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El “hombre viejo” de San Pablo y el “hombre nuevo” de Ernesto Guevara (II)

Enviado por en diciembre 11, 2012 – 14:39 pm

Emilio Ichikawa

En las versiones taquigráficas que hizo el Consejo de Estado del Discurso de Fidel Castro en la Plaza de la Revolución el 1ro de mayo de 1980, donde afronta los sucesos de la Embajada del Perú en La Habana que terminaron en el éxodo o puente marítimo de El Mariel-Florida, el uso del epíteto “escoria” está adjudicado a los coros del público asistente mientras que el de “lumpen” aparece reiteradamente como parte del discurso del jefe revolucionario. “Escoria” es un remanente por lo general impuro. Y “lumpen”, aunque es una categoría social que entre marxistas es polivamente (Fernando Martínez Heredia, por ejemplo, la ha usado incluso en sentido “revolucionariamente” positivo), en el referido discurso de Fidel Castro se maneja en sentido rebajador, ofensivo.

De modo que atendiendo al contexto sociolingüístico, cuando se señala que (a la “escoria” y al “lumpen”) “no los queremos, no los necesitamos”, el desdén se justifica en la condición que se ha preestablecido: Ni los queremos ni los necesitamos por malos. Respecto a la valoración mostrada por la retórica oficial de 1980 hacia “los que se fueron”, la de 2012 muestra un reajuste compasivo que oscila entre dos sentencias: “los queremos, pero no los necesitamos” y “seguimos sin quererlos pero los necesitamos un poco”. En el discurso oficial cubano de 2012 no existe demasiado encono respecto a los emigro-exiliados, pero sí hay un reproche o digamos que una observación: no es que sean malos, pero eran mejores cuando estaban aquí.

En este segundo caso, el regreso a Cuba queda propuesto como una recuperación del pasado. Y lo que es más importante: como un mejoramiento humano. La idea y el sentimiento de que para ser mejor hay que “volver” se encuentra en las edades del poeta Hesiodo. Según sus versos, la historia del hombre es un “irse”, o lo que es lo mismo un “caerse” de una Edad de Oro. Por eso es que siempre me ha llamado tanto la atención este verso de Virgilio Piñera: “Yo vivía adánicamente, quién trajo la metamorfosis”. Es una tesis que se filtra a los textos cristianos y que también vemos en Ovidio.

Sin embargo, como advierte la anterior entrega de estos apuntes, por cuestiones de pragmática textual Pablo insiste en Efesios aparentemente en lo contrario: en que el pasado es un tiempo feo y “viejo” que se puede cercenar en el devenir. Aquí Pablo no está glosando una cosmogonía sino que está tratando de inspirar a unos adeptos. Procede, usando jerga de hoy, como todo un intelectual orgánico.

Pablo insiste y hasta atemoriza un poco al comunicarle a sus destinatarios que después de haberse hecho “hombres nuevos” no se entiende que busquen juntarse con personas vanidosas y duras de corazón. Los “hombres nuevos” que han escuchado la palabra de Dios no deben reincidir en el mal que se avitrina en esos “hombres viejos” siempre al borde del enojo, el escándalo y la maledicencia.

En Efesios advierte algo que descodifica la ira de Fidel Castro en su discurso de 1980: El “hombre viejo” se ha perdido, pero el “hombre nuevo” que previamente ha probado el reino del bien y se deja tentar, se ha perdido doblemente; es un flojo (“flojito” es una palabra que se usa en aquel Discurso) sobre el que está justificado un castigo. En su “epístola a Montevideanos” Ernesto Guevara advertía que el camino era largo; en consecuencia, algunos podían perder la fe, renunciar a los sacrificios, a la forja, y así desmerecer (al menos por un tiempo) el derecho al Reino.

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