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Historiadores y academia

Enviado por en diciembre 6, 2012 – 14:35 pm

Pedro Pablo Bilbao

El historiador con edad de retiro, pero sin jubilarse, James M. Banner, publicó a mediados de este año Being a Historian (Cambridge University Press, 2012, 284 páginas) como introducción a su mundo profesional. El punto de partida estriba en que la historia es disciplina reivindicada en diversas profesiones, ergo: no hay algo así como profesionales de la historia. Está claro que la historia elaborada en la academia constituye el núcleo de la disciplina, pero es igual de claro que la academia dista mucho de englobar todo el conocimiento de la disciplina e incluso la formación de los historiadores bastardea allí por la búsqueda de reputación y recompensas. Para Banner la mejor historiografía no deriva de los ídolos de la tribu (los docentes de la academia) sino del rigor de quienes se engolfan en el discurso historiográfico. Tal es su conclusión luego de más de medio siglo en el oficio y de su evaluación de la disciplina en el contexto de la American Historical Association. Así, el libro de Banner sirve de acicate a quienes aspiran a historiar y de clave reflexiva para quienes enseñan a hacerlo: no se pueden confundir disciplina y profesión. La academia es sólo uno de los avatares del ser historiador. Será el centro, pero fuera de ella discurre la disciplina por entre funcionarios gubernamentales y periodistas, empleados de museos y de otras instituciones, que aplican de uno u otro modo el conocimiento histórico con determinado propósito. La disciplina es el eje y no el centro ni el tipo de trabajo. Ni siquiera el público al que se dirige la obra historiográfica. Nada tiene que ver con las normas y protocolos de los departamentos para la producción de libros y otros productos comunicativos de la historia ni con el modelo ocupacional —tenure— en que la mayoría de los historiadores se organiza dentro de los muros académicos. Extramuros se desempeñan —ya sea por elección o necesidad— al menos la mitad de quienes se doctoran en historia y de este modo se discierne ya entre historiadores y públicos. Banner sube la parada: semejante distinción se torna cada vez más débil en tanto los historiadores se vuelven híbridos entre el aula universitaria y otras ocupaciones. Lo que propone es abandonar tal distinción y reconocer a los historiadores por su ejercicio de la disciplina dondequiera que tenga lugar. Si todos tenemos conexión personal con el pasado al margen de la investigación histórica, ¿por qué disociar la disciplina de la cotidianeidad de la historia para definir aquella ya sólo en términos académicos? A la postre historiar es una práctica social como otra cualquiera y atenerse a sus reglas debe ser la única guía de valoración de quienes se atreven a ejercerla.

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