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Hacerse filósofo

Enviado por en febrero 1, 2012 – 15:15 pm

Ysmael Mena

El Dr. Jonathan Israel (Instituto de Estudios Avanzados – Princeton, Nueva Jersey) concluyó con Democratic Enlightenment (2011) su paso tan chévere alrededor de la Ilustración, luego de haber dado The Radical Enlightenment (2001) y Enlightenment Contested (2006). La triología deja sentado que la Ilustración fue respuesta cultural atinada al dilema sociohistórico de confluencia de tradiciones y cambios. A romper con aquellas y promover estos se dedicó ante todo un septeto de filósofos: Francis Bacon, René Descartes, Thomas Hobbes, John Locke, Pierre Bayle, Gottfried Leibniz y sobre todo Baruch Spinoza, quien generó una amplia red clandestina e internacional de lectores, que luego se revirarían contra la autoridad tradicional.

Así, Israel empuja la ilustración más acá de 1650 y consigue trenzarla con hilos no sólo intelectuales, sino también socioeconómicos y políticos, para sacar un tejido más bien raro en los telares historiográficos. El núcleo duro de que las cosas tienen que justificarse —en vez de aceptarse a ciegas por letanía o costumbre— se revela ejemplarmente con Spinoza, clasificado por Israel como «primer gran filósofo democrático», ya que no sólo aventajó al resto del septeto en echar plomo racional contra la autoridad eclesiástica —incluyendo la providencia divina—, sino que también abogó por la libertad de pensamiento y expresión como consustancial a la libertad de conciencia. La Ilustración radical tendría que pasar por entre clandestinaje, chivatería y condena hasta la década de 1770 e Israel propone que emergió más bien de sefardita que se ganaba la vida puliendo lentes en Ámsterdam y decidió hacerse filósofo. La genealogía tradicional deriva de la imbricación de ciencia y conciencia desde Locke y Newton a Voltaire hasta desembocar en la Revolución francesa. Al apartarse de tal generalogía y enfocarse en Spinoza, Israel trae de nuevo a colación que la filosofía encierra de algún modo significación política. La Ilustración se habría tornado radical desde la perspectiva panteísta de Spinoza, que rebajó la autoridad de la religión —y de los Estados nacionales vinculados a ella— para dar rienda suelta al torrent de l’esprit philosophique y romper el dique que Iglesia y Estado habían alzado alrededor del conocimiento. Al parecer el contexto cubano propicia, mutatis mutandi, que la gente tenga que hacerse filósofo a lo Spinoza, sólo que siendo consecuente y nunca por posar para la prensa o la tribu.

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