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JFK, Oswald y Castro: Touchdown

Enviado por en diciembre 1, 2012 – 0:07 am

Arnaldo M. Fernandez

Latell llega al colmo de su «conspiración del silencio» con la clásica falacia de non sequitur deslizada por el mayor Florentino Aspillaga (Foto © The Saturday Sun, Toronto), a.k.a. Touchdown, «oficial del año» (1985) y desertor (1987) de la DGI. Apenas con 16 años de edad tenía ya la misión permanente de detectar por medios electrónicos a los agentes de la CIA y sus infiltraciones en Cuba. Aspillaga dice haber recibido el 22 de noviembre de 1963, entre 9:00 y 9:30 am, la orden sin precedentes de prestar oídos «a cualquier detalle en Tejas, por mínimo que fuera». A la 1:40 pm, el locutor de CBS Walter Cronkite dio la noticia: «En Dallas, Tejas, dispararon tres veces contra la caravana del presidente Kennedy…». Aspillaga sacó la conclusión de que «Castro sabía que iban a matar a Kennedy».

La razón menos plausible para que Castro diera aquella orden es haber tenido algún conocimiento previo sobre la intención de Oswald de balear a Kennedy. Esto implicaría que estaba seguro del paradero de Oswald el 22 de noviembre de 1963, pero las peripecias bien conocidas de Oswald tornan imposible tal certeza.

Poco antes de salir Oswald de Nueva Orleans a Ciudad México, su esposa Marina (apellido de soltera Prusakova) se había trasladado a casa de una amiga (Ruth Paine) en Irving, a unas 17 millas de Dallas, para el segundo parto. Oswald dejó Ciudad México el 2 de octubre de 1963 y nadie —ni siquiera Dios y la CIA— sabía si iba estar o no en Dallas cuando JFK visitara Tejas.

Oswald llegó a Dallas el 3 de octubre y se alojó en YMCA. Desde el día anterior, la oficina del FBI en Nueva Orleans había pedido a sus homólogas en Dallas, Fort Worth (Tejas) y hasta en Malvern (Arkansas) que verificaran si Oswald andaba por allí.

Luego de procurar sin éxito trabajo en Padgett Printing, Oswald se fue en botella —aventón o autostop— a casa de Paine. Retornó a Dallas el 7 de octubre, pero tampoco pudo conseguir trabajo. Volvió a Irving el 12 de octubre y de nuevo a Dallas el 14. Paine comentó de pasada que Oswald no tenía trabajo y su vecina Linnie Mae Randle advirtió que había plazas en el Almacén de Libros Escolares de Tejas (TSBD, por sus siglas en inglés), donde su hermano Buell Frazier estaba empleado. Paine avisó a Oswald por teléfono y así, por mera casualidad, Oswald empezó a trabajar en TSBD el 16 de octubre de 1963.

Aparte de que la orden recibida por Aspillaga resulta extraña, porque se recurre a medios de inteligencia para indagar algo que seguramente se daría por la radio comercial, la credibilidad de Aspillaga es tan débil como su razonamiento. Le dijo a Latell haber revelado esta orden a la CIA en 1987 y entonces habría que explicar por qué la CIA no acudió con Aspillaga a la Junta de Revisión de Archivos de Asesinato (ARRB, por sus siglas en inglés), que sesionó de 1992 a 1998 como consecuencia del revuelo armado por Oliver Stone con su película JFK (1991).

Así mismo cabría preguntarse por qué Aspillaga esperó a toparse con Latell para hacer de nuevo el cuento. En junio de 1988, por ejemplo, Aspillaga mencionó 69 veces a Castro en una entrevista radial por WQBA (Miami) [http://www.latinamericanstudies.org/espionage/azpillaga.pdf], pero ni una sola vez a Kennedy.

Latell asentó en su libro que había contraído «especial deuda de gratitud» con Aspillaga, pero ambos se han colocado más bien en una posición muy delicada tras hilvanar una anécdota a la carta, 25 años después, que ligaría a Castro con la tragedia en Dallas.

Latell se apartó de toda academia al enredarse con desertores de la DGI, a pesar de tener conocimiento previo sobre la maldita circunstancia metodológica de que sus testimonios no podrían confrontarse con los archivos de la DGI. La culpa no es de Castro, por cerrarlos a cal y canto, sino de Latell, por saber de antemano que con ayuda de desertores cubanos sólo puede escribirse un libro de ficción sobre el asesinato de JFK.

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