítico; petrificado sin relieve, lanza incluida, en una roca como el cristal. No podían entender qué arma era capaz de producir una muerte así en época tan remota, y muchísimo menos entender el tipo de sustancia en  que se conservaba el cuerpo, calcinado, pero nítido como en una fotografía digital.

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