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Estatuto epistémico

Enviado por en diciembre 2, 2012 – 14:25 pm

Emilio Ichikawa

No me gusta juntarme con amigos, profesores o periodistas que vienen de visita a Miami para –bajo cualquier pretexto- hablar del tema de los cubanos residentes en la ciudad. Al final se corre el riesgo de acabar en un (auto) rebajamiento de la dignidad epistemológica similar al que se ensayaba en Cuba; hablando más de las peculiaridades antropológicas locales que mostrándolas en el contexto de una teoría, o al menos de un manojo de conceptos que demuestre que uno (al menos) ha intentado producir un pensamiento original. Porque, claro, el antropólogo busca imágenes (ídolos) en la periferia y da por sentado que se trae la ciencia con él.

Esas visitas a Miami -desde Europa, el norte de EEUU, Latinoamérica, Oceanía o la propia Cuba- son peligrosas porque el anfitrión puede traicionarse intentando ser cortés, “hospitalario”. Confieso algo indignante: A veces me he sorprendido apelando al chiste y la anécdota graciosa como para ganar la simpatía del visitante ocasional que al final saldrá de Miami como mismo sale de La Habana, Chambas o Bayamo: con igual ignorancia a la que traía. O peor, ejerciendo una opinión –negativa o positiva- que dependerá más de sus humores que de su razón.

Por suerte no me ha dado todavía por victimizarme ante el forastero y hablar de “las cosas de los cubanos de Miami”, en tercera persona, como si yo mismo no participara en la producción o la puesta en escena. Sería vergonzoso aprovecharme de que vivo a la entrada del Condado de Monroe, y decir: “Bueno, yo en verdad no vivo en Miami…” Es desleal porque al final el Miami cubano llega a Pembroke Pine, Naples, Tampa, Union City, Washington Heights, Brooklyn, Omaha, Iowa City, Madrid, San Juan, DF, El Vedado y Marianao.

El visitante (que acabo de convertir en una figura relativa) tiene sus tretas casi irrechazables para seducir y hay que estar a la viva. Puede decirle, también por cortesía: “Yo no sé cómo es que usted, siendo tan inteligente, puede vivir en Miami”. Es un momento difícil, porque con la implosión hacia el vacío exiliar cualquiera asume la línea argumentativa propuesta y “pica” el anzuelo con una tontera del tipo: “Es que a pesar de todo amo las palmeras y el sol de esta ciudad…” Relinchando luego con uno de esos fracasados slogans que tratan a Miami como playa albina o potrero de asfalto.

La trampa está en que por otra parte tampoco usted puede ser descortés con quien ha tratado de halagarle. Por eso es que dije que no me gusta juntarme con personas que vienen a Miami a hablar de los cubanos de esta ciudad; porque tal cosa sea tema de sus libros o sus investigaciones o sus reportajes.

Ha dejado de atraerme en particular la reunión con visitantes a Miami que provienen de Cuba. Prefiero los libros a los escritores, las pinturas a los pintores, los filmes y los programas a los actores… que caen por este locus. El visitante habanero o artemiseño a Miami incomoda porque resulta un colonialista peculiar que viene a evangelizar con los hechos y no con el dogma. Es decir, mantiene la actitud “imperialista” pero invierte la jerarquía gnoseológica: cree que su experiencia particular subordina a la ciencia general. No le interesa saber nada porque siente que lo ha vivido todo. No induce, no deduce, pero puede narrar todo el tiempo. Cuenta, fabula, analoga con ventaja, parodia, dicta… Se atreve incluso a contar el penúltimo capítulo de “Santa María del Porvenir” sin darse cuenta que tiene en una pantalla de Miami el capítulo siguiente y dos impresiones fresquitas de los artículos de Paquita Armas sobre la serie.  

-IMAGEN: “Step up revolution” (2012). Un filme que juega con el estereotipo de Miami, más allá de la política.

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