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El Uno y las minorías (II – Final)

Enviado por en mayo 7, 2012 – 17:11 pm

Arnaldo M. Fernández

Al despachar como puro nominalismo al Grupo Minorista, Alberto Lamar Schweyer (1902-42) deslizó otra clave de la dimensión vertical de la democracia: la minoría de selección, que sólo por la regla de mayoría electoral pasa a gobernar. Si esa minoría gobernante conjuga o no su posición arriba con el mérito da pie forzado al problema de legitimación. Los grupos minoristas de la disidencia en Cuba no han dejado de abordarlo con letanías verbales, escritas e incluso gestuales, propias de la dimensión horizontal de la democracia [discusión para formar opinión y voluntad políticas] sin preocuparse por la dimensión vertical, que reduce las soluciones del problema de legitimación a la guerra o las elecciones.

A este respecto cunden las siluetas intelectuales, que van desde el hallazgo del «socialismo actualizado» en un mamotreto del único partido hasta un mamotreto académico para pedir peras de libertad de movimiento e inversión al olmo totalitario, como si no se supiera de antemano que nada esencial se actualiza en el castrismo, salvo para preservarse, y que cualesquiera libertades llegarán sólo hasta donde garanticen la preservación.

Ya desde su libro temprano de crítica y filosofía Las rutas paralelas (Imprenta El Fígaro, 1922), Lamar Schweyer mostró recelo hacia el constructo histórico-social denominado nación cubana, por el arraigo en ella del conformismo, y esbozó el remedio de dar orden y dirección según la pauta del darwinismo social. A diferencia de otros intelectuales cubiches de su época, que pasaron por diversas estaciones del cambio ideológico, Lamar Schweyer mantuvo su línea de pensamiento y no vaciló en dar a imprenta el ensayo de sociología [latino]americana Biología de la democracia (Minerva, 1927) con su idea de perfilar el tinglado estatal conforme a la experiencia:

  • La democracia deriva en «demagogia trascendente» y la libertad es «sueño irrealizable dentro del espíritu de desorden» (páginas 60-61)
  • El caudillismo persistirá como «vicio social y carácter psico-biológico», máxime si el desorden sólo puede paliarse con gobierno unipersonal por encima de los partidos políticos (páginas 91 y 95)
  • El derecho al voto cede ante “el deber de votar por el caudillo” (página 129)

Ya sea por sugestión o terror, armas o demagogia, o por combinación de unas y otros, el quid de la teoría del Estado de Lamar Schweyer radica en dar relativa unidad a los grupos desordenados para evitar que la sociedad discurra por entre guerritas civiles. El profesor de sociología Roberto «Masaboba» Agramonte (Universidad de La Habana) dio a Lamar Schweyer respuesta académica incendiaria con el ensayo de solución La biología contra la democracia (Minerva, 1927), que abogaba por las elites intelectuales como la mejor minoría gobernante. Sólo que el propio «Masaboba» daría la prueba de invalidez práctica de su réplica teórica.

Luego de proseguir el empeño «ortodoxo» de Eddy Chibás en desbancar al gobierno «auténtico» —condenado al fracaso en las urnas tras configurarse la «séxtuple alianza» de partidos políticos [quedaron fuera solo los partidos batistiano y comunista] alrededor del candidato auténtico Carlos Hevia y relegado a mitología populista por el marzazo (1952) de Batista—, «Masaboba» sería canciller del gobierno provisional revolucionario (1959), repleto de intelectuales, hasta que Castro ejecutó de un soplo su decisión previa de no contar con intelectuales politiqueros nada más que llegara el momento oportuno. «Masaboba» transitó callandito al fondo bibliográfico.

Lamar Schweyer había corrido antes igual suerte, como consecuencia de la caída del general presidente Gerardo Machado, y fue a dar a Francia, donde admiró al gobierno del mariscal Petain en Vichy hasta que tuvo la ocurrencia de limpiarse un oído con un palillo de dientes. Lo hizo tan mal que terminó muriendo de la infección. Sin embargo, su tránsito al fondo bibliográfico parece haber sido más productivo con relación a otros intelectuales.

Lamar Schweyer mantuvo su tesitura frente a las siluetas intelectuales escandalizadas por su apología de la dictadura machadista. Incluso subió la parada con La crisis del patriotismo (Editorial Martí, 1929). Aquí resumió los logros de casi treinta años de república poscolonial en «tener una bandera y un escudo». De paso advirtió que el orden social en Cuba «solo podía afianzarse en la breve tradición revolucionaria, puesto que nos falta tiempo para que cristalice una tradición nueva y el espíritu republicano ha claudicado con toda la secuela de males políticos» (página 106).

Fidel Castro debió haber tenido en cuenta este diagnóstico para hacer su revolución y formar su grupo político, que se identifica como elite controladora por entre las innumerables peripecias de aquella revolución y prevalece justamente por haber resuelto a lo Lamar Schweyer el problema de orden y dirección de la nación cubana al gobierno de uno.

-Primera parte

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