Cuba

Noticias, notas y artículos sobre Cuba

Colaboraciones

Artículos y ensayos de colaboradores

Correo

Opiniones y cartas del lector

US-Mundo

Noticias y notas sobre Miami, US y el mundo

ei

Artículos y ensayos de Emilio Ichikawa

Inicio » Colaboraciones

Anticastrismo y charlatanería política

Enviado por en noviembre 8, 2012 – 0:09 am

Arnaldo M. Fernández

Una noticia histórica en Granma: que 60 años atrás Fidel Castro volvió a matricularse en la Universidad de La Habana (UH) —esta vez en la escuela donde estudió su esposa: Filosofía y Letras— acredita que «la severa cautela» definió de entrada a su movimiento político y cabe añadir que así se manifiesta la voluntad de poder inequívoca de Castro, en marcado contraste con los ademanes del exilio y la disidencia interna orientados más bien a la resonancia mediática. Desde la malograda expedición de Cayo Confites (1947) contra el dictador dominicano Trujillo, Castro había aprendido no sólo «cómo no se debe organizar algo, [sino también] cómo hay que escoger a la gente».
Así lo haría para configurar su movimiento, sobre la base instrumental de que hasta «un lumpen bien preparado puede ser bueno» (página 125). Como «revolucionario profesional», Castro recorrió alrededor de 50 mil kilómetros en un Chevrolet beige para reclutar y organizar unos 1,200 hombres, casi todos de la Juventud Ortodoxa, pero sin que se enterara el presidente de esta organización, Max Lesnik. Tan es así que Lesnik sostiene aún la versión disparatada de que Castro planeó el asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 porque ese mismo día tendría lugar una asonada militar en el campamento militar de Columbia.

Aunque guardaba amistad con Lesnik, Castro mismo explica en su Biografía a dos voces (Debate, 2006) por qué lo dejó fuera: «Uno no debe confiar en alguien simplemente porque sea amigo» (página 99). Así que despachó a Lesnik como uno de los muchos «dirigentes oficiales del Partido Ortodoxo [que estaban] en la charlatanería política» (página 121) e incluso se despegó de —«un hombre bueno, decente»: el profesor Rafael García Bárcena, porque quería atacar Columbia, pero en vez de guardárselo para hacerlo con el grupo de Castro, «habló como con treinta organizaciones y a los pocos días toda La Habana, incluso el ejército, sabía lo que preparaba [y] todo el mundo cayó preso, incluido el profesor» (página 117).

La cautela referida en Granma tiene que ver específicamente con las prácticas de tiro en seco dentro del Salón de los Mártires de la UH, bajo la dirección del estudiante de ingeniería Pedro Miret y con apariencia convincente de actividad deportiva. Castro re-matriculó para tener libre acceso a la UH, pero no dio la cara en aquellas prácticas y entrenó a su gente con escopetas cargadas en los clubes de tiro de La Habana. Esa severa cautela derivaba de la clandestinidad como clave lógica estratégica para tumbar al dictador Fulgencio Batista.

La disidencia que predica terminar con la dictadura de Castro parece tener otra lógica, sin mostrar ni por asomo voluntad de poder. A la cautela se antepone, tal como dice Castro, la búsqueda de «materia prima para la publicidad y declaraciones de todas clases» (página 393) por Internet, radio, televisión y prensa impresa extranjeras. No hay indicio de que la oposición a Castro pueda llegar al poder por las armas, pero tampoco de que se empeñe en hacerlo por las urnas. Así el anticastrismo queda sin definición política, como un balsero que no encara la disyuntiva pies secos-pies mojados, sino que se aferra a la tabla de un tercero excluido.

Tras consolidarse históricamente como el único exiliado que desembarcó en Cuba y llegó al poder, Castro selló su ejercicio dictatorial con la proclamación constitucional del socialismo irrevocable, que arrebató a la Asamblea Nacional el poder constituyente de cambiar el sistema. Al respecto Castro hizo un llamamiento sin apuro por una Cuba peor e imposible, el cual reza: para revocar el irrevocable socialismo no queda más remedio «que hacer una revolución, mejor dicho, una contrarrevolución» (página 555).

La bandería anticastrista puede lograr mayoría en la Asamblea Nacional y «desde el poder hacer la contrarrevolución, por vías legales» (página 556). Tendría que proceder después como el propio Castro: «recoger equis millones de firmas», aunque Castro cree «que jamás podrán» (página 556). Y así será mientas los disidentes recojan firmas y más firmas para tal o cual cosa en vez de recoger votos y más votos para luego recoger firmas.

Recoger votos entraña una labor paciente y cautelosa de proselitismo entre cubanos, que no propicia premios Sajarov ni doctorados honoris causa, ni presencia en Internet, Radio Martí u otros medios, ya sea en huelga de hambre o guateque. Pero la lógica mediática viene reduciendo el anticastrismo a charlatanería política y al disidente a una figura de igual proyección estratégica que cualquier otro cubano, que otro ser humano: pasar la vida lo mejor que se pueda como se pueda.

-Ilustración © Corbis.

Share