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“Socialismo participativo” es una redundancia; “más participativo”, un error

Enviado por en septiembre 22, 2011 – 10:30 am

Emilio Ichikawa

La frase “un socialismo más participativo” es seductora. Cualquiera puede pensar que es también deseable; pero entraña un equívoco: Si algo caracteriza a una sociedad socialista de matriz unipartidista como la cubana, es precisamente la “participación”. Luego, el reclamo puede incitar a exagerar una virtud, lo que ya equivaldría a un defecto.

Los comunismos política y mentalmente existentes –como utopías escritas-, son diseños sociales de fundamento colectivo. Ellos confían en que es el compromiso unitario de la masa la garantía de que pueda valer, después y dentro de ella, la identidad individual. El dictum más famoso de El manifiesto comunista llama a la “unidad” y pretende un paroxismo “participativo”.

Es por esta razón que los reformadores de las sociedades socialistas, más que en el sentido de la “participación”, han tendido a empujar la sociedad creada hacia el fortalecimiento del espacio privado, cuyo núcleo es lo íntimo. Las experiencias totalitarias generan un hastío movilizativo tras la demanda extrema de compromiso y “participación” social. En Miami, por ejemplo, los líderes políticos del exilio le reprochan ese demarque a las nuevas generaciones, saturadas de efemérides patrióticas, firma de compromisos y desfiles por una causa o la otra. Un héroe cubano de la Perestroika fue aquel personaje de la película soviética “El mensajero” que en medio de La Cinemateca de Cuba se le escuchó decir: “Yo sueño con ser un cero a la izquierda”.

Creo entender que las llamadas “reformas raulistas” captan correctamente esta situación y se han propuesto tolerar, e incluso propiciar, la desmovilización de todas aquellas “participaciones políticas” que interfieran la racionalidad económica. Si alguien prefiere ver la Telenovela, vigilar la siembra o amasar la harina de la pizza que va a vender al otro día, en lugar de “participar” en las reuniones del Poder Popular, debe respetarse. Las “reformas” tienden a estimular el interés individual y familiar, la propiedad privada y el comercio; y confían en que a través de esas segregaciones se pueda aportar a lo social. No al revés. Las “reformas” implican -en esta etapa- menos el derecho al que está en contra, que el respeto al que no quiere estar a favor.

La movida está en letra, en los “Lineamientos del VI Congreso del PCC”: una reivindicación del individuo ante el municipio, del municipio ante la provincia y de la provincia ante el país. La reivindicación del país ante el mundo es lo que cierra la cadena y ya es materia de política exterior.

El capitalismo moderno tiene un punto de arranque diferente: el individualismo, el egoísmo, la privacidad que, radicalizada, se experimenta como soledad. De ahí que los reformadores del capitalismo, entonces sí, tiendan a inclinar la balanza al lado de la “participación”, el compromiso, el colectivismo. La frase “un socialismo más participativo” suena bien en los medios internacionales porque parece firmada por un humanista de una democracia liberal. Pero sin dudas puede alarmar a quienes viven o han vivido la experiencia totalitaria. Recuerdo un montunito de Pablo Milanés que decía: “Por el día pal trabajo / por la noche al comité / Con el tiempo que le sobra / haga lo quiera usted”. Muy bien, pero, ¿qué tiempo?.

Una de las diferencias entre Silvio y Pablo que no ha salido a relucir mucho en los últimos debates, y de la que ellos mismos hablaron en los años ´80, es que al primero le apasiona la ciencia ficción mientras al segundo no tanto. No hay que leer ningún tratado sociológico para comprender estas tensiones civilizatorias: en la novela Los quinientos millones de la Begún, de Julio Verne, todo queda claro.

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