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TESTIMONIO: “Liberación de la Brigada de Asalto 2506″

Enviado por en diciembre 24, 2012 – 0:10 am

Frank de Varona

El 23 y 24 de diciembre de 1962 los 1113 prisioneros de guerra de la Brigada de Asalto 2506 fuimos liberados de las cárceles de la tiranía de Cuba. Para recordar esa fecha de hace 50 años, la Asociación de Veteranos de Bahía de Cochinos Brigada de Asalto 2506 convocó a una reunión el 22 de diciembre de 2012 en el Museo de la Brigada 2506, el cual está ubicado en el 1821 SW  9 Calle, Miami, Florida. Con la asistencia de más de 100 brigadistas, familiares y políticos, el padre Pedro Cartaya, capellán del Colegio Belén, celebró una santa misa en honor a los brigadistas que murieron luchando por la libertad de Cuba y en agradecimiento a Dios por salvar de las terribles cárceles cubanas a los brigadistas que estuvimos dos años presos.

El presidente de la Asociación de Veteranos de Bahía de Cochinos, Máximo Cruz, le presentó un diploma de reconocimiento a la hija del abogado James B. Donovan, Mary Ellen Donovan-Fuller. Donovan fue designado por el gobierno de los Estados Unidos para negociar el canje de combatientes de Playa Girón. Una foto de James B. Donovan fue colocada en la pared del Museo.

Esteban Bovo Caras, piloto de la aviación de la brigada y miembro de la actual directiva, dio la bienvenida. Habló de los cuatro pilotos norteamericanos que desobedeciendo las órdenes del gobierno de esta nación volaron en dos aviones de combate B-26 el 19 de abril de 1961 en un ataque suicida sobre Bahía de Cochinos para ayudar a los combatientes de la brigada que luchaban contra unos 60,000 soldados de la tiranía castrista. Uno de estos aviones fue destruido en el aire por la aviación castrista que tenía entre otros aviones unos jets T-33 y aviones Sea Fury. El otro B-26 fue derrumbado e hizo un aterrizaje forzoso en tierra. Los dos pilotos norteamericanos sobrevivieron y fueron cruelmente asesinados por los soldados de la tiranía.

Yo fui parte de la invasión de la Brigada de Asalto 2506 por Bahía de Cochinos que se efectuó el 17 de abril de 1961. En ella también participaron mi hermano Jorge y mi primo hermano Osvaldo de Varona. También estaban en la brigada mis primos lejanos José Raúl (Yayo) de Varona; Carlos de Varona, hijo del ex primer ministro y senador de la Cuba republicana Manuel Antonio de Varona; y el hermano de Tony Varona, Roberto, y su hijo Robertico. Yo tenía 17 años y pertenecía al quinto batallón de la brigada que iba a bordo del barco Houston, un barco de carga tipo Liberty construido durante la Segunda Guerra Mundial. Este barco fue atacado repetidamente por los aviones castristas B-26, jets T-33 y Sea Fury.

A media mañana del 17 de abril un cohete de un Sea Fury penetró a nuestro barco y éste comenzó a hundirse. El capitán del Houston, Luis Morse, lo encalló a una milla de la costa. Tuve que nadar más de una milla en un mar infestado por tiburones y estuve a punto de ahogarme. Nuestro batallón de 160 soldados tuvo 28 muertos esa triste mañana, los cuales se ahogaron, fueron devorados por tiburones o muertos por disparos de balas de aviones de combate de la tiranía.

Seis días después fui capturado prisionero cuando estaba casi muerto ya que no había comido ni bebido agua alguna. Ya no podía hablar porque la resequedad en la garganta me lo impedía y tenía la lengua hinchada. Los soldados me ofrecieron agua y mientras más tomaba, más sed tenía. El agua me sabía a vinagre. No acepté comida alguna y no comí hasta la noche del siguiente día.

Los soldados  nos trasladaron en un barco al otro lado de la bahía y fuimos encerrados en una casita en Playa Girón. Esa noche nos visitó el asesino en serie Che Guevara que observó detenidamente a nuestro grupo de prisioneros. Como yo era el más joven se acercó a mí y me preguntó cuantas caballerías tenía mi padre. Una caballería era equivalente a 33 acres. Le contesté que tenía 100 caballerías y él me dijo “Entonces tú viniste a recuperar las fincas que la revolución le quitó a tu padre”. Le contesté “No, hubiera venido yo o no, si hubiéramos triunfado se la hubieran devuelto porque no se las robó a nadie”. El Che me dijo “Se las robó al sudor de los campesinos”, a lo que le respondí “Esa es la teoría marxista que yo no comparto”. Le dije al Che que la razón que había venido a pelear era porque ellos habían violado la Constitución de 1940 y cuando nuestra Constitución es violada el deber y el derecho del pueblo es de levantarse en armas para restablecerla.

El Che me preguntó cómo nos habían tratado y le respondí “Muy mal, nos robaron el dinero, relojes y nos quitaron las botas”. A lo que me respondió “Esas cosas le hacen falta a la revolución”. Me quejé que también nos habían confiscados los artículos religiosas que llevábamos. Entonces el Che les dijo a sus hombres “Devuélvanle a los prisioneros todos los artículos religiosos porque eso no le hace falta a la revolución”. Así recuperé mi rosario, medallitas y pequeña estatua de la Virgen María. Cuando el Che estuvo a cargo de la prisión la Cabaña a principio de 1959 fusiló a unos 2000 patriotas y frecuentemente les disparó el tiro final. También abrió una ventana en su oficina para poder disfrutar de los fusilamientos que incluyeron a niños.

Dos valientes brigadistas que trabajaban para la CIA, Gustavo Villoldo y Félix Ismael Rodríguez Mendegutía, ayudaron al ejército de Bolivia a capturar a Che Guevara cuando éste invadió ese país con un grupo de cubanos en 1968. Allí el Che rogó que no lo fusilaran. El presidente de Bolivia René Barrientos ordenó su fusilamiento.

Junto con otros prisioneros fui llevado al Palacio de los Deportes en La Habana. Tuve la gran suerte de no ser montado en la llamada “rastra de la muerte”. El 22 de abril de 1961 el capitán del ejército rebelde, Osmany Cienfuegos, en un acto de enorme crueldad, ordenó a unos 150 brigadistas a subir en una rastra sin ventilación. Máximo Cruz, quien estaba herido, le dijo a Cienfuegos “Capitán en esa rastra todos nos vamos a morir asfixiados”. Cienfuegos le respondió, “esa es la idea para ahorrarnos las balas que usaríamos para fusilarlos a todos cuando lleguen a La Habana, queremos que todos mueran en la rastra”. Cerraron herméticamente la rastra. Por suerte, algunos brigadistas pudieron abrir pequeños huecos en la pared de la rastra raspándola con sus cinturones. El calor fue increíble y muchos se desmayaron. Al llegar a La Habana nueve brigadistas habían muerto asfixiados. Otro brigadista murió después de llegar.

Este terrible crimen ha quedado impune. Cienfuegos tiene que ser ajusticiado como criminal de guerra por este terrible crimen. Desafortunadamente, ni este espantoso crimen, ni el terrible maltrato y torturas que sufrieron los prisioneros de guerra de la brigada en violación del tratado de Ginebra fueron denunciados por ningún gobierno del mundo.

Durante más de 20 días los  brigadistas fuimos interrogados por miembros de la Seguridad del Estado en el Palacio de los Deportes. Pasamos casi todos los días y las noches sentados en unos asientos duros en este lugar y solamente nos permitieron dormir en el piso sucio por unas tres o cuatro horas. Durante esos días el periódico comunista Hoy publicó un reportaje donde un grupo de brigadistas, entre los que se encontraban mi hermano y yo, aparecían en fotos de frente y de perfil como presidiarios. Abajo de nuestras fotos aparecía el nombre de mi hermano y mío y explicaba que éramos los hijos del ganadero Jorge Luis de Varona, quien poseía una finca de 100 caballerías y vivía en la calle Cornelio Porro número 109, reparto Garrido en Camagüey. El titular pedía que se denunciase cualquier fechoría cometida por estos “mercenarios” y daba un número de teléfono para reportarlas.

El 13 de mayo de 1961 los brigadistas fuimos trasladados al Hospital Naval, el cual acababa de ser construido, para así evitar la congregación de familiares alrededor del Palacio de los Deportes. Ésta fue la única prisión decente en la que tuvimos durante los dos largos años de presidio que sufrimos. Cinco días después el dictador de Cuba Fidel Castro anunció en un discurso que él quería negociar la salida de los combatientes de Playa Girón con el gobierno norteamericano. Castro dijo que cambiaría a los prisioneros por 500 tractores Caterpillar D-8 bulldozers. Ese mismo día Castro se reunió con el comandante de la brigada José Pérez San Román y le pidió que la brigada escogiera una Comisión de 10 prisioneros y que volaran a los Estados Unidos para comenzar las negociaciones.

Los brigadistas elegimos a 10 personas que partieron hacia los Estados Unidos el 22 de mayo de 1961. Dos días después se creó en esta nación un comité llamado Tractors for Freedom Commitee que estaba formado por  Eleanor  Roosevelt, viuda del presidente Franklin Delano Roosevelt; Milton Eisenhower, hermano del presidente Dwight D. Eisenhower; y  Walter Reuter, presidente del sindicato United Auto Workers. Al enterarme de esta buena noticia me puse muy contento ya que conocía quiénes eran estas tres importantes personas y pensé que pronto estaríamos de regreso en Miami. El 28 de mayo de 1961 los 10 brigadistas regresaron a Cuba y se unieron a los prisioneros en el Hospital Naval.

Este comité le comunicó a Fidel Castro que cambiarían los prisioneros por 450 tractores pequeños y 50 tractores Caterpillar a un costo de 20 millones de dólares. Castro rehusó esta oferta e insistió en los 500 tractores Caterpillar que había demandado previamente. Estos tractores costaban aproximadamente 28 millones de dólares.

Desgraciadamente las negociaciones fracasaron. El 24 de junio de 1961 el comité estadounidense anunció a la prensa que había cesado de existir. Al día siguiente se formó un comité llamado Cuban Families Committee compuesto por Álvaro Sánchez, Virginia Betancourt, Ernesto Freyre, Enrique Llaca y otros familiares de brigadistas. Ese mismo día Castro permitió a la misma delegación de 10 prisioneros que regresara a los Estados Unidos a continuar las negociaciones.

Al ver que no había progreso en las negociaciones del canje, el tirano de Cuba Fidel Castro ordenó que los brigadistas fuéramos trasladados el 7 de julio de 1961 al Castillo del Príncipe, una fortaleza construida por España en el siglo XVIII para la defensa de La Habana, la cual se había convertido en una de las prisiones más terribles de Cuba. Al día siguiente cumplí 18 años y caí con un grupo de alrededor 400 brigadistas en las Leoneras de esa prisión. Las llamadas Leoneras estaban en el sótano de esta prisión y la mayoría del tiempo había allí oscuridad. A eso de las tres de la tarde entraban unos rayitos del sol por unas ventanas con barrotes que estaban a unos 20 pies de altura. El inodoro era un hueco en el piso y dormíamos todos en el piso sucio de ese lugar. La comida que nos daban era mucho peor que la que recibimos en el Hospital Naval.

Después de haber estado unos dos meses en las Leoneras, a mi hermano Jorge y a mí nos trasladaron junto con los otros brigadistas a una parte de la prisión que llamaban el Sanatorio, donde habían alojado a presos con tuberculosis. Allí también dormíamos en el frío suelo. Por primera vez tuvimos un patio con sol. Al poco tiempo se rompieron las tuberías y el lugar se inundó de excremento.

El 31 de julio de 1961 ocho de los prisioneros de guerra, junto con Álvaro Sánchez y Ernesto Freyre, regresaron a La Habana. Dos de los prisioneros de guerra de la brigada, Reinaldo Pico y Mirto Collazo, rehusaron regresar a Cuba y con gran valentía Sánchez y Freyre se ofrecieron a sustituirlos en la cárcel.

El 8 de septiembre de 1961 cinco brigadistas fueron condenados a muerte y fusilados y otros nueve fueron condenados a 30 años de prisión. Estos brigadistas habían sido acusados de crímenes durante la era de Fulgencio Batista. Esta noticia nos apenó a todos y rezamos por ellos.

En el Castillo del Príncipe bebíamos agua contaminada que tenía ratones muertos y muchos como yo nos enfermamos de disentería. Por más de un mes fui al baño unas 30 veces al día. Después me enfermé de hepatitis y fui trasladado con otros enfermos de hepatitis a la enfermería de la prisión, donde se encontraban todos los brigadistas que habían sido heridos en la guerra.

La noticia de la epidemia de hepatitis y que yo sufría esa enfermedad llegó a Miami. Mis padres, quienes eran refugiados pobres, y las familias de otros brigadistas enfermos compraron glucosa y gammaglobulina en las farmacias de Miami y las enviaron al Castillo del Príncipe. Desgraciadamente todas estas medicinas fueron confiscadas por el gobierno de Cuba.

En el Castillo del Príncipe cada dos meses recibíamos visitas de nuestros familiares en los fosos de esta prisión. A mi hermano Jorge y a mí nos visitaba nuestra anciana abuela, Nena León de Cubría, a la que llamábamos cariñosamente Mama Nena, quien venía desde Camagüey, y una tía, Alicia de Varona, que vivía en La Habana. Las milicianas las desnudaban completamente, al igual que a otras mujeres familiares de brigadistas, y las obligaban a que abrieran las piernas para humillarlas. Las milicianas frecuentemente les decían obscenidades a las novias y mujeres jóvenes de brigadistas. De esto nos enteramos cuando ya estábamos en libertad ya que ellas nunca se quejaron. Nos traían unas pequeñas bolsas (javas) con comida y algunos libros. Los soldados se robaban del 50% al 75% de esta comida y frecuentemente botaban los libros. A pesar de esto leí cientos de libros que me prestaron brigadistas durante los dos años de prisión y por el resto de mi vida he continuado leyendo diariamente libros, periódicos y revistas.

El día de la visita de familiares cientos de soldados se situaban a derecha e izquierda a lo largo del medio kilómetro de distancia entre el lugar donde estábamos encarcelados y el área de visita en los fosos de la prisión. Teníamos que ir corriendo rápidamente para evitar los golpes que nos daban los soldados con las culatas de sus rifles y al regresar teníamos que hacer lo mismo para evitar ser golpeados.

A medida que pasaba el tiempo la comida se deterioraba, era escasa y de pésima calidad. El 31 de diciembre de 1961 un brigadista llamado Jorge Vega, quien se había vuelto loco, se cortó las venas del brazo con la punta de un crucifijo. Los milicianos trajeron a Jorge agonizando en una camilla llena de sangre. A las tres de la mañana del 1 de enero de 1962 me despertó el médico de la enfermería para que le aguantara el brazo a Jorge Vega mientras él le daba puntos sin anestesia.

Me encontraba en ese momento con unos 20 enfermos de hepatitis y con los heridos de guerra de la brigada en la enfermería de esa prisión. Algunos de estos heridos habían perdido brazos y piernas y otros se recuperaban de serias heridas de bala. Unos días después Jorge Vega usó su cinturón para tratar de ahorcarse en la ducha de la enfermería pero logramos impedir que lo hiciera. Nosotros, aunque estábamos enfermos y heridos, teníamos que hacer guardia 24 horas al día siete días a la semana para evitar que Jorge se suicidara. Al salir de la cárcel Jorge trató de suicidarse varias veces en Miami hasta que lo logró. Otro brigadista, Carlos Allen, quien había perdido su brazo en la guerra, se suicidó en Miami. Varios brigadistas sufrieron serios problemas psiquiátricos por el resto de sus vidas como resultado de los abusos y torturas sufridos en la prisión.

Un brigadista enfermo de hepatitis llamado Borrás se enfermó gravemente. Rogamos a las autoridades que se lo llevaran a un hospital para salvarle la vida. Esto le fue negado. Entonces nosotros amenazamos con declararnos en huelga de hambre y sólo así logramos que lo llevaran a un hospital donde murió poco después.

El 29 de marzo de 1962, después de estar preso por un año, a los 1179 brigadistas nos llevaron a un juicio. El juicio fue presidido por cinco comandantes de Cuba. Todos los brigadistas, a excepción de dos, rehusamos testificar ya que considerábamos que a los prisioneros de guerra bajo el tratado de Ginebra no se les podía llevar a un juicio. El gobierno tiránico de Cuba siempre nos consideró simplemente mercenarios y nunca prisioneros de guerra. El juicio concluyó el 1 de abril y el 7 de abril nos sentenciaron a 30 años de cárcel con trabajo forzado.

La sentencia contemplaba un rescate de dinero como en la época de los piratas. A Manolo Artime, miembro del Frente Revolucionario Democrático (futuro gobierno de Cuba de haber triunfado); José San Román, comandante en jefe de la brigada; y Erneido Oliva, segundo al mando de la brigada se le impuso un rescate de $500,000 por cada uno. A 214 brigadistas se le impuso un rescate de $100,000 por persona. En este grupo estaban los que habían sido ricos o sus padres eran ricos en Cuba, como mi hermano Jorge y yo, y todos los oficiales de la brigada. A otro grupo que le llamaron clase media se le impuso $50,000 y a la clase trabajadora, a la que ellos llamaron lumpen proletario, $25,000. El monto total de todos los prisioneros de guerra era $62, 500,000. Cuando me impusieron la sentencia pensé que tendría que servir los 30 años de prisión ya que mi padre era pobre entonces al haberle sido confiscadas todas sus propiedades. No pensaba que los norteamericanos pagarían esa enorme cantidad de dinero ya que no habían querido cambiarnos por tractores valorados en $28,000,000 un año antes.

Sin haberme curado de hepatitis me trasladaron junto con mi hermano a la Prisión Modelo de Isla de Pinos después de juzgarnos. En esta prisión las condiciones de vida y la comida fueron aún peores. Nos pusieron, violando todos los artículos del trato de prisioneros de guerra de la Convención de Ginebra, en un pequeño cuarto llamado el Pabellón Dos, el cual tenía capacidad para 40 personas solamente. Éramos 214 prisioneros en ese pequeño cuarto del grupo de $100,000 de rescate. El resto de la brigada continuó en el Castillo del Príncipe.

Cuando los 214 prisioneros nos acostábamos a dormir en el piso raso de ese pequeño cuarto sin colchones, sábanas o frazadas parecíamos sardinas en lata ya que no había un metro cuadrado de espacio libre. Allí vivimos como animales por siete meses. Durante ese tiempo estuvimos aislados por completo sin cartas ni visitas de familiares. Nos mataron de hambre dándonos comida podrida y muy escasa. Los mosquitos nos picaban de día y de noche y el calor era insoportable en el verano. En el invierno nos moríamos de frío. Existían dos inodoros y dos duchas que echaban agua solamente por unos minutos al día. Cuando íbamos a usar el inodoro teníamos que hacer una larga fila de espera. Juré que si algún día fuera libre y tuviera dinero tendría una casa con muchos inodoros. Hoy en día vivo con mi esposa Haydee en una casa grande que tiene cuatro inodoros. Cuando nos abrían el agua de las dos duchas todos corríamos a mojarnos con el agua pero 2/3 no llegábamos a tiempo ya que nos cortaban el agua para impedir que todos pudiéramos bañarnos.

A pesar que había un patio interior al aire libre, nunca se nos permitió usarlo. No teníamos lo más esencial para una vida civilizada, como papel higiénico, pasta dental o jabón, y por supuesto no teníamos atención médica o dental ni medicinas. Ocasionalmente algún brigadista que no podía aguantar más esta vida tan inhumana se dirigía a la puerta de entrada y agarrando los barrotes gritaba insultos a Fidel Castro y pedía que lo mataran. Otros brigadistas trataban de calmarlo.

La comida que nos servían era tan asquerosa que yo simplemente no podía tragarla, a pesar del hambre que sentía 24 horas al día. Las borras de café con agua sucia que servían de desayuno venían en un tanque sucio con los macarrones de días anteriores pegados a los lados. La falta de higiene era espantosa. Frecuentemente le echaban a la comida una sustancia que nosotros llamábamos Jalapa que provocaba diarrea instantánea a los 214 prisioneros. Por la falta de higiene todos sufríamos de parásitos intestinales y estábamos cubierto de hongos y otras enfermedades de la piel por diferente partes del cuerpo, especialmente en las partes genitales.

A veces nos despertaban por la madrugada y nos obligaban a desnudarnos y pararnos contra la pared con las piernas abiertas. Estas inspecciones se llamaban requisas y algunos brigadistas recibíamos golpes y bayonetazos. De noche oíamos frecuentemente los gritos de otros presos políticos que recibían palizas y a veces tiros de ametralladoras. Estamos conscientes que podíamos ser fusilados en cualquier momento. También sufrimos mucho porque pensábamos que nos pudriríamos en la prisión. De haber sabido que estaríamos dos años presos nos hubiéramos sentido mejor. No hay nada peor que la incertidumbre en que nos encontrábamos.

Las condiciones inhumanas e inaguantables que sufríamos los brigadistas y los 5000 prisioneros políticos encarcelados en las llamadas circulares provocaron que todos nos declaráramos en huelga de hambre en septiembre de 1962. Entonces nos cortaron el agua inmediatamente. Después de tres días tuvimos que suspender la huelga debido al número de brigadistas y otros prisioneros que estaban inconscientes o a punto de morir. En el mundo libre nadie se enteró que más de 5000 prisioneros no ingirieron ni agua ni comida durante tres días.

Durante la Crisis de los Cohetes de octubre de 1962, donde los Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron a punto de una guerra nuclear, nos informaron que habían puesto dinamita en la base de nuestro edificio. Nos dijeron que cuando los norteamericanos invadieran a Cuba nos volarían y a los que sobreviviéramos la explosión nos ametrallarían.

A pesar de las estas terribles circunstancias en el Castillo del Príncipe y en Isla de Pinos recibí clases de religión del padre Tomás Macho y de contabilidad y matemáticas. José Andreu me dio clases de francés y alemán y de historia universal. Para olvidarme de donde estaba me pasaba casi todo el día y la noche leyendo libros. Todas las noches rezábamos un rosario y la oración de los casos desesperados al apóstol San Judas Tadeo. Nuestras oraciones fueron escuchadas por Dios Nuestro Señor.

Un día nos informaron que todos seríamos liberados al día siguiente. Extrañamente todo el mundo permaneció en silencio como si no hubiéramos oído o entendido lo que nos habían informado. Increíblemente el gobierno de los Estados Unidos pagó el rescate con dinero, comida de niños y medicinas de todos los brigadistas presos, excepto por un pequeño grupo de nueve brigadistas que fueron acusados de otros crímenes y tuvieron que permanecer en prisión algunos hasta casi 30 años. Desgraciadamente otros brigadistas presos antes de la invasión que pertenecían a los teams de infiltración de la brigada y que habían sido capturados no fueron incluidos en el canje. Entre este grupo  se encontraban Jorge Gutiérrez Izaguirre y Emilio Martínez y con otros brigadistas sufrieron largos años de prisión.

Los 214 prisioneros de Isla de Pinos fuimos trasladados a la base aérea de San Antonio de los Baños. Mi hermano y yo, junto al abogado James Donovan, los funcionarios de inmigración y miembros del Comité de Familiares salimos en el último avión que llegó a la base aérea de Homestead el 25 de diciembre de 1962 a las 11 de la noche.

Nos dieron un uniforme de la fuerza aérea estadounidense y nos transportaron al auditorio Dinner Key donde ansiosamente nos esperaban nuestros familiares. Había perdido 60 libras de peso en la prisión y pesaba 120 libras al abrazar a mis padres y a mi hermana Normita. No sentí emoción al verlos ya que para sobrevivir la dura prisión me había endurecido internamente. Poco a poco recuperé las emociones y aumenté rápidamente de peso. Se dice que el que pasa mucha hambre en su vida nunca más se llena al comer. Quizás por eso toda mi vida he estado luchando con poco éxito para no engordar. Me llevó muchos años recuperarme de los maltratos, vejaciones y torturas de las inhumanas prisiones de Cuba. Desde que alcancé la libertad he sufrido de insomnio crónico.

El 29 de diciembre de 1962 el presidente John F. Kennedy, quien fue el mayor responsable por la negligencia criminal de lanzarnos a pelear sin apoyo naval y aéreo, se reunió con los miembros de la Brigada de Asalto 2506 en el Orange Bowl de Miami. A pesar de eso lo aplaudimos. Cuando le dimos la bandera de la brigada, el presidente nos prometió que nos la devolvería en una Habana libre. Su esposa Jacqueline Kennedy nos habló en español y nos dijo que ella “quería que cuando su hijo creciera fuera la mitad de lo valiente que nosotros habíamos sido”.

Desgraciadamente la bandera de la brigada se encuentra en nuestro museo de Miami y Cuba no es libre. Los brigadistas que todavía vivimos, algunos en sillas de rueda, con andadores y bastones y con muchos años, continuamos luchando para que algún día nuestra patria sea libre y soberana. Sé que algún día la patria de José Martí alcanzará su libertad.

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