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Meditación cruzada

Enviado por en agosto 5, 2012 – 10:05 am

Emilio Ichikawa

Una generación de pensadores marxistas se preguntó un día: Si la crítica al capitalismo está, en lo fundamental, realizada: ¿por qué entonces sobrevive el capitalismo al cuestionamiento que se le ha hecho? La perdurabilidad del capitalismo sobre su crítica fue tan rotunda, que ya en los años ’70 se forma a la defensiva y el gran problema teórico pasa a ser la dilucidación de si por fin era cierto que el capitalismo tenía límites. Como aliño a esto, la admisión del capitalismo por el Partido Comunista de China, la presidencia de Carter en los EEUU que aproximaba linderos, y el paso del comunismo europeo, sobre todo en España e Italia, a fórmulas socialistas más moderadas, certificaron que la confrontación de gobiernos burgueses o el afianzamiento de regímenes comunistas, no implicaban necesariamente pasos en contra del capitalismo.

En un extremo de la teoría, re-apareció una vieja respuesta: el capitalismo no tiene fin social, en tanto es el punto de llegada de la historia. Representa lo más cercano a la naturaleza dentro de lo socialmente posible. Si la célula del capitalismo es la “mercancía”, si el capitalismo puede convertir en mercancías a las críticas que se le hacen, a las revoluciones que se le encaran y logra incluso asalariar a los teóricos marxistas y los guerrilleros, entonces, es posible pero a la vez fútil contestar al capitalismo. Aunque se le ha objetado la traslación conceptual desde la biología a los estudios de sociedad, Niklas Luhmann hizo la operación adecuada al concebir al capitalismo como un tipo de sistema cerrado, “autopoiético”, que no solo funciona en los ciclos de crisis sino además en los límites del fin.  

En diferente nivel pero en el mismo sentido, creo que se puede considerar que la crítica al castrismo está suficientemente realizada. No es difícil comprobar que hoy hacen crítica al castrismo personas que hace diez o quince años eran más parcas en el tema. Como decía un amigo viajero, no hace falta más que llegar a plazas (grupos de intelectuales y artistas) de América Latina donde antes había entusiasmo con Castro, para comprobar que el mismo ha desaparecido. Eso sí, conservándose ciertas consideraciones al tipo de sociedad emergida del proceso sociopolítico conocido como revolución cubana.

El resultado es claro: no se ha podido vertebrar un movimiento social, sindical y mucho menos político capaz de contestar efectivamente al castrismo, pero su crítica “teórica” esta más o menos conseguida y el rebajamiento de su imagen es notable. De modo que, a esta altura, quienes siguen defendiendo a Castro y la revolución cubana lo seguirán haciendo. De hecho la dilatación del poder político cubano desde el 2006 al 2012 es tan notable que se puede reformular la pregunta del inicio: ¿Cómo y por qué puede sobrevivir el castrismo a su propia crítica?   

La respuesta en el mismo marco teórico enunciado puede ser descorazonadora: el castrismo ha ascendido a algún tipo de regulación “autopoyética” y logra energizarse a partir de sus propias crisis (reales o inducidas por la propaganda en su contra) y hasta del sentimiento de la inminencia de su fin.

Por supuesto que en la literatura actual sobre el problema cubano pueden encontrarse otras explicaciones para esa longevidad: la agudeza del liderato, la represión, la tolerancia de EEUU (como parte de una “teoría de la conspiración” vernácula), el apoyo popular, etc. Hay otro argumento que se impone con fuerza aunque es difícil de reconocer, y es que el punto de llegada del castrismo es lo suficientemente llevadero como para que en última instancia se considere racional mantener el estatus quo por él generado (para amigos y enemigos; dentro y fuera de la isla).

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