A una década de Bourdieu
Gustavo Silva
La revista Sciences Humaines conmemoró el deceso (enero 23, 2002) del sociólogo francés Pierre-Félix Bourdieu con número especial (febrero-marzo) que subraya haberse agarrado Bourdieu de una sola idea: que no hay ideas puras. Su experiencia vital en el liceo (algo así como preuniversitario) y la Escuela Normal Superior aguzó los sentidos para descifrar las reglas del juego intelectual y el rejuego manipulativo del lenguaje en ejercicio del poder simbólico. Desde la escuela —como tamiz de selección social— hasta el arte se instrumentalizan para la dominación. A contrahílo de Kant, Bourdieu se empeñó en demostrar que aun el gusto estético se vincula a la búsqueda de prestigio social. Las ideas filosóficas salen al ruedo como argumentos, pero no serían otra cosa que resultado de rutinas mentales en determinado plexo social: Dime qué lugar ocupas en la sociedad y te diré qué piensas. Por ahí Bourdieu se propuso llegar a la ciencia de la obra literaria —desde la biografía del autor, pasando por «el campo» (político, artístico, intelectual), hasta la singularidad de la creación—, pero ya era demasiado atorrante. Todo para decirnos que si no se observan los códigos de conducta en el entorno social específico, tarde o temprano uno queda fuera del juego por efecto de la violencia simbólica, que el propio Bourdieu ejerció con ejemplaridad. No en balde su profesor Raymond Aron (1905-83) se atrevió a tacharlo de «líder sectario, confiado en sí mismo y dominante, experto en intriga universitarias y despiadado con quienes pudieran hacerle sombra». Ni qué decir del embaraje de Bourdieu frente a sus críticos: replicar que no habían comprendido su argumento o guardar escandaloso silencioso si habían acertado. Así quedó demostrada su propia tesis seminal: incluso el pensamiento de Bourdieu dista mucho de ser puro.

