Cuba y Ciorán
Emilio Ichikawa
Un día del año 1998 –lo tengo anotado por aquí-, mientras en Camagüey se coreaban consignas como “Juan Pablo, hermano, ya tú eres cubano”, “Unodosytré, ¡Qué Papa más chévere…!” y “Libertad, libertad”, el poeta Víctor Fowler comentó ante un televisor de la Biblioteca Nacional José Martí: “Ya es hora que en Cuba aparezca un Ciorán”. Era cierto: se percibía entonces el advenimiento; al menos en la forma menor de interés por su obra.
El problema es que Ciorán exige un poco de amargura y de tranquilo -productivo- dolor. Presupone vulnerabilidad, exposición; suficiente ingenuidad para ser traicionado y adquirir, con el desengaño, cierta dimensión de profundidad. Mas como debe saberse, para ser traicionado es requisito creer previamente en algo o en alguien; y los cubanos nos hemos vuelto gente incrédula. Por demás demasiado precavidos y siempre alertas. Con la guardia en alto. No necesariamente frente al imperialismo, sino contra nosotros mismos.
Ciorán, como intuyó Fowler Calzada, es algo como que se cae de la mata en autoritarismos que se auto-reforman; en transiciones inminentes. No existe Savater sin Ciorán. Ni movida democrática (trátese de Madrid o La Habana) sin un sabotaje moral a las normas establecidas por el régimen (o “sistema”: Jardines Chacón dixit) dominante. Como bien captaron las autoridades culturales cubanas: no hay libertad sin “chupi-chupi”.
Savater comienza con Ciorán el despegue de su carrera filosófica. Y Abellán con Schopenhauer. Y casi todos los filósofos españoles de los 60-70 con Nietzsche, que es una suerte de reguetonero del Ser. Así como la prensa oficial cubana se pregunta si el reguetón es música, la academia alemana dudó (y negó) durante mucho tiempo que los escritos de Nietzsche fueran filosofía. Y ya ves… y yo sigo pensando en ti.
Ciorán hizo un amago en la cultura cubana con los “Nuevos pensamientos de Pascal”, insertados por Reinaldo Arenas en su novela El color del verano. La página de un genio: irreverencia, ironía, distanciamiento, sorna… Pero todavía un déficit de amargura. Se entiende: para el cubano el sufrimiento es ridículo. La muerte incita al odio, que es exhibicionista; no al recogimiento, al pesar centrípeto, íntimo o privado.
Lo de socialismo y propiedad colectiva no es una alienación cultural. De ningún modo. Como no lo es la carta colectiva como género literario; ni la declaración pública como forma crítica; ni la marcha combatiente, en la calle o Internet, como ademán de realización democrática. Todo lo anterior: cubanísimo.
La mujer del César, entiéndase, debe parecer la mujer del César solamente cuando el César es débil; o tiene el poder en peligro y a los bárbaros a las puertas de Roma. Mientras la verdad del poder no esté en riesgo, la mujer del César puede darse el “lujo” de parecer cualquier cosa: incluso la amante de Marco Antonio.
-ILUSTRACIÓN: “Brain Power”, by Alen Lauzán: brainbasedbusiness.com

