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Tradición electoral (en USA)

Enviado por en noviembre 4, 2012 – 12:21 pm

Gustavo Silva

Las elecciones presidenciales del próximo martes vienen precedidas de campañas tachadas mutuamente de «negativas» por las banderías en acción. El historiador David Gaub McCullough acudió este domingo al programa “60 minutes” (ABC) para refrescar la memoria histórica con que las campañas del republicano Thomas Jefferson y el federalista John Adams, en los comicios de 1800, fueron todavía más sucias. Jefferson pagó a un periodista para presentar al yanqui vanidoso Adams como hermafrodita mentalmente desequilibrado; Adams echó a correr que si el jacobino libertino y ateísta Jefferson asumía la presidencia, los asesinatos, robos y violaciones cundirían en las calles.

Ambos padres fundadores compartían el antecedente de haberse acometido con atizadores en sesión del congreso. Algo así hubiera sido breaking news recurrente hoy en día y prosigue siendo señal de advertencia para los historiógrafos que se ciñen a las ideas tal como quedaron escritas y olvidan los contextos vitales.

Desde luego que cada bandería se arrogó la representación del «pueblo» frente a un contrario descalificado como facción promotora de sus intereses particulares (Joanne B. Freeman, “Corruption and Compromise in the Election of 1800”, en The Revolution of 1800, University of Virginia Press, 2002, página 94). Esta campaña fue juzgada como la primera de la modernidad política americana, porque la gente prefirió ya los periódicos a los panfletos y los libros, máxime si venían cargados de escándalo (Willard Sterne Randall, Thomas Jefferson: A Life, Harper Perennial, 1994, p. 541).

Jefferson y Adams habían colaborado estrechamente en largar la Declaración de Independencia (1776) y ejercer la diplomacia en Europa. Ahora se engolfaron en «asesinatos de reputación» que hacen palidecer a los últimos gritos de la moda (Amadeo Barletta, Carlos Márquez Sterling y otros) proferidos por la industria cultural en quiebra del anticastrismo.

Jefferson fue tildado de francófilo para despacharlo como ateo y proclive al terror, tal como, por ejemplo, la bandería republicana asocia hoy a Obama con Cuba y Venezuela. También fue denostado como de cobarde —por salir del país en 1781 en vez de quedarse para batirse contra los ingleses—, mala paga y chulo de un harén de morenas congolesas en Monticello (Jerry W. Knudson, Jefferson and the Press: Crucible of Liberty, University of South Carolina Press, 2006, p. 52). Del otro lado se insuflaba que Adams casaría a su hija mayor con un pariente del rey británico GeorgeIII, para alzarse con linaje real, y había entrado de contrabando prostitutas londinenses que prestarían servicio en la mansión presidencial.

Así quedó sentada la tradición electorera de tostar granos de verdad con aceite falaz para dar sabor partidista. Algo que parece ser muy productivo en época de elecciones, cuando el común de las personas se precipita como ciudadano a los niveles más bajos de higiene mental, ya que se quiere porque se quiere y preferir ha sido siempre preferir, esto es: la racionalidad se contrae a la percepción y da cabida al truco.

Ilustración © The New Yorker

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