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Una derrota devastadora y amarga

Enviado por en noviembre 9, 2012 – 17:03 pm

Diego Trinidad, Ph.D.

El resultado de la elección presidencial el pasado martes 6 de noviembre no se puede describir de otra manera.  Fue devastadora, un desastre para Estados Unidos y una amarga decepción para todos los que defendemos la libertad y la justicia.  Pero perdimos y hay que aceptarlo.  No importa que el margen de derrota haya sido solamente un 0.6% de los votos.  La derrota fue muy contundente en votos electorales, que son los que cuentan.  De ninguna manera un mandato para nada, aunque así lo proclamarán sin duda los ganadores.  Pero ¿qué pasó?  Trataremos de explicarlo.

Cuando se pierde una elección como la apenas pasada, para lo que están profundamente involucrados en la campaña perdedora, la derrota es algo traumático, es como perder a un familiar querido o a un buen amigo.  La famosa doctora Elizabeth Kubler-Ross escribió, en su libro On Death and Dying, que hay cinco etapas para lidiar con el dolor y la pena para los que son informados que padecen cáncer terminal. Estas son, negación, ira o enojo, tratar de negociar (con la muerte, con Dios), depresión, y finalmente aceptación.  Así nos sentimos los que perdimos.  Pero como esto no es cuestión de muerte, al menos no personal, y como la vida continua, también tenemos que verlo así los que perdimos y aceptar la derrota.  Claro que, como dijo Adlai Stevenson después de perder contra Eisenhower en 1956, “estoy muy viejo para llorar, pero duele mucho para reír”.  Si esas sabias palabras son un consuelo, que sean así tomadas.

El punto aquí es que perdimos.  No hay mucho más que decir.  Ya se sabe por qué.  Los jóvenes y los hispanos votaron en una proporción mucho mayor que lo que casi nadie estimó (únicamente los dirigentes de la campaña del presidente) y los viejos votaron en una proporción menor.  Es todo, pero esas diferencias significaron dos millones de votos adicionales para el presidente y su consiguiente victoria.  Nada más es necesario y no vale la pena entrar en detalles.  Mucho menos, por lo menos para mí, es útil ni honorable buscar excusas o culpar a nada ni a nadie por la derrota.  Si, es verdad que fue una batalla desigual, con la casi unánime parcialidad de los medios informativos a favor del presidente, pero así fue también en su primera elección del 2008 y se sabía que sería igual o peor.  Si, una terrible tormenta azotó el noreste del país y causó, además de daños incalculables, una gran distracción a pocos días de la elección.  Si, la servil actuación del Gobernador Chris Christie de New Jersey abrazado al presidente puede haber afectado la votación.  Si, retrospectivamente la campaña de Romney pudo haber sido más enérgica.  Si, no mencionar y convertir en un importante asunto de campaña el ataque terrorista al consulado americano en Benghazi, Libia, quizás fue un grave error estratégico de Romney.  Pero, en fin, aunque podemos seguir citando razones por qué perdimos, no creo que ninguna de ellas sean válidas ni que hubieran cambiado el resultado.  Porque la verdad es que perdimos—y perdió Estados Unidos—porque un 0.6% de los votantes decidieron que es mejor ser siervos que ser libres.  Eso es todo.

Los americanos están divididos casi a la mitad en dos campos irreconciliables al menos desde la elección del 2000, la cual todavía millones de demócratas creen que les fue robada por la intervención de la Corte Suprema republicana.  No es necesario discutir la validez de esa creencia.  Pero así es.  La división se fue acrecentando en los ocho años presididos por George Bush hijo, sobre todo por las guerras en Irak y Afganistán.  El odio irracional contra Bush se “vengó” en la elección del 2008 y  la victoria demócrata, pero ese odio se revirtió contra el presidente en los últimos cuatro años.  Ahora los que se oponen a sus políticas colectivistas y destructivas tienen que soportar cuatro años más y muchos temen que en el 2016, los fundamentos básicos de Estados Unidos pueden sufrir un daño irreparable.  El resultado de esta cada vez más grave división es un enfrentamiento continuo entre los dos bandos.  No es algo que haga posible mirar al futuro con confianza.  Se asemeja a la situación en España en 1936 después de la “victoria” del Frente Popular en esas elecciones.  En unos meros cinco meses, España estaba involucrada en una cruenta guerra civil.  ¿Qué pasará aquí?  No sabemos y bajo las circunstancias, no seré yo quien haga predicciones al respecto.

Ahora tengo que referirme a mis predicciones sobre la elección.  Como expliqué en detalle a un buen amigo hace poco, desde enero hasta la elección, traté por todos los medios de analizar la situación de la manera más objetiva posible.  Para esto, no solo investigué y revisé todos los datos que pude encontrar, muchos poco conocidos, sino que utilicé mi experiencia de 45 años como historiador y buen conocedor de la política americana, para hacer mis análisis.  Me equivoqué, pero mis análisis fueron correctos y no tengo ninguna razón para pedir excusas por ellos.  Pero ¿por qué me equivoqué, por qué los análisis correctos me llevaron a predicciones incorrectas?  Varias razones.  No le di suficiente peso a la votación de los jóvenes y de los hispanos.  Aquí fallé y no hice caso, por ejemplo, a mi propia esposa, quien está al tanto del mundo de la farándula y me prevenía que miles de jóvenes (sobre todo hispanos) estaban siendo influenciados por artistas y “celebridades” que apoyaban al presidente.  También ignoré los pronósticos de Andrés Oppenheimer sobre el decisivo voto hispano.  Pensé que no votarían como en el 2008, ni tampoco en mayor proporción, por el presidente.  Después de todo, ningún grupo fue más engañado y más defraudado. Puedo decir que de la misma manera se equivocaron los mejores analistas políticos del país, pero eso no es excusa ni consuelo. (Por cierto, el voto de los cubanos en Miami-Dade fue por el presidente en un 48%; eso no solo es bochornoso, sino que representa el principio del fin del Exilio Histórico). Estaba, sobre todo, convencido que el pueblo americano reaccionaría de otra manera y rechazaría, como en las elecciones del 2010, las políticas del presidente, pero no fue así.  Y menosprecié al equipo de campaña del presidente.  Ellos serán unos incapaces para gobernar, pero no para ganar elecciones.  Mi error y de eso si me arrepiento. En fin, me equivoqué y por mis predicciones incorrectas SI pido excusas a todos, no solo a mis amigos.

Entonces ¿ahora qué?  Por mi parte, me retiro por un tiempo como analista político.  Escribiré de vez en cuando, a su debido tiempo, sobre asuntos de interés nacional o local.  Pero principalmente volveré a mis libros de historia, a seguir aprendiendo sobre el pasado.  Es útil para vivir en el presente y posiblemente para visualizar el futuro, que no lo dude nadie.  Quizás me dedique a terminar otro libro planeado, pero abandonado durante estos meses de la campaña electoral.  Principalmente me dedicaré a sobrevivir.  Vienen tiempos terribles en los próximos años y mi situación económica y la de mi familia ahora se convierten en algo crucial.  Lograré, espero y confío, con la ayuda de Dios y mi experiencia, sobrevivir y hasta prosperar.  Este, tristemente, no será el destino de muchos de los millones de incautos que repitieron el error del 2008.  Ellos sufrirán más que nadie, pero pagaremos justos por pecadores.  Quizás aprendan la lección.  En Estados Unidos, históricamente, los ciclos de gobierno de un partido raramente duran más de ocho años.  La pregunta es ¿sobrevivirá el país y sus instituciones intactas otros cuatro años?  El tiempo dirá.  Pero nada de esto quiere decir que abandonaré la lucha por la libertad y la justicia.  Eso nunca.  De manera que los dejo con palabras de Sir Winston Churchill. “En la guerra, resolución. En la derrota, desafío.  En la victoria, magnanimidad.  En la paz, buena voluntad”.  “¿Cuál es nuestro fin?  La victoria, la victoria a todo costo, la victoria por largo y duro que sea el camino”. Nunca se rindan, nunca, nunca, nunca, nunca—en nada, grande o pequeño—nunca se entreguen”  Finalmente: “Nunca nos rendiremos. Nunca”.

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