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Sobrevivientes

Enviado por en diciembre 9, 2012 – 23:36 pm

Armando de Armas

Era una pareja de sobrevivientes. Había sobrevivido durante los primeros tiempos de la relación a las presiones de la Seguridad del Estado en la isla para que los padres de Ella la obligaran a romper con ese antisocial; a los chismes de la gente que le aseguraba ese tipo no le convenía por su afición a las mujeres, el alcohol, la pendencia y la tortilla; a los mismos cuadros de tortilla cuando Él le comió el cerebro hasta el punto de acoplarla en despelote con la primera puta linda que apareciera; a un herpes genital simple que Él padecía como penitencia, suponía, por los excesos en la entrepierna y como recordatorio en llagas, decía filosófico, de que a una dosis de placer correspondía una de dolor en el negociado de la existencia; a la persecución policial; a los tiros; al mar; a las depresiones y al carácter a veces ácido de ella; a la violencia contenida de Él; a las discusiones tontas; al exilio; al desarraigo; a la adaptación a una lengua y cultura ajenas; a la resistencia de Él para no adaptarse a esa lengua y cultura; a las exigencias de Ella para que adquiriera al menos unos usos y costumbres mínimos que permitieran el avance; a la entrega de Él a una obra literaria que lo absorbía y por la que en Cuba sólo pudo aspirar al premio de la cárcel y en el exterior al premio de la indiferencia; a los enredos conspirativos de Él en parafernalia de logias anticomunistas; a los naufragios e intentos de desembarco en las costas de la más fermosa; a la falta de tiempo de Él por andar enfrascado en lo que llamaba grandes proyectos; a los sueños truncos o dilatados; a la sicótica superstición de Él que se daba a interpretar la realidad en clave de símbolos providenciales; a las deudas en tarjetas de crédito con intereses leoninos; a la pérdida del crédito; a una economía de subsistencia; a períodos en que casi ni se veían porque Él laboraba durante las noches y regresaba a casa de su trabajo cuando Ella partía para el suyo; a diez años de vida en común; a la rutina; al trópico; a una ciudad chata y desparramada en una planicie donde la vida se iba a velocidades de espanto sobre una intrincada red de autopistas; a viviendas como cajas refrigeradas; a la fantasía de que algún día vivirían y morirían en París con aguacero; a la sorpresa de amanecer un día en sus calles y comprobar que el París al que cantaron César Vallejo, Anaïs Nin y Henry Miller ya no existía, si es que alguna vez existió; a las llamadas con proposiciones de seguros de vida y confortables sepulturas en cementerios católicos; a la intercepción del teléfono desde la base espía de Lourdes en Bejucal, según el FBI; a los celulares, la celulitis, la internet, la computadora y la televisión mexicana; al acecho en manada de las Testigos de Jehová que los sábados y domingos tocaban en la puerta al amanecer prometiendo el paraíso; a su respuesta al abrir desnudo y con la pinga tiesa mientras las sayas largas huían, ¡mirando hacía atrás!, y haciendo el signo del detente; pero, sobre todo; era una pareja que había sobrevivido a la familia, a la del uno y a la del otro, y a la que ambos habían constituido juntos.

Aguardaban expectantes (Ella lúbrica y Él artillado) hasta que el último habitante de la casa se durmiera para entonces meter manos a la obra; claro que muchas veces terminaban ellos mismos dormidos para despertar al otro día con una sensación de vacío y frustración y desgano y ansiedad manifiestos en una manera de relacionarse, ¡si es que aquello era relacionarse!, que discurría por los desfiladeros de la inercia, por unos silencios extendidos y como de capas superpuestas, o monólogos inextricables, interjecciones, ironías, irritaciones, miradas y respuestas cortantes; un cóctel molotov que a veces estallaba en cóleras y discusiones. Ella más ácida que nunca y Él con un dolor innombrable en los cojones hinchados, un dolor desparramándosele primero en los riñones, o sabe Dios, y subiéndole después con impiedad por la espina dorsal.
 
Aquella noche habían vencido al sueño y a la familia, o más bien el sueño había vencido a la familia antes que a ellos. Él permanecía en la cama; hacía rato que aguardaba, desnudo, bocarriba y con la pinga enhiesta; desafiante ante las ráfagas puntuales del aire acondicionado en 75. Comenzaba ya a divagar, entraba reticente en el estadio de la semivigilia, se esforzaba para no irse por los vericuetos del sueño, por no despeñarse pataleando por aquel túnel de oscuridad insondable de camino a la nada.
 
En esas estaba cuando Ella entró en la habitación el pelo suelto sobre los hombros tallados en un mármol salpicado de pecas, chorreando el agua, envuelta en una toalla verde y una sonrisa triunfal. Ella se quitó la túnica improvisada y Él regresó a la semipenumbra del cuarto. Ella se le subió encima y comenzó a chupársela con esmero, la cabeza en un sube y baja de movimientos cortos y precisos; como si bailase a ritmo de un rock duro ejecutado en una lejana planicie. La cabellera en ondas suaves y alborotadas caía escurriendo el agua sobre los muslos, la pelvis y los cojones del caballero; un olor a jabón, a jazmines; un cosquilleo, un contraste entre el agua fría y la carne caliente; resuellos, la cama sin grasa que chilla como una rana devorada por un jubo. Él sonreía, sentía ahora que la rana invertía los roles y devoraba, se atragantaba con el jubo.
 
La atrabancó por las ancas y la atrajo sobre su cara, la barba áspera de tres días como a la dama le gustaba. Comenzó a mamarle el asterisco mientras le pajeaba la crica estrecha con el dedo gordo. El batracio daba unos resoplidos gruesos, salivaba sobre el jubo que devoraba. El caballero se erizaba por debajo de la armadura en espasmos eléctricos en sintonía con el aire caliente exhalado en sus cojones; pensaba, un antiguo artesano en el Bajo Egipto soplando sobre su fragua. Después, repentinamente, Ella se desconectó del lengüeteo y se tendió encima de Él. Se abrazaron y besaron más allá del tiempo; con una ternura insospechada.
 
Saltaron de la cama. Con el impacto la lámpara de un azul tenue configurada en un globo terráqueo, colocada en la cima del librero, estuvo a punto de reventarse contra el piso. Afuera ladró el perro de la vecina. Ella se inclinó estupenda sobre el borde de la cama, Él se partió por el centro hacía atrás y le entró desde bien abajo por la crica como de niña en sus 15 años. Entonces inició el azote en la grupa compacta, como el resto de sus carnes a pesar de dos embarazos seguidos, de dos cesáreas seguidas; a pesar de todo. En las nalgas blancas le surgieron dos ramalazos encarnados; dos dragones enardecidos. Ella emitía unos sonidos guturales, ahogados contra una almohada trabajada en motivos de la novelística bucólico pastoril; una cabra y un cayado desaparecían a medias en el abismo de su boca.
 
Él, ¡que era un patón de primera!, bailaba descoyuntado tras el fambeco. Endemoniado, poseído por el toque de los tambores en una playa de salvajes que aúllan con ferocidad en torno a hogueras encendidas. Seguía en el desenfreno de su danza cuando el cuarto se escoró, como un galeón en la punta de la marejada; o al menos así lo percibió. Hubo un remolino que nacía justo en la grupa de Ella; vio sus nalgas moviéndose en círculo a velocidad de vértigo, difuminándose, entrelazándose y mezclándose con unas nalgas de mulatas y éstas con las ancas de unas yeguas que se encabritaban, remolineaban, desbocaban, espumareaban, se abrían, meaban y pedorreaban (o creyó que pedorreaban); sobre las yeguas los bandidos de miradas fulgurantes en la faena de subir a las mulatas… Un lapsus, una pervivencia en la mente de una olvidada clase de Historia del Arte; pensó…
 
Entonces todo fue nítido. Apareció una montura de piel repujada y enseguida el tropel de la caballería; porque no sólo la veía, sino que la sentía, una carga o vaya usted a saber qué; y flotando sobre la caballería la imagen de un joven oficial ataviado con sombrero y guerrera blanca; en el sombrero una estrella de oro sobre el ala recogida en la frente. Su parte consciente aseguró que se trataba de Maceo; fue sólo una impresión fugaz, una engañifa más de la lógica y el intelecto, pues veía con inusitada claridad que el oficial tenía un rostro tan pálido como la guerrera misma y unos ojos azul marino.
 
El apuesto oficial mambí se le presentaba a manera de una fotografía de la cintura hacia arriba, adecuada para figurar en uno de esos marcos a manera de medallones, muy por encima de la caballería, pero formando parte del mismo encuadre. No podía decir que aquello fuese una escena mental, la veía transcurrir desde atrás de su mujer, en un probable espacio entre ellos y el espejo que tenían al frente y al otro lado de la cama, a una altura que estaría sobre sus cabezas.
 
Él se arqueó más hacia atrás, agarrado a las caderas todavía estrechas, para facilitar el incremento del ritmo y de la fuerza en la acometida del cuerpo sobre el pistón; del pistón sobre el húmedo fruto del papayo. En ese instante oyó, o creyó oír, la voz que le llegaba, casi cálida, desde un impreciso lugar: ¡eso… eso… así… eso… como antes… en el… campamento… duro… rómpeme el corojo… como en las noches… del campamento!…
 
Yacían uno al lado del otro, vaciados, exhaustos y empapados en sudor; a pesar del aire acondicionado en 75. Él le preguntaba con el tono menos alarmante que encontró acerca de ciertas palabras que pensaba Ella había dicho en su punto de ebullición. Ella; qué palabras, qué dije, no dije nada, no hablé. Él; bueno, dijiste, tal vez no te diste cuenta, la locura, qué sé yo, pero dijiste, algo, raro tal vez. Ella; ¡pero cómo voy a decir nada!, si tenía la almohada en la boca, si mordía la almohada para no gritar, ¡como siempre!, para no despertar el familión.
 
Le contó entonces lo que acababa de ver como si se tratase de una película, y lo realmente inquietante, la voz, lo que oyó, o creyó oír, sobre el sexo en las noches del campamento mambí. Ella se sentó en la cama de un salto, de un susto, y le interrogó con apremio en las palabras; ¡cómo supiste, dime, cómo supiste! Él; ¡qué supe, qué es lo que supe! Ella; eso, que yo he tenido la idea, el capricho, el convencimiento casi de haber vivido una existencia anterior junto a ti, es más, ¡cómo supiste que fue durante la guerra contra España si nunca he hablado a nadie del tema!
 
Él argumentaba, tartamudeaba, intentaba explicar que lo visto no era una mujer, sino un hombre en toda la indumentaria de la leyenda y la realidad de un oficial mambí, joven y bello, ¡pero hombre! Ella contuvo la risa en la almohada, le miró en la semipenumbra con una mezcla de asombro y picardía, y en un tono neutro y emocionado a un tiempo dijo que justo eso presentía que había sido, ¡un hombre!, y que Él, ¡hombre también!, un ejemplar curtido, algo mayor, un alto jefe de la guerra tal vez, le poseía sin pudor en el campamento insurrecto después del día azaroso a la búsqueda o la huida del enemigo español.
 
Uno de los niños llamó de entre los espasmos del sueño; lloraba pidiendo la leche. Ella se tiró desnuda de la cama; la lámpara de un azul tenue configurada en un globo terráqueo cayó desde lo alto en el librero, se reventó contra el piso en un aspaviento de meridianos, paralelos, lagos, ríos, desiertos, valles, selvas, montañas, ciudades, naciones, mares, océanos, islas y continentes de cristal roto, en un desencuentro, en una dispersión de los fragmentos del orden en la esfera antes contenido; el niño comenzó a gritar, las luces de la casa se encendieron, el perro de la vecina aulló largo y arrastró la cadena sobre un cementerio de latas en el pasillo. Él tuvo frío, se sintió viejo e intentó dormirse.
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