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MIAMI y las palabras del empresario Carlos Saladrigas en La Habana (I)

Enviado por en abril 1, 2012 – 8:46 am

Emilio Ichikawa

Adhesiones, observaciones críticas y algunas sospechas, han provocado en Miami las palabras del empresario Carlos Saladrigas en La Habana. Una conferencia titulada “Cuba y su Diáspora: Actitudes y políticas que debe adoptar la diáspora para reintegrarse en Cuba”, ofrecida en el Centro Félix Varela el pasado viernes 30 de marzo de 2012. Es decir que, salvo la indiferencia, la charla de Saladrigas ha cubierto casi todo el espectro de reacciones posibles.

Entre las adhesiones se cuentan algunas pletóricas de entusiasmo, donde se percibe a Saladrigas como un pionero del exilio histórico tradicional que habría sabido superar su justo encono (“Muchos, como mi padre, en la cima de sus vidas, tuvieron que troncharlas y empezar de nuevo“, evocó Saladrigas en La Habana) y decidirse a ir al encuentro con el país, su gente y hasta lo mejor “conservado” por la revolución cubana. Se habla de toda una tendencia, de un grupo dentro del que se citan, además del de Saladrigas, los nombres de Carlos Alberto Montaner y Marcelino Miyares. No se sabe si Montaner ha ido esta vez más allá de la evidente fascinación periodística que le provoca la nomenklatura comunista (no solo cubana) y ha pedido visa para entrar a la isla; pero sí lo ha hecho (sin resultados óptimos) Marcelino Miyares, que fue miembro de la Brigada 2506. Un “mercenario” de Girón, para decirlo con el re-actualizado vocabulario de La Habana. Como ya saben, aquello de “guerra civil” de la era tardofidelista, se terminó.

Según pude comprobar anoche mismo, en círculos anticastristas duros de Miami, donde Saladrigas no suele ser muy considerado, se ha concedido que esta vez el empresario “por lo menos ha ido allí y se lo ha dicho en sus caras”. Por ejemplo: “… son exilio histórico aquellos que vieron su juventud marchitarse encarcelados por disentir”; o “… políticas migratorias que no han sido actualizadas, y que someten a los cubanos de la diáspora a la humillación de pedir permiso para regresar a nuestro propio país de origen”. Precisamente en Miami se comenta lo humillante que debe haber sido el rebajamiento de Saladrigas ante las autoridades migratorias cubanas; a las que ha solicitado permiso -sin conseguirlo-, casi una decena de veces.

Este “reconocimiento” por parte de exiliados a Saladrigas tampoco implicaría un asentimiento duradero, porque la filosofía que reina en algunos anticastristas de Miami no es ni siquiera que el diálogo con las autoridades no sea necesario, o deseable, sino que es imposible. Y lo es porque creen que la consecuencia inevitable de un acercamiento a La Habana es la devaluación moral del propio dialogante (ellos) ante los ojos de un gobierno cuyos miembros (sobre todo los militares) manejan una eticidad muy específica: “Esa gente son más matreros que nosotros. A mí el que me ofrezca diálogo le hago caso ese día y al siguiente le doy la espalda. Eso mismo va a hacer Castro con nosotros si le pedimos visa. Y eso mismo va a hacer con Saladrigas.” La predicción de algunos exiliados de Miami es que más temprano que tarde (sobre todo si acontece la novedad de otros millonarios y celebridades miamenses viajando a La Habana) Saladrigas caerá en desuso. Como otro adelantado de la conquista que no toma parte en la colonización; aunque se lleve la gloria del descubrimiento.

En cuanto a las sospechas, el discurso de Saladrigas ha movido varias. Primero, no están muy definidos sus interlocutores; o son demasiado grandes, “fuera de talla”: la nación, el pueblo, los gobiernos de Cuba y los EEUU… Tampoco se sabe a quién quiere convencer Saladrigas para que viaje a Cuba, para que “adopte una actitud” (como sugiere el título de su charla) que le permita participar en la vida de ese país, cuando eso es ya un hecho para miles de cubanos residentes en Miami. Para ellos, la invitación realizada por Saladrigas resulta fútil y tardía. Claro que no lo es, sin embargo, si Saladrigas envía ese mensaje a empresarios y gente con proyección política de la comunidad, sus amigos de grupo o sector; o a personas entregadas a una inercia, a la costumbre o tabú (más que al principio) de no viajar o relacionarse con “lo que hay” en la isla. O sirve también si Saladrigas sencillamente intenta marcarle a la opinión pública su creencia al respecto; o defiende su chance (“Mi generación… está llegando a una edad donde ya podemos vislumbrar el final de nuestros caminos”). En cualquier caso, más que como un político, el empresario se estaría proyectando como un promotor o un “motivador”.

Entre sonrisas indulgentes, se piden otros detalles del camino al triunfo de Saladrigas (“… llegamos a EEUU en un momento de enormes oportunidades económicas”), porque su experiencia en la acumulación de dinero no solo puede ser útil para los cuentapropistas de Cuba sino para muchísimos cubanos de Miami que desearían aumentar sus cuentas bancarias. En ese mismo sentido, cuando Saladrigas menciona a los extremistas de aquí y de allá, los dogmáticos de aquí y de allá, etc., tampoco precisa nombres, por lo que el lector se queda sin “representación” del mal y finalmente no sabe exactamente qué paradigma sortear, o imitar.

Por demás, hay algunas tendencias exiliares concernientes a los cubanos que a Saladrigas se le quedan silenciadas en su conferencia. La primera, la progresiva ruptura de la dicotomía “me fui-no me fui” por parte de la “imaginación migratoria” de cubanos de Miami que se han inventado una residencia doble, dinámica e intermitente, tanto en la isla como en esta ciudad. No es raro encontrar cubano-miamenses que comparten el año mitad-mitad, o 1/3 -2/3 entre Guanabo y Hialeah, o entre Kendall y Centro Habana. Para ellos, el estilo autoritario (“Actitudes y políticas que debe adoptar la diáspora…”)  y el estado emocional (a veces muy kitsch) del discurso de Saladrigas es obsoleto.

Súmese este hecho a otro síntoma importante: la cantidad creciente de cubanos residentes en la isla que visitan Miami y regresan a su país; o permanecen en Miami por largo tiempo jugando siempre con el “seguro migratorio” de la posibilidad legal de regreso. De esta actitud se comentan al menos dos razones:

1-No les “conviene” quedarse.

2-No les “gusta” lo que ven por aquí (como para vivir).

Son elementos ya menos trágicos, o patéticos, que los que predominan en la conferencia de Saladrigas. (Continuará)

-IMAGEN: the comics journal

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