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El partido único (II)

Enviado por en febrero 19, 2012 – 0:01 am

Mijaíl Cuesta

El Estado democrático —por mera representación— poscolonial en Cuba estuvo viciado de origen —por caudillismo y fraude electoral—, pero la verbena multipartidista convenía a todos los partidos políticos, igual de irresponsables que la prensa. Los líderes eran jefes políticos oportunistas y de clientela, tan pendientes de beneficiarse en las urnas como de salvar la bolsa si fracasaban. Sus partidos esperaban el turno para gobernar, esquilmar a la nación y seguir andando en la oposición tras llegar el turno de otro. Esta liebre saltó con fuerza desde que el primer presidente de la república, Tomás Estrada Palma, se afilió al Partido Moderado (febrero 1, 1905) para buscar re-elección, armó hasta «gabinete de combate» (marzo 6, 1905) y propició así la primera guerrita civil (agosto 17 – septiembre 29 de 1906).

El régimen pluripartidista no solo acarreó irresponsabilidad y desorden, sino que también dividió a la nación cubana. Todo lo particular y egoísta en su seno daba pie a separar a la gente para formar partidos. Tal como resumió el militante católico Ángel del Cerro a poco de triunfar la revolución de Castro, «salvo el partido comunista, los demás han sido más bien hasta ahora núcleos transitorios de intereses asociados, sin sustancia doctrinal» («¿A la derecho o la izquierda?», Bohemia, mayo 1 de 1959, página 76).

Siempre fue vana la pretensión de que múltiples partidos formaban discursivamente la opinión pública ilustrada en Cuba. La prensa debatía cuestiones de interés público, pero derivadas del rejuego parlamentario que dejaba fuera a los intereses más generales de la nación. No en balde el régimen pluripartidista generó —mediante elecciones— gobiernos corruptos y dictaduras por golpes de Estado, que acreditaban la fragilidad del tinglado republicano poscolonial. Sus males fueron soportables hasta la crisis de identidad nacional desatada por la última dictadura (1952-58) de Batista, quien con su caída arrastró al multipartidismo irresponsable. Para llenar este vacío político nada mejor que el partido único: la única institución de la modernidad implícita en la noción misma de Estado.

El Estado castrista arraigó como Estado de nuevo tipo al representa el ideal sociopolítico de la nación. Ese Estado de ideales abrió un abismo insalvable con respecto al Estado democrático liberal de la república poscolonial, porque conduce a la nación hacia el logro de su identidad racional, esto es: la conciencia de los ciudadanos de vivir bajo leyes propias y en busca del objetivo acordado, con la convicción de que el Estado absorberá las inseguridades de la modernidad, donde las democracias liberales apenas pueden controlar su entorno.

-Ilustración: Fulgencio Batista fue presidente por última vez con 1,262,587 votos (45.1%) en elecciones (noviembre 1, 1954) sin oposición, que contaron —según el propio gobierno batistiano— con la participación del 52.44% del electorado.

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