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CUBA: La revolución pecadora y la reforma incorrupta

Enviado por en diciembre 15, 2012 – 15:56 pm

Emilio Ichikawa

Fidel Castro nació en una familia recta, creció en un ambiente provinciano y se educó en colegios religiosos donde la limpieza y la austeridad eran valores y el castigo método. Pero de ningún modo puede decirse que fue un tradicionalista o un ruralista (agrarista) y mucho menos que su revolución se estructuró sobre esas bases. Fidel Castro tampoco podía convocar a un experimento político componentes de una Cuba que no había cuajado ni como “honda” ni como “profunda” y en la que “de siempre” era un tiempo que sumaba unas pocas décadas.

Promovió en su retórica ciertos valores espartanos y sacrificiales, pero la experiencia real en su revolución fue promiscua en lo sexual, parejera en lo clasista y mezcladora en lo racial. Fue pagana, iconoclasta y vanguardista. Pecadora, según los patrones del canon moral católico. De ahí que vectores aperturistas en otros contextos políticos tradicionalistas del Siglo XX, como el turismo y la píldora anticonceptiva, la música rock y la minifalda, calentaron un poco más la atmósfera de la revolución castrista pero no la subvirtieron. Serrat llegó a Cuba con pelo largo después que los guerrilleros de Castro habían bajado de la Sierra Maestra con sus melenas. Un pantalón verde olivo bien ajustado a la altura de la pelvis, en miliciana o miliciano, podía ser tan exhibicionista como un bikini. Lo de la renovación estética es también una cuestión dislocada, porque en la revolución fidelista las vanguardias fueron la tradición y hasta el arte del poder. Algunos dirigentes de la cultura socialista cubana se enorgullecen diciendo que no impusieron el “realismo socialista” como en la URSS o en Corea del Norte. Da lo mismo, porque impusieron la música experimental, el verso libre y la pintura abstracta.

El catolicismo en la Cuba fidelista tenía algo de disidencia y hasta de contrarrevolución. Su texto y su moral corrían en dirección contraria o en el mejor de los casos paralelamente a la revolución pagana y hereje. Llena de excesos, la “corrupción” fue durante tiempo una categoría a-funcional, fútil, pues no quedaban pautas desde las cuales establecer una degradación. En los textos de Economía Política solo se hablaba del consumo como “objetomanía”, y se enfocaba como un rezago burgués.

Comparado con el fidelismo revolucionario, el reformismo raulista se muestra un poco más frágil a la hora de enfrentar el hedonismo. Si el observador tiene paciencia, podrá percibir en la reconstrucción de las biografías de los actuales dirigentes y celebridades del raulismo la exaltación de valores morales propios del catolicismo más pacato. Por su parte la llamada lucha contra la corrupción contiene capítulos de franca santurronería. En la dinámica del raulismo hay notables elementos de tradicionalismo y conservadurismo que por la forma automática y a veces inconsciente en que se presentan parecen más sedimentados que toda la propaganda explícita acerca de la libertad sexual e igualidad racial, peligrosamente convertida en política de gobierno y en proyecto intelectual. La insistencia de funcionarios de la cultura cubana como Rafael Bernal, Abel Prieto, Orlando Vistel y Miguel Barnet contra lo que llaman frivolidad, mediocridad, banalidad y superficialidad deja planteada la pregunta: ¿por qué se siente frágil el raulismo frente a eventos que el fidelismo había podido digerir sin dificultad e incluso promover en su propio beneficio?

-FOTO: Henri Cartier-Bresson,1963

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