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Zardoya y el marxismo-leninismo parasitario

Enviado por en noviembre 18, 2012 – 20:00 pm

Gustavo Silva

El Dr. en Ciencias Filosóficas Rubén Zardoya, ex rector de la Universidad de La Habana (UH), presentado por ahí como asesor del Presidente de Cuba, se encarga todavía de dar entrevista exclusiva sobre la primacía de la política sobre la economía en la transición socialista, según Lenin, y de conversar magistralmente sobre la esencia del capitalismo apud Marx, como si la práctica del «socialismo realmente existente» no hubiera reubicado al homo ideologicus en el potrero —delimitado por Hegel— de quienes «en el conocimiento creen tener la razón cuando se detienen solo en la esencia y no proceden desde esta abstracción a la existencia, [porque] solo quieren un bien abstracto y reservan al capricho la determinación de lo que es bueno» (Filosofía del Derecho, § 270).

El marxismo-leninismo expuesto por Zardoya remplaza la clave pragmática de para qué sirve por otra de utilidad más directa: ¿a quién sirve? Zardoya despacha el capitalismo con que «ahí viene el coco» —para llevarse a la humanidad completa en saco trenzado con crisis, guerras y deterioro ambiental— y esquiva el boomerang de los ideales fracasados con que la desunión post-soviética y demás tragedias del socialismo meramente existente trajeron su causa de no haberse procedido en consecuencia. Así mismo desliza que no hay pauta conocida para construir el socialismo y queda claro entonces que el marxismo-leninismo dejó como legado el parásito mental más difícil de curar: la ignorancia armada con teorías que se exponen con arrogancia.

En el discurso y aun la biografía académica del ex rector hay mucha tela por donde cortar, pero el mejor paño se hilvana con la rueca marxista del capital como «valor que crece por sí mismo». Zardoya explaya una de las sonseras más agudas del homo ideologicus: la distinción entre economía capitalista y socialista, a despecho de que la economía es una sola: la economía, con racionalidad asentada en el cálculo de costos y precios.

Para aprehender qué es el capitalismo, Zardoya recomienda leer los tres o cuatro tomos de El Capital (1867, 1885, 1894 y 1905-10), sin advertir que Marx se preocupó más por atrapar a los capitalistas antes que por coger al capital por los cuernos del imperativo tecnológico. La revolución industrial parió la máquina compleja —y a la vez costosa— que no solo trabaja para el capitalista, gracias al obrero, sino que el capitalista debe pagar. Aquel valor que crece por sí mismo tiene que asegurar la inversión, como requisito indispensable del crecimiento económico, y así la acumulación del capital queda trabada sin remedio con los imperativos de la tecnología.

Acumular capital es tan necesario para la «economía planificada» como para la «economía de mercado». La sociedad moderna se erige sobre la plusvalía, por mucho que la imaginación marxiana se empeñe en transfigurarla con el juego lingüístico del plusproducto que va a parar a las manos de todos los trabajadores. Sin capital no hay desarrollo tecnológico ni economía, y alguien tiene que gestionarlo e invertirlo continuamente. La diferencia entre capitalismo y socialismo estriba más bien en quién controla el capital: los particulares y el Estado, respectivamente.

El marxismo-leninismo parasitario medra en el sofisma de la propiedad social y pasa por alto que el Estado socialista es un Estado capitalista absoluto (propietario irresponsable y controlador incontrolado de todo el capital), que sobrepuja a los Estados capitalistas clásicos, atados ante todo al cobro de impuestos para generar recursos propios.

Ya sabemos que el capitalismo es malo. Se sirve del individuo de manera tan cruel y mezquina que no puede garantizar el trabajo como derecho civil, a pesar de que los pobres ya no son útiles, porque a los capitalistas solo interesan consumidores capaces de gastar. La maldad del capitalismo es tan grande que arruina a los propios capitalistas de vez en cuando. Pero Zardoya no tiene con qué rehacer su cabeza salvo el marxismo-leninismo verbal, que soslaya el valor económico de bienes y servicios como valor de cambio.

Así arraiga el engaño sistémico de que la racionalidad económica (cálculo de costos y precios) puede y debe preservarse sustituyendo el mercado con una elite gobernante que se arroga la virtud de mastermind económica, en el caso cubano representada por Regino Boti u Osvaldo Dorticós, el Che Guevara o Carlos Rafael Rodríguez, Humberto Pérez o Antonio Rodríguez Maurel, José Luis Rodríguez o Marino Alberto Murillo.

El cálculo de costos y precios nada tiene que ver con la noción marxista del valor, centrada en lo ético: el valor en Marx es lo que debería tener valor si la economía fuera otra cosa. Al defender esta noción a ultranza y tachar al capitalismo de inmoral, Zardoya no solo corre el riesgo que ningún marxiano ha podido sortear por entre ninguna de las utopías plausibles: quien predica moralidad, muere de inmoralidad. También exhibe aquella virtud que Leszek Kolakowski describió en “Amidst Moving Ruins” (Daedalus, Vol. 121, No. 2, primavera de 1992, página 54): «estar completa y felizmente incontaminado por cualquier realidad».

-Foto: El rector Zardoya al investir al presidente del parlamento, Ricardo Alarcón, como Profesor Honorario de la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología (UH) © Franklin Reyes / JR

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