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Mario Marcel a las puertas del cielo

Enviado por en diciembre 2, 2012 – 23:39 pm

Armando de Armas

Llevaba mil años matándose. No era una cadena de suicidios en el tiempo; mejor, nada que ver con la cadena de hogueras que anunciara al verdugo Giordano Bruno; al menos eso creo. Me llamaba a cada rato con el mismo cuento, había decidido matarse, la vida era una mierda y esta vez sí iba en serio; jeremiqueaba un poco del otro lado de la línea, sollozaba, se sonaba los mocos, y hacía un silencio embarazoso, como si pidiera perdón por su dolor o como si intentara hacerte sentir culpable por su dolor. Entonces yo le aplicaba terapia antisuicidio, la que en mi escaso trato con potenciales suicidas había mostrado ser infalible; hasta que apareció él.

Un día me habló por teléfono una voz grave, pero aniñada, o que aparentaba ser grave por aniñada, y dijo en tono declamatorio: ¡soy el escritor Mario Marcel, amigo de Arturo y de Marcial!; le pregunté por joder qué Arturo y qué Marcial, y contestó hecho un ovillo en la línea: sus amigos de Cienfuegos… ¡los escritores…! Yo no tengo amigos pencos, escritores tal vez sean, pero no amigos, bueno, tal vez también sean amigos; ¡y a ti qué te pasa! No yo… acabo de llegar al exilio y ellos vaya… dijeron podía contar con usted.

Me le aparecí una tarde a la iglesia donde lo habían acogido en Kendall. Llegué en el Imtrepid de cristales oscuros atestado con un cargamento de camisas Lee; le regalé cuatro y le dije que efectivamente podía contar conmigo para lo que fuera. Él se asustó un poco; o se impresionó. Yo en aquel auto negro, las Ray Bam negras, la gruesa cadena de oro con Santa Bárbara bailándome en el pecho, destellos al sol de Miami, y para colmo el cargamento de camisas; debí representarle el personaje exacto de la leyenda que sobre mí corría en Cienfuegos, reafirmarle mi aura de contrabandista, de fuera ley con suerte, alimentada por mí, es cierto, pero también por el hecho de haberme fugado espectacularmente una vez de la cárcel, y después más espectacularmente aún de la isla. Ese proceder me daba categoría de héroe; como si huir fuese una heroicidad. En un país de víctimas y derrotados a la gente le gusta fomentar la historia de tipos elegidos y triunfadores, y uno llega a creerse la historia, y la agranda; para alimentar el ego y olvidar que uno es una víctima y un derrotado más.

El ego y sus compensaciones son un problema, ahora mismo si no me contengo acabo escribiendo más sobre mí que sobre Mario; un adolescente asustado (estaría en los 20), torpe como suelen ser los adolescentes, pero más, estaba especialmente marcado por la torpeza (¡estaba marcado!); a la búsqueda de protección o de algo a lo cual aferrarse, o de quien fiarse, o qué sé yo; buscaba tal vez alguien que le prestase un poco de atención, que oyera sus desvaríos, porque desvariaba; buscaba, pedía demasiado, egoísta como todo adolescente; y le aparecí yo.

Pensé no iba a llamar más; pero al otro día sonó el teléfono y era él, le gustaría conversáramos un poco, de literatura o de lo que fuera, pasará si podía por la iglesia. Le dije ese día estaba complicado, que probablemente estaría complicado toda la semana, el tiempo era de pinga en Miami; pero, en fin, vería.

Fui a verlo la próxima semana, y confiado o resignado me hizo pasar más allá del parqueo de la iglesia que era algo así como un complejo eclesial que incluía la iglesia, una escuela secundaria, una clínica, un edificio de oficinas, apartamentos estilo cabañas, y varios acres de terreno de árboles centenarios, pequeños lagos, riachuelos, fuentes y cascadas, santos y serafines. En fin, el paraíso.

Me ofreció vino apenas entrar al pequeño apartamento, en un estudiado desorden total de libros y ropas y disquetes de computadora; había comprado una botella para cuando yo viniera y podía sentarme en la cama o el piso o donde yo quisiera. Empezamos a entendernos, dije. Me contó era monaguillo (no pude evitar preguntarle si el vino que me brindaba se lo había afanado del Cáliz y contra lo que esperaba se rió como un condenado) y le pagaban $250 semanales por ayudar en las misas y hacer el boletín de la parroquia; más techo y comida. Era hijo de un prominente líder laico en la isla y su vida entera había girado en torno a la Iglesia Católica.

Cuando salió del Servicio Militar se había unido al grupo de intelectuales disidentes y de locos, ¡sobre todo de locos!, que constantemente me recordaba y contaba mis anécdotas, aseguraba, y que por eso me consideraba también su amigo; él había llegado al grupo muchos años después de yo haber escapado, y junto a ellos un poco se formó en un estilo de vida y un pensamiento fuera de la iglesia por un lado y del comunismo tropical por el otro; no conocía a mis otros amigos los chicos malos (¡te perdiste lo mejor! y sonreí sarcástico tras la copa); aunque sí a Roly el Jabalí, le habían dicho era mi panga juramentado (me asombré emplease panga y juramentado).

Media botella de vino más adelante me habló de su jeva, una Jenny o Janni o Jana o vaya usted a saber qué; estudiaba medicina y era el amor de su vida. Pensé en lo lapidarios y enfáticos que suelen ser los adolescentes; sobre todo si aspiran a poetas o algo así. Entonces me puso delante una caja de zapatos atada con una liga y atestada de fotos; y allí estaba el amor de su vida con las tetas al aire en muchísimas instantáneas, unas tetas increíbles; por lo grandes y lo lindas y lo duras que se adivinaban. Le aseguré que por chupar unas tetas así yo era capaz de invadir Cuba, se sonrojó y dijo haberla puesto a hacer tortilla con otras tan ricas como ella; bajo esas circunstancias, declaré eufórico, no sólo invadiría la isla sino la ocuparía. Después Randolfo (bastante perspicaz) me diría que la presunción orgiástica de Mario Marcel no era otra cosa que un intento desesperado por estar a mi altura.

Con los ojos enrojecidos por el vino me dedicó su libro de relatos Mario en la puerta del cielo y otros cuentos suicidas. No recuerdo qué puso en la dedicatoria, pues he perdido el libro como he perdido los poemas y cuentos, y hasta dos capítulos de una novela en que el protagonista Mandy, es decir yo, huye en calzoncillos de un enfurecido coronel de la Seguridad del Estado que lo persigue a tiro de pistola Makarov al encontrarlo singando con su mujer. Mandy escapa borracho y al saltar la cerca de la mansión del comunista se encaja los picos y culos de botella que el combatiente ha plantado en el concreto de la cerca, para proteger su propiedad de los enemigos del pueblo; y con los tendones y las palmas de las manos alanceados, convertidos en masa informe, sangroso masacote de plastilina, llega y toca a la puerta de Olaf Rufián que se encuentran en compañía de Arturo y Marcial; todos borrachos en chispa de tren que le vierten directamente de una empañada botella a la boca y a las manos, ¡en igual proporción!, para aliviar el dolor y desinfectar las heridas del vidrio. Dicen que La Puta de Harvard se ha quedado con los originales de todo eso, incluyendo poemas y relatos en inglés (yo le criticaba por escribir en inglés con el argumento de que ya es demasiado difícil hacerlo en el idioma materno, ¡pero olvidaba a Nabokov!).

Ese día me percaté de su vocación suicida; no sólo por el título del libro y su contenido, 7 excelentes relatos en los que el rockero Mario, él mismo, se suicida 7 veces de las más extravagantes maneras, en verdad 7 tratados sobre el suicidio que configurarían algo así como el manual del perfecto suicida; sino también, y sobre todo, por un cierto desentono o desencaje con la realidad, lo cual era para mí un síntoma inequívoco de inteligencia, pero sin las agallas suficientes para soltar lastre y afrontar las consecuencias.

En esa primera conversación vinácea creo que se estuvo lamentando de la soledad en aquella iglesia, del trabajo que hacía y del salario que recibía, de su deseo de valerse por sí mismo sin el tutelaje eclesial. Le contesté lo pensara bien la calle estaba dura, no fuera a pensar que todo el mundo llegaba y empezaba a ganar $250 semanales por realizar tareas que de alguna manera tenían que ver con su vocación, muchísimo menos con techo y comida y tiempo para la obra literaria; qué coño pensaba él que era el exilio.

No recuerdo la primera crisis, fueron muchas y para colmo le habían nombrado consejero espiritual de los jóvenes de la diócesis con tendencias suicidas (los curas tenían que estar ciegos para no ver que aquello era como darle la llave al ladrón, la llave del cielo o del infierno o qué sé yo), y en una de las sesiones terapéuticas había terminado por repartir a cada hijito de papá un ejemplar de su libro y al cabo de tres días uno de ellos, ¡probablemente el único que tenía hábito de lectura!, se reventó el cráneo de un disparo. El episodio, como si no tuviera bastante, acabó por aumentar la frecuencia de sus crisis.

A veces sonaba el timbre a las tres de la madrugada y era el hombre con el mismo barretín, no quedaba otra opción y le aplicaba terapia antisuicidio, se matara de una buena vez si iba a matarse, no jodiera más, ya me enteraría en los noticiarios, si es que lo ponían, o no me enteraría y al carajo. No siempre era tan drástico con él; dependía mucho de la hora, de mi humor o inclusive de la causa que el mamalón escogiese para el suicidio.

En la medida en que lo introduje en el grupo de amigos (élite literaria miamense cuyo desempeño un crítico independiente en la isla, con mucha valentía y algo de exageración, había definido como el desfiladero de los malditos) su ánimo pareció mejorar y los alardes suicidas disminuir a algún que otro episodio lacrimoso pasado por alcohol en animadas tertulias; algo que yo estaba más dispuesto a tolerar. Hice una fiesta en mi casa y todos quedaron deslumbrados con Mario Marcel y su libro.

Los huraños Louis y Abraira (matrimonio de escritores) le dedicaron sendas reseñas literarias en los dos más importantes diarios locales; mientras las cautas Hécate y Lilith (matrimonio de escritoras) lo llevaron a su programa en la televisión y le hicieron una entrevista de lujo en un horario estelar; el calculador Randolfo no se quedó atrás, lo invitó a su espacio radial y le definió como una especie de José Martí redivivo; y hasta el parco y distante Víctor (el único de nosotros que había alcanzado cierto renombre internacional) dijo de Mario que estaba dotado de excepcional talento.

Había saltado de la nada a la fama, local, pero fama. La presentación en sociedad (digámoslo de alguna manera) de Mario Marcel había resultado beneficiosa no sólo porque se dio a conocer como escritor y aumentó su autoestima; sino también porque ya no sería yo el único en recibir sus descargas en caso de que las cosas no fuesen bien y retornarse a los episodios de crisis. Mis amigos, por otro lado, tenían muchísima más propensión que yo a sentir culpabilidad y creerse redentores; Louis y Abraira, por ejemplo, llegaron inclusive a sugerir la posibilidad de adoptar al triste efebo tan solo y lejos allá entre esos espantosos curas.

Creo además que integrarlo al grupo fue positivo para arrojar alguna luz sobre ciertas zonas oscuras o a medias reveladas acerca de la corta vida de Mario Marcel. Había hechos sobre los cuales él no fue muy claro, o lo fue pero no completamente, o sí completamente pero no de una vez, sino por partes y a diferentes interlocutores; suerte de piezas sueltas de un rompecabezas que tendríamos que armar entre todos, situados ya en un después del hecho final.

Así, a mí me había contado que antes de salir de la isla cumplió prisión en la cárcel de Ariza, acusado de propaganda enemiga debido al manuscrito de un poemario incautado por la policía política y donde los suspicaces agentes creyeron encontrar metáforas alusivas a la condición demoníaca de la figura del Comandante en Jefe (el pobre Marcel tan imbuido de los dogmas de redención y caída); y agregó que en el talego se había comportado como un pingú. Me extrañó usase talego, pero luego Randolfo me ha dicho seguro se documentó sobre algunos giros idiomáticos para poder hablar conmigo en términos de duro argot.

Entonces al cotejar la historia que yo tenía de la prisión con la del resto, encuentro que la misma se mantiene invariable hasta el punto de su estadía, propiamente dicha, en el tanque; ahí las versiones variaron según los interlocutores, o no hubo versión; como ocurrió con Randolfo y Víctor a los que dijo prefería no tocar el tema más allá de la alambrada de entrada a ese otro universo que es la cárcel, con respecto a cualquier universo; pero a Hécate y Lilith contó que lo habían puesto en una celda con asesinos y sodomitas cocinados al fuego lento de una caterva de años; mientras a Louis y Abraira confesó haber sido vejado por esa especie de ratas de presidio, y lo más inquietante, había llegado a sentir una suerte de placer o satisfacción o vaya usted a saber qué al saberse degradado, fondo, culo, cristiano arrojado a los leones, y más inquietante aún, a veces tenía nostalgia de esa época en que nada se esperaba de él, excepto ser un bultito a la espera obediente de recibir las humillaciones; sublimaciones, dicen que decía, como de Cristo lavando los pies a sus discípulos.

Uno de esos cabos sueltos en el entretejido de su vida (que situados en el después y entre todos pudimos más o menos atar, más o menos dilucidar) fue el episodio con Monseñor Carlos Mamey del Césped; considerado por algunos como el rostro intelectual de la Iglesia Católica Cubana (había publicado una novela que no pasaba de ser un horrible bodrio plagado de lugares comunes) que a su vez facilitaba al régimen maquillar su propio rostro al permitir a un alto representante del opio de los pueblos salir al extranjero y decir ciertas cosillas eruditas y discrepantes a condición, no faltaba más, de que hablase de lo bueno de las inversiones para el país y de lo malos y mafiosos, ¡huy qué miedo!, que eran esos exiliados cubanos, y regresar como si nada cargado de limosnas para los pobres.

Todo parece indicar que Mario un día, sombreándole ya un esbozo de bigote y algunos estigmas de acné, fue a pernoctar a la residencia del prelado (como hacían todos los de su familia cada vez que precisaban viajar a la capital); y a Randolfo y a mí ha dicho que esa noche mientras veía televisión en la enorme y lujosa sala central apareció repentinamente por una de las puertas Monseñor Carlos Mamey del Césped y le ha manifestado tener insomnio, ¡podrían ver la película juntos!, y que intempestivamente todo tembloroso y desencajado ha comenzado amasarle la pinga y que él le ha metido un bofetón, ¡allá te va el cura al piso!, y se ha ido y dormido esa noche entre hampones en el parque de La Fraternidad.

Pero a Louis y Abraira dijo que el lúgubre avechucho ha venido y le ha toqueteado y abierto la portañuela y metido la pinga muerta en la boca sin labios, machetazo en un palo del monte dicen que dijo, y él sin saber qué hacer piensa en el bofetón y en irse al parque de La Fraternidad pero ha tenido miedo de los hampones y lo más intenta desprender al padre de su presa y éste ha dicho, sin soltar y atragantándose, en el nombre de Cristo yo te absuelvo y exorcizo, yo te libero hijo, y ha hecho la señal de la cruz con unos dedos largos y huesudos, y con la misma se ha aplicado a la faena, y la pinga se le ha parado y el pastor de almas entusiasmado, chupóptero ensonatado, se esfuerza como un condenado, y contra su voluntad, la de Marcel claro, asegura la leche le ha sacado; seca y adolorida se la ha dejado.

Mario no menciona nada del lance con el chupóptero a Hécate y Lilith; pero cuando ya todo había pasado e intentábamos acercarnos a la versión probable, las muchachas han dicho como al descuido que Víctor (que escribe pero apenas habla) les ha contado que Marcel le habría propuesto en una de sus crisis compartir la vida con él; no especificaron, ni creo que Víctor lo hiciera, hasta dónde era que compartirían; lo único claro aquí es la negativa de Víctor.

Un día Mario Marcel anunció feliz que la Iglesia le había otorgado una beca para estudiar Lengua y Literatura Inglesa en una universidad católica de Minnesota. No hubo despedida, pero cada uno de nosotros celebró en la intimidad y se sintió aliviado; no sólo por lo que había logrado Marcel en tan poco tiempo, sino porque creímos que ahora sí había encontrado un sentido a su vida y sobre todo porque limpiamente nos librábamos de sus insoportables pejigueras de suicida constante.

A partir de ese momento los acontecimientos se precipitaron. Un buen día llama y dice se ha enamorado. No se rían, un amor de novela. Ella es académica de Literatura en Harvard. Nada que ver con la idea de una académica, deja que la vean. Su único defecto es que es casada.

Al poco tiempo regresó. El recibimiento fue en mi casa. Nos presentó a La Puta de Harvard, que aún no se nombraba así; cuando eso era sólo la Directora del Proyecto de Intercambios Culturales de Harvard con Cuba, y realmente era bella, y tenía un culo que me hubiese gustado cogerlo allí mismo delante de mi mujer Urganda. Ella realizaba una investigación sobre escritores cubanos, y gracias a que había conocido a Mario Marcel podría incluir a escritores exiliados como nosotros (él estaba que no le cabía un alpiste). Todos encantados con la académica, excitadísimos por el apoyo que nos podía proporcionar; Louis estuvo estupendo en el bosquejo de lo que había sido la literatura cubana en el exilio.

Mario le había dado ya los nombres de Arturo y Marcial, y yo le agregué otros nombres de escritores marginados por el régimen allá en la isla. En honor a la verdad Urganda, Hécate y Lilith no se mostraron nada entusiasmadas, creo apenas si le dieron la mano a su llegada; quizá por ese sexto sentido de las mujeres que los hombres deberíamos atender más.

Lo cierto es que muchísimo tiempo después se publicó el documentado estudio; pero ni sombra de nosotros ni de ningún otro escritor que no fuese un sumiso al sistema, ni que decir que Mario Marcel brillaba por su ausencia; como si no bastara ya con su otra ausencia.

A las pocas semanas de la visita a Miami me llamó una noche muy deprimido, se iba a matar, ahora, sí, en serio, ella la razón de su vida y no decidía dejar al marido; serás maricón, chico, cómo lo dejaría (¡mucho billete entre los dos!) por un refugiado muerto de hambre; tú eres un acápite menor en su abultado curriculum vitae, objeto de estudio, infeliz chiflado, ser raro obsesionado con la muerte y otras zarandajas metafísicas; alguien para escribirle buenos poemas y singarla mejor. Es más tráela para Miami; vamos a darle lezna entre los dos, verás como se arrebata.No sabía yo lo que era el amor y colgó.

Nada más colgarme llamaba a los otros amigos, y ahí sí la función duraba horas pues entre más ellos intentaban convencerle no se matara la vida era hermosa; más insistía él en la muerte como solución. Pasaron unas semanas y llamó de lo más animado iría a Nueva York a encontrarse con su dama (para nosotros todavía no era La Puta de Harvard; pero pronto). Ahora sí creía todas sus cuitas serían superadas. En Nueva York tenía una sorpresa; ella le esperaba con él. Cuando me llamó con el lamento bucólico pastoril le aseguré que lo único razonable que se me ocurría en este caso es que consumaran un matrimonio tripartito. Hubo un alarido del otro lado, perro herido o algo así, y oportunamente la llamada se cortó. Al poco tiempo recibí un mensaje electrónico desde Minnesota donde decía tocaba fondo, nada tenía sentido; había permanecido 7 días drogado en el metro de la Gran Manzana.

Cuando al fin se mató Mario Marcel lo supe por una llamada desde Cuba, creo que de Arturo o tal vez de Marcial. Lo velaron acá en Miami en la iglesia de Kendall que le dio refugio al principio. Un velorio de príncipe. Mucha gente, vi algunos de Cienfuegos que no sabía siquiera estaban en el exilio. Él estaba bello y solemne como un muñeco de cera. La Puta de Harvard, llorosa, se encontraba allí con su marido. Dijeron habían viajado hasta Minnesota al recibir la noticia; ¡colgado de una ducha, horrible, qué loco este chico! Un afligido compañero de cuarto decía se había pegado un tiro en el cielo de la boca. En verdad nunca supimos. La iglesia suele ser parca; ni siquiera mencionaron la palabra suicidio.

En la misa de cuerpo presente el cura dijo enfático a estas horas el hermano Mario está a las puertas del cielo; mientras Lilith y yo como tantas otras veces nos rozábamos sin que Hécate se percatara, como quien quiere la cosa y no, ahora con más apremio, cercanía de la muerte quizás, la pinga parada, a partirse, y ella levantaba sus ojos azul límpido hacia el altar; cordero del Señor vino a que aprendiéramos una lección.

Al salir de la misa Lilith no perdía oportunidad de pegarse a mí, vehemente en el apretujado tumulto como a la salida de un stadium. Fuimos todos para el Versalles, menos Víctor, y pedimos cerveza y churrasco. Lilith se sentó junto a mí en la mesa, pegaría mi pierna a la de ella, pero Hécate se ha percatado y exige muy seria se siente su lado.

Al entierro fue más gente aún que a la misa. Al final nos hemos quedado el grupo de amigos sentados sobre la tumba atestada de coronas, un sol pálido en repunte de invierno cae por el horizonte, y juramentamos venir cada mes una noche a beber vino sobre su losa. Lilith encantada con la idea, oportunidad para restregarnos, una obsesión sexual que ahora Marcel venía a agravar, algo físico pero también como de un conocimiento anterior a este tiempo o qué sé yo; creo Hécate no la complacía, no por lesbiana, sino por asexual, y hacía creer a todos, y lo creían, que la asexual era Lilith. Ni una vez hemos cumplido el juramento, el tiempo es de pinga en Miami; tú sabes.

Lilith insiste en que Mario Marcel pasó como un grito entre nosotros y ni siquiera lo oímos, y a veces yo me siento un poco culpable por lo duro que fui con él, por el fracaso de mi terapia, pero enseguida digo no hubo ningún fracaso pues precisamente la noche que se mató llamó a todo el mundo menos a mí, y eso indicaría nada más una cosa, no lo hizo porque sabía que el hablar conmigo le impediría matarse, al menos esa noche; reconocería al final lo infalible de mi proceder antisuicidio.

También he pensado mucho en la frase del clérigo oficiante acerca de Dios enviándonos a su cordero Mario para que aprendiéramos una lección y me he preguntado una y otra vez; por una parte, ¿éramos tan importantes a los ojos de Dios como para otorgarnos, no una vida cualquiera, sino la de alguien muy joven, y no la de un joven cualquiera, sino la de uno cuyo talento se mostraba ya superior al de cualquiera de nosotros, sólo para que aprendiéramos una lección y siguiéramos con nuestras viditas como si tal?; y por otra parte, ¿qué lección?

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