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De interpretaciones y constituciones

Enviado por en enero 11, 2013 – 11:07 am

Emilio Ichikawa

Hace unos días, creo que fue el domingo 6 de enero, el portero Adán del Real Madrid cometió una falta sobre el delantero Vela de la Real Sociedad e Iker Casillas salió del banco donde Mourinho lo había confinado por segunda vez. En lo que me pareció un gesto de compañerismo y ética deportiva Cristiano Ronaldo intentó quitarse el brazalete de capitán y regresárselo a Iker, pero este lo envió a marcar pues había una jugada en marcha. Estaba inmerso en esta interpretación sensiblera, cuando un amigo comenta: “Iker es campeón mundial e hizo bien en rechazarle el brazalete a Cristiano, no tiene que rebajarse a eso. El Madrid está en bancarrota”.

Una simple anécdota. Solo para mostrar que aunque uno está dispuesto a reconocer que los hechos son posibles de versionar en las más plurales interpretaciones, es algo que no deja de sorprender. Un acontecimiento que pudo haber quedado como la ejemplificación absoluta de la maldad, como fue el atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001, ya se ha relativizado a esta altura con interpretaciones y causalidades polivalentes. En el referente cubano, es perceptible que Fidel Castro no cuajó culturalmente como el símbolo nacional de la maldad; e incluso, en el sentido opuesto, la declaración por el Cardenal Ortega Alamino de la Caridad del Cobre como una “devoción nacional” es más una formalidad, un deseo, que una realidad efectiva. Así que la cultura cubana además de carecer de un “concepto” claro de lo que es el bien y el mal, no tiene siquiera su “representación”.

Las interpretaciones son ejercicios de relativa actualidad en la dinámica política latinoamericana. Las constitucionales son una variedad de la “interpretación de textos”; y si bien no son escritos poéticos, estas llamadas “cartas magnas” tampoco son libros matemáticos y están plagadas de contenido metafórico. En el mundo global actual, donde hay tantos poderes que corren paralelamente a los poderes estatales, condales, municipales, etc., la subordinación al texto constitucional es una liturgia que tiene que ver más con la cortesía política que con la vida misma. No existimos, no podemos existir constitucionalmente. La constitución es un documento procedimental que se usa más para ordenar el debate que para definirlo. Lo constitucional es un lenguaje y hay quien ha dicho –con razón- que hasta una superstición. Es un código de intercambio que en determinados momentos permite argumentar ante un árbitro. Ahora bien, como es el caso de Venezuela, cuando ese árbitro constituyente participa en el debate constitucional el resultado es obvio.

Tanto Manuel Zelaya en Honduras como Fernando Lugo en Paraguay salieron del poder empanizados en una interpretación desfavorable de su comportamiento ante la ley; pero es ingenuo pensar que el ejercicio hermenéutico fue la causa. Por supuesto que “la letra” también podía estirarse al otro lado. Desde los Incas y los Reyes de Egipto el poder siempre ha contado con una legión de intelectuales (amautas y sacerdotes) capaces de interpretar a su favor el firmamento, la crecida de los ríos, el canto de los pájaros, el orden de piedras y caracoles, y todos los libros. Centenares de intérpretes tuvo Chávez (y Borges, Capriles, Aveledo, Falcón y María Corina Machado) para uno de los puntos del debate en torno a la constitucionalidad de los eventos de ayer 10 de enero: “¿Qué es “falta absoluta” (o “relativa”)? Cuestión que a su vez se divide en dos: ¿Qué quiere decir la Constitución Bolivariana cuando dice “falta”? ¿Qué quiere decir la Constitución Bolivariana cuando dice “absoluta” (o “relativa”)? Cualquiera sabe que estos son temas de interminable protocolo, de caché, de cobertura intelectual patrimonio de especialistas y eruditos más que de politicos. Luego no debe ser cierto que la fuente del poder de Chávez sea la Constitución; de hecho, como todo el mundo sabe, la Constitución Bolivariana es un resultado del poder chavista, no al revés. El origen del chavismo (lo han dejado caer hasta activistas como Tomas Bilbao y Rafael Poleo) no está en el chavismo sino en la democracia tradicional venezolana (así como el origen del castrismo está en la Cuba republicana y no en la Cuba socialista). Como precisó la periodista Yolanda Valery: “La oposición (venezolana-ei) quedó virtualmente fuera de la redacción de la nueva Constitución (sólo obtuvo seis de 131 escaños)”. De ahí que sea propagandísticamente acertado pero políticamente inoperante “sorprender” a Chávez en “contradicción” con su propia Constitución. Es más, en sentido general no es excepcional que un gobierno “viole” la Constitución; se trata de una rutina. Hay incluso poderes políticos reales que son a-constitucionales o para-constitucionales y no tienen siquiera que preocuparse por el dilema constitucionalidad-anticonstitucionalidad. ¿Un ejemplo? El poder “político” que ejerce el multimillonario Norman Braman en el sur de Florida; que tampoco es solo cuestión de dinero.

-IMAGEN: azizyavuzdogan.com

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