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Carta sobre el canon

Enviado por en noviembre 17, 2012 – 5:07 am

Emilio Ichikawa

Una vez escribí un ensayo claramente oportunista titulado «Itinerario habanero de Jürgen Habermas». Está disuelto e incluido en los libros El pensamiento agónico y La escritura y el límite, que son oportunistas también, porque tratan de seducir a un lector curioso del contexto político de la escritura, no de la escritura misma. Como quiera, creo que el exotismo histórico es una ventaja que —cuando se tiene— el autor tiene derecho a rentar, aunque se sabe que los méritos «contextualistas» no deben primar en la consagración canónica, más «internalista», textual.

Digo que «Itinerario habanero de Jürgen Habermas» es oportunista porque, en lugar de centrarse en la génesis de teoría o en la calidad de la prosa, buscaba insertarse en cierto campus pulsando la compasión política del centro, expectativa proclive a traducirse como piedad epistémica; satisfaciendo y asumiendo la división internacional de estereotipos. Por eso es que el problema del pensamiento no es ya tanto el de colaborar o no con un gobierno o empresa, sino el de excluirse o insertarse en la red simbólica global.

Así que también estas notas hubieran podido llevar el título de «Itinerario habanero de Harold Bloom», donde incluiría una meditación o recuerdo sobre la «recepción» del libro The Western Canon: The Books and School of the Ages, que en versión al español circuló en la Cuba (más bien La Habana) que yo conocí como El canon occidental.

Como el debate cubano en torno al canon fue (como casi todos los debates cubanos) un asunto político, cruzo las coordenadas. Hacia mediados de la década de los noventa del pasado siglo, Cuba había resuelto probar con la economía de mercado y acentuar los rasgos nacionalistas de la ideología. La incertidumbre ante el quiebre del comunismo en Europa del Este se había sorteado: los dirigentes cubanos creyeron que podían convertir una opción política en un rasgo de la identidad nacional.

Con la llamada crisis del marxismo soviético (más bien la pérdida de prestigio) no terminó el estilo o reflejo intelectual de importar filosofías, de protegerse tras paradigmas metropolitanos; sencillamente se reorientó hacia flujos plurales donde destacó, primero, la reconquista espiritual española con su cúspide en el medio milenio de «la llegada»; y luego, el despliegue como un frente de la «academia norteamericana». Este desembarco lo consideré una vez el movimiento cultural más avasallador importado a la isla, incluyendo a la conquista española. Por demás, la perspectiva norteamericana estuvo favorecida por una querella personal entre José María Aznar y Fidel Castro, que hizo que Cuba se inclinara hacia el lado norteamericano en la rememoración de los cien años de la intervención norteamericana en el conflicto colonial cubano-español en 1898.

Los vectores de esto que llamo a grandes rasgos «la academia norteamericana» eran más bien profesores de literatura, idiomas y humanidades con sensibilidad social. En sus portafolios cargaban, junto con el honesto deseo de ayudar a un país y a un gremio en dificultades, modalidades disciplinarias del relativismo epistémico: latino estudios, estudios culturales, estudios y reivindicación de minorías. Ellos se imponían encontrar en el homogéneo mapa oficial (canónico) de la sociedad totalitaria, grupos análogos a los que reivindicaban en su país.

El levantamiento del pluralismo social orientó también a los profesores de literatura que visitaron la isla, quienes insistieron en encontrar novelas, cuentos, poemas, ensayos…, que reivindicaran sectores y causas que temáticamente respondieran al coto de justicia social que les sensibilizaba.

Frente al renovador pluralismo fraccionario (que ya en los años ochenta había celebrado el postmodernismo habanero), hubo visitas de académicos norteamericanos que sugirieron una restitución de la gran mirada. Fueron los casos del teórico marxista Immanuel Wallerstein y del historiador Charles Tilly, quien con toda claridad advirtió en la Universidad de La Habana que el postmodernismo y los estudios culturales habían malogrado a una generación de brillantes historiadores norteamericanos.

Como podrá entenderse, la referida insistencia de la política gubernamental en ideologías totalizadoras como el nacionalismo y el propio socialismo, también fue una fuerza que contendió el relativismo de moda. Y lo fueron también las publicaciones de intelectuales y figuras de la Iglesia Católica de Cuba que promovieron una comprensión de la historia centrada en los macro valores de su institución. El propio Vaticano apoyaría este intento, y con el tiempo el cardenal Tarcisio Bertone acabaría disertando en la Universidad de La Habana, haciendo una crítica explícita al relativismo cultural.

En medio de esta tensión habría que entender la llegada a predios intelectuales de la isla, en los años noventa, de capítulos, reseñas y finalmente del libro El canon occidental de Bloom. La recepción tuvo un momento de frivolidad que, atendiendo a los patrones culturales de la isla, no es él mismo frívolo. Desde la llamada polémica filosófica del siglo XIX en Cuba, todos estos elementos «sociales» relacionados con el desarrollo del saber pueden resultar definitivos en más de un aspecto. La crítica se dio cuenta de que en el segmento que Bloom dedica al canon en Latinoamérica había seis escritores de origen cubano, de un total de dieciocho. Se especuló entonces sobre las razones de la proporción, y se manejaron argumentos que van, desde la arbitrariedad del autor, hasta la natural disposición de «el cubano» para fabular. Después, como ya había sucedido en España, se empezaron a proponer cánones nacionales, lo que trajo lógicas disputas en el gremio literario y sus alrededores. Hace muy poco, la publicación literaria El Caimán Barbudo se atrevía a proponer una lista de las diez mejores novelas publicadas en la isla entre los años 2000 y 2010.

Como quiera que sea, la axiología profesional y gremial contenida en el libro de Harold Bloom contrarrestó el relativismo que se le había propuesto a la cultura cubana de la época, y muchos escritores regresaron al sueño de integrar la lista de autores universales, antes que el de ser famosos por un mes o invitados en eventos. (En el libro La influencia de Harold Bloom (Valencia, 2012) editado por los profesores Antonio Lastra y Carlos Ardavin)

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