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Yo creo que ya se fueron

Enviado por en noviembre 24, 2012 – 18:17 pm

Armando de Armas

 A Ricardo Bofill Pagés, que tuvo ojos para ver.

 Yo creo que ya se fueron. Hace ya que no vienen, aunque, la verdad, no sé, nunca se sabe, creo un poco he perdido la noción del tiempo (ese elástico insondable); del tiempo y del espacio. ¿Habrán Ellos perdido el interés en mí o habrán cambiado la Técnica?; para ellos la técnica es siempre con mayúsculas, muestran un exacerbado culto no sólo por la técnica, sino también por las mayúsculas; Ellos, los mayúsculos.
 
Así, el picardo de la grabadora pudiera no ser más que el enviado de la nueva técnica, una combinación de sofisticado artilugio y halagos al ego, saben su faena, para que me suelte y sea locuaz, mezcla perfecta, quién se resistiría al ego y a su halago, por un lado, y a la sofisticada técnica, por el otro; más tratándose de alguien como yo, alguien que maneja eso que llaman las ideas; el negociado de las ideas… las ideas…
 
Por las ideas estoy aquí, donde quiera que esté, por ellas he muerto, medio muerto, morir por la patria es vivir, muela, morir por la patria es exactamente eso, morir, entender eso, hacer entender eso, más bien, hacer entender que proclamar eso, la muerte como mérito, mérito en sí, no es siquiera decente; en un país con un himno nacional que es un canto a la degollina, un país que celebra más las efemérides de las derrotas que las efemérides de las victorias; si en algo he contribuido a cambiar eso, entonces tal vez tenga razón el bergante de la grabadora y habré pasado a la historia; a la histeria, que es lo mismo.
 
Las ideas; mi madre decía, esa cosa de las ideas, hijo, es asunto peligroso; cada día me acuerdo más de la vieja, la valoro más; en la cárcel aprendí que ella, tan simple, tenía razón, que yo, tan leído, tan poseído de pesados argumentos, era apenas un aprendiz; supe que su sabiduría era superior a todo lo que uno pudiera haber aprendido en tanto mamotreto. Murió estando yo en presidio y nunca pude decirle, ¡qué razón usted tenía vieja!; y mi padre, un hombre práctico, dirigente obrero de base que quería para mí estudios de contador público o algo así, murió también, tiempo después mientras yo seguía en la cárcel; soñé la muerte de ambos antes de que ocurriera, creo en los sueños, en los espíritus y hasta en las hadas, ¡quién lo iba a decir, yo, tan materialista en otra época! Éramos cinco de familia, la familia se fue a bolina; de cinco sólo quedo yo, si es que esto es quedar, si es que éste, o esto, soy yo.
 
Uno ahora edulcora las cosas, pero en verdad eso del Comité del Derecho de Gentes fue siempre algo etéreo, algo más bien en la mente, y si te descuidas hasta en el corazón; un grupo de amigos inconformes con el ambiente provinciano y represivo que nos había tocado en suerte, y por qué no, también el deseo de destacarnos, de ser tenidos en cuenta; para que se me entienda, alguien con este nombre, Bartolomeo, y además, flaco, feo, mal encabado y peor vestido, y sin la aureola del héroe en un país de héroes, tenía necesariamente que carenar en la cultura, en el terreno de las ideas, para intentar el esquivo favor de las féminas (¡hasta que apareció Yolanda, dónde andará Yolanda ahora!); uno pudiera hablar del sacrificio por la libertad, etc., etc.; hablar de que uno diseñó una estrategia sutil que llevaría inexorablemente a horadar la brecha en el muro, pero no, la cosa es mucho más simple, mucho más humana, y de eso se trata, de llevar las cosas a su justa dimensión humana; irónicamente esa fue la clave de nuestro éxito, para un régimen erigido sobre la fuerza y la planificación mismas, eliminarnos iba a resultar tan complicado como matar mosquito con cañón; Confucio dijo. ¡¿lo dijo?!…
 
¿Cuántos años de cárcel me ha costado todo este chiste de las ideas? No sé, ni siquiera sé si alguna vez pude salir de la cárcel; comoquiera, lo cierto es que siento, como siempre, esa otra cárcel del cuerpo, ese desencuentro, esa isla dentro de la isla, esa cárcel dentro de la cárcel; sólo huecos, hendijas a través de los cuales atisbar, intentar establecer alguna especie de precaria comunicación con otros seres tan encerrados como uno en sus islas y cárceles duales.
 
…patios, patios llenos de plantas, olor a cañasanta y yerbabuena, patios interiores más o menos desvencijados, casas un tanto descuidadas, juegos de luces y sombras entre tupidas enredaderas, lagartos soñolientos, flores, abejas obesas, la brisa fresca, una hamaca tejida, una voz, la voz de mi madre, una canal oxidada alrededor del techo colonial que recoge el agua y la lleva a un estanque para lavar, un agua espumosa, burbujas en la descomposición de la luz, olor a jabón, el repiquetear de la lluvia en la canal durante los aguaceros del mediodía, y después el lento discurrir de las aguas durante las noches, discurrir de las aguas y las ideas, discurrir de las noches y los días y las aguas, el agua goteando en el estanque, un pez amorfo en el estanque, yo-pez en el estanque, un universo confuso y confortable, un añorar la calle, escapar más allá de donde canta un gallo y se oyen los pregones, más allá de risas lejanas y un toque de tambor, un detestar este mundo monótono y probablemente feliz, un deseo de irme alto y lejos, mi madre llamándome, voces, voces, voces… Lacret 564…
 
¿Habré vuelto a la infancia, a la casa de la infancia, o permanezco en la cárcel y esto no es más que decorado, efecto, esmerada técnica preparada por Ellos para reblandecerme? Ellos tenían, necesariamente, que declararme loco, y darme tratamiento de loco; tratamiento eléctrico. Estaban obligados, no por maldad, sino por lógica, lógica inexorable; pura y dura racionalidad. ¿Cómo podían Ellos permitir que alguien cuerdo hiciera oposición al paraíso?; por supuesto que al paraíso sólo podían oponerse los locos. Cualquier infeliz que negara el paraíso tenía que estar más loco que una cabra (valga aquí, como nunca, la connotación demoníaca de la cabra); más si esa persona era un proletario, puesto que el paraíso era el de los proletarios; y muchísimo más si esa persona, como yo, era un intelectual; un intelectual, se supone, es inteligente, y nadie inteligente, sabedor del sentido inexorable en que se mueven las fuerzas de la Historia, podía atentar en su sano juicio en contra del progreso; del paraíso.
 
El trabajo me lo hacen cuatro mecánicos sociales y un jefe, Madrazo, creo, un hombre de edad indefinida, color cetrino, ojos hundidos, y una sonrisa de vendedor de pasta dentífrica a domicilio, siempre con una bata blanca, impecable e implacable, un tipo atildado, un técnico, un profesional en toda la extensión de la palabra, de palabra precisa en las órdenes impartidas a sus subordinados, cumplidor de su faena con eficacia científica, nada personal; mucho menos pasional…
 
Oigo pasos; lentos y lejanos primero, atropellados y cercanos ahora; abren la reja; ya me toman y me levantan, ya me tiran y me atan; Madrazo sonríe todo albo en tanto los mecánicos conectan la dínamo, cablería multicolor, me desnudan, me ajustan las correas olorosas a carne quemada, ¿!o es una simple predisposición!?, y me ponen los electrodos en el pene; la cabeza me quiere estallar, se calienta sola, y cuando llega la primera descarga es un dolor punzante, un dolor en las entrañas, una cabeza todo dolor, una cabeza, un dolor, una aguja muy larga entrándome por la espina dorsal hasta la base del cráneo, una estocada eléctrica atravesándome, arco, soy un arco eléctrico, luminiscente y azul, yo todo luz, lucifer, el-que-porta-la-luz; los músculos, mórbidos, se me desmoronan, saltan sobre los huesos, tengo náuseas, convulsiono… siono… siono… siono… ono… ono… ono… me voy, caigo en abismos insondables, oscuridades sin cuento, y cuando regreso en mí, no sé cuánto tiempo ha durado, el tiempo y sus jugarretas, Madrazo y sus mecánicos se han marchado, permanezco en el piso frío, me revuelco humillado en un charco de orina y heces, efecto colateral eléctrico, los músculos ahora están rígidos… rígidos… rigor mortis…
 
Pero el dolor no para ahí, es un dolor demorado, extendido no sólo en el cuerpo sino en el tiempo; no físico, aunque también físico; un dolor de desamparo, un dolor de soledad, una espina espiritual clavada; lacerante sensación de daño irreparable. La rigidez sigue, me han hecho de cartón, cartón piedra, quebradizo todo; impotencia, impotencia de todo tipo; la dentadura corrida, los dientes se me caen, el otro día dejé un colmillo clavado en un mango, ¿un mango metafísico o un mango real?; el cabello desaparece, el poco que tengo, tengo, vamos a ver, tengo pesadillas, y tiemblo, yo-sólo-tiemblo… yo creo que ya se fueron…
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