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Concha Agramonte, valerosa mujer cubana

Enviado por en diciembre 9, 2012 – 20:12 pm

Frank de Varona

Durante las guerras de independencia de Cuba, las mujeres cubanas demostraron un valor extraordinario y frecuentemente acompañaron a sus maridos y a sus hijos al campo de batalla. Muchas de estas mujeres habían vivido una vida protegida y en muchos casos una vida opulenta. Cuando comenzó la Guerra de los Diez Años con el Grito de Yara en 1868 muchas mujeres pasaron de una existencia tranquila y confortable en su hogar, a una precaria y difícil vida en la manigua. Tristemente estas familias perdieron sus hogares y todas sus propiedades. Estas mujeres compartieron todo tipo de sacrificios al lado de sus esposos e hijos teniendo que huir del ejército español que los perseguía constantemente.

Una de estas abnegadas mujeres que prestó valiosa ayuda  a los patriotas fue Concepción (Concha) Agramonte. Concha nació el 7 de diciembre de 1834 en la ciudad de Santa María del Puerto del Príncipe en la casa solariega de sus padres.  Su padre fue Juan de la Cruz Agramonte y Arteaga y su madre Rufina Boza y de Varona. Los padres de Concha eran ricos y su  familia era de gran abolengo. Concha creció en un hogar que estaba decorado con muebles antiguos, mármol italiano, altos espejos, adornos de porcelana y fina vajilla. El vestuario de Concha  era de seda y encajes. Su familia tenía muchos esclavos.

Desde muy joven Conchita demostró tener una gran inteligencia y una gran viveza de carácter. Conchita era alegre y muy hermosa. A los 17 años de edad, el 12 de junio de 1852, contrajo matrimonio con Francisco Sánchez y Betancourt. Al igual que  ella, su esposo, nació el 31 de enero de 1827, procedía de una antigua y prestigiosa familia camagüeyana. Francisco era hijo de Benjamín Sánchez y de la Pera y de Luisa Betancourt y Betancourt. Francisco Sánchez era rico y tenía muchas propiedades. De esta unión nacieron 12 hijos, llegando nueve a la mayoría de edad. Concha y Francisco inculcaron en sus hijos desde la cuna el amor a Cuba y el deseo por su independencia.

Francisco Sánchez, a pesar que su salud se encontraba seriamente quebrantada por la tuberculosis, estuvo involucrado en todos los trajines conspirativos que culminaron en la creación de la logia Tínima y el alzamiento de las Clavellinas. Al resonar en Puerto Príncipe el Grito de Yara el 10 de octubre de 1868, Francisco Sánchez, junto a sus hijos Benjamín y Juan de la Cruz, se incorporaron a las filas insurrectas desde los primeros momentos y se alzaron en rebelión contra el  opresor y despótico gobierno español que existía en Cuba.

Concha y todos sus hijos pequeños abandonaron su hogar y se unieron a Francisco en el campo de batalla. El 26 de febrero de 1869 en Sibanicú los patriotas camagüeyanos crearon la Asamblea de Representantes del Centro, compuesta por los patriotas Salvador Cisneros Betancourt, Ignacio Agramonte, Eduardo  Agramonte,  Antonio Zambrana y Francisco Sánchez Betancourt. Esta asamblea tuvo el honor de redactar y firmar un decreto a favor de la abolición de la esclavitud en Cuba.

Concha y Francisco tenían una casa en la ciudad de Guáimaro y fue precisamente en este lugar donde se reunieron los patriotas de las provincias de Oriente, Camagüey y Las Villas el 10 de abril de 1869. Concha siguió los debates de la Asamblea Constituyente y escuchó a la camagüeyana Ana Betancourt, pariente de su esposo, abogar por los derechos de la igualdad de la mujer. En el hogar de Guáimaro de Concha y Francisco se reunieron muchos patriotas y allí encontraron albergue y alimento muchos jóvenes habaneros como Julio y Manuel Sanguily y otros tantos. Después de proclamarse la Constitución de Guáimaro, Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, fue proclamado presidente de la República en Armas y el general camagüeyano Manuel de Quesada fue nombrado Jefe del Ejército Libertador. El esposo de Concha, Francisco Sánchez Betancourt, fue electo representante a la Cámara, escaño en el que se mantuvo hasta el fin de la guerra.

Las fuerzas mambisas que defendían a Guáimaro no pudieron resistir la embestida del gran ejército español al mando del general Goyeneche y fueron derrotadas. Entonces se acordó quemar la ciudad de Guáimaro como anteriormente se había hecho en Bayamo. La hermosa casa de Concha  fue una de las primeras que ardieron en llamas con el fuego, prendido por las manos de su propio esposo e hijos. Desde ese momento comenzaron las verdaderas dificultades para esta familia ya que no tenía lugar fijo en donde habitar. La vida de Concha y sus hijos se convirtió en una verdadera pesadilla. Siendo perseguidos por el ejército español, Concha y sus hijos durmieron en casas abandonadas, tiendas de campaña, míseros bohíos de guano y a veces a la intemperie. Concha dio a luz a su hija Sara en el campo, no lejos de donde luchaban su marido y sus hijos mayores.

A mediados del año 1871, mientras Concha y sus hijos pequeños habitaban un rancho de guano en su finca San José, fueron sorprendidos por una columna del ejército español. Los soldados obligaron a Concha y a sus hijos pequeños a ponerse en fila delante de su humilde rancho y presenciaron como los soldados lo quemaban. Concha recordó como en enero de ese mismo año la familia Mola y Mora fue cruelmente asesinada al ser arrestados. Concha pidió que la presentaran al jefe militar de esa tropa. Por suerte, el jefe era el capitán Macón al cual ella conocía de Puerto Príncipe. Este oficial le concedió a Concha un salvo conducto por ocho días para que pudiera recoger a sus hijos pequeños y  a otros que habían huido al campo y se presentara a las autoridades de Puerto Príncipe. Concha tuvo que abandonar a su esposo y a sus hijos mayores Benjamín de 16 años y Juan de la Cruz de 15 años que peleaban en el campo. Posteriormente Juan de la Cruz fue herido en combate y murió poco después en 1873.

Al llegar a Puerto Príncipe Concha quiso tomar el tren para Nuevitas al día siguiente, pero fue arrestada en la estación de ferrocarril. La sociedad de Puerto Príncipe salió a su defensa y fue puesta en libertad. Concha y sus hijos se trasladaron a La Habana donde la señora Monserrate viuda de Lugareño los acogió en su hogar. Concha logró que el capitán general de Cuba, Blas de Villate, conde de Valmaseda, le diera un permiso de salida. Valmaseda había sido antiguo amigo de la familia de Concha, y había pasado algunas temporadas en su ingenio.

Concha partió para Nueva York. Sólo pudo salvar unas joyas que había escondido en los cinturones de sus hijos. Todas las propiedades de Francisco y Concha fueron confiscadas por el gobierno español. Una vez en Nueva York, Concha vendió sus joyas y trabajó como costurera para ayudar a mantener y educar a su extensa familia.

En 1878, ya acabada la Guerra de los Diez Años con la Paz del Zanjón, Concha Agramonte y sus hijos, como muchas otras familias cubanas, regresaron a su patria. Concha pudo abrazar a su esposo y a su hijo mayor, Benjamín. No obstante, los esposos sufrieron mucho la muerte de su hijo Juan de la Cruz al cual siempre recordaron. El matrimonio y sus hijos brindaron decidido apoyo a los planes revolucionarios de José Martí. Concha pudo vivir por un tiempo en calma hasta la  muerte de su esposo Francisco el 30 de agosto de 1894 después de una larga enfermedad.

El Apóstol José Martí reconoció a Francisco Sánchez Betancourt en una carta tras conocer la noticia de su muerte diciendo: “Pancho Sánchez ha muerto, y con él una de las almas más bravas y jóvenes de Cuba, uno de los que con más sensatez y honor nos ha ayudado en la fatiga de preparar la nueva era, a cuyos umbrales muere, aunque no sin el consuelo de que su patria se ponga en buen camino antes de que se reduzcan a polvo las flores de su tumba”.

Al estallar nuevamente la guerra con el Grito de Baire  el febrero 24 de 1895 los cinco hijos varones de Concha salieron a la manigua a pelear por la libertad de Cuba. La Junta Revolucionaria nombró a Concha quien entonces tenía 66 años, agente en Puerto Príncipe. Debido a sus actividades a favor de la independencia de Cuba las autoridades españolas la encarcelaron durante 30 días en la prisión y luego se vio forzada al destierro una vez más en los Estados Unidos. De este modo volvió Concha a Nueva York acompañada por su hija Emilia y su nuera Caridad, ésta con sus dos pequeños hijos. Concha fue atendida con toda clase de consideraciones y afecto por Fernando Figueredo y Tomás Estrada Palma.

Concha volvió a sufrir pensando en la suerte de sus hijos mambises que luchaban en la manigua. ¡Cuántas noches de insomnio y de  zozobra pasó esta noble anciana durante esos años! Su hijo Eugenio, quien era Jefe Superior de Sanidad del ejército cubano, fue designado a una importante comisión en los Estados Unidos. Allí Concha pudo tener la satisfacción de unirse con su hijo durante tres meses ya que éste regresó al campo de batalla una vez terminada su misión.

Los hermanos Sánchez Agramonte cumplieron con su deber y lucharon valientemente por la libertad de Cuba. El hijo mayor de Concha, Benjamín Sánchez Agramonte, luchó en las dos guerras de independencia y fue ascendido al grado de coronel. Eugenio fue general de brigada y durante la República fue electo presidente del Senado y se desempeñó como secretario de Agricultura de 1917 a 1921. Armando fue ascendido a general de brigada y en 1899 fue nombrado alcalde de Camagüey. Posteriormente, Armando fue jefe de la policía de La Habana y dirigió la renta de la lotería nacional. Calixto y Alfredo también pelearon en la Guerra de 1895.

Concha tomó el primer vapor de Nueva York y regresó a Nuevitas donde tuvo la gran satisfacción de reunirse con sus hijos. Concha tuvo la dicha después de largos sacrificios de poder ver a Cuba libre. Sus últimos años los pasó en su amada Camagüey en unión con sus hijos y nietos. Esta insigne y valiente patriota entregó su alma al Señor el 24 de agosto de 1922. Los numerosos descendientes de la familia Sánchez Agramonte deben sentirse muy orgullosos de tener antepasados tan valientes que lucharon por muchos años por la libertad de Cuba.

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