Las consolaciones del infortunio (I)
Arnaldo M. Fernández
El «problema cubano» no estriba tanto en acciones desatinadas contra el castrismo, sino más bien en no sacar lecciones de los fracasos ni atenerse al principio del peligro opuesto, enunciado por el politólogo John Herz en Political Realism and Political Idealism (Chicago: University Press, 1951): si determinadas acciones surten efectos contrarios, es preciso detenerse y concebir otras (página 42). Nada más ilustrativo que la acción violenta antológica contra Castro.
Invasión (1961)
La idea seminal del director de planes (1959-62) de la CIA, Richard Bissell, era que la Brigada de Asalto 2506 galvanizaría el descontento popular contra Castro en resistencia activa. La superioridad aérea y la cabeza de playa consolidada, adonde arribarían líderes políticos exiliados para ofrecer al pueblo de Cuba la alternativa democrática, demostrarían la impotencia de la dictadura castrista. A las pocas semanas, el pueblo y aun los militares se revirarían contra Castro para tumbarlo.
Todo era wishful thinking. Desde que aprobó (marzo 17, 1960) el Programa de acción encubierta (sic) contra el régimen de Castro, Eisenhower había dejado sentada la tesitura política de la Casa Blanca: our hand should not show in anything that is done. Pensar que JFK intervendría al descaro con la aviación y los marines en Cuba presupone preguntarse para qué hacía falta entonces la brigada y por qué la CIA, en vez del Pentágono, corría con la Operación Zapata. Así y todo, la CIA y sus brigadistas —y por extensión, el exilio— buscaron consuelo en que todo había fallado porque Kennedy rehusó dar la debida cobertura aérea.
La operación exitosa en Guatemala (1954) había principiado igual: con invasión de exiliados entrenados por la CIA, pero se consumó con rebelión de coroneles guatemaltecos —azuzados por el embajador americano John Peurifoy— contra Jacobo Arbenz. En abril de 1961 no había en Cuba ni embajada americana ni otra gente para dividir y vencer entre los militares castristas. Sin embargo, la CIA llegó a notificar (marzo 16, 1961) que el respaldo popular a Castro no pasaba del 20% y alrededor del 75% de los milicianos cambiaría de casaca.
Se armaron 35 mil módulos personales de combate para quienes iban a sumarse a la brigada. Se embarcaron 15 mil junto con jeeps y camiones, morteros y cañones sin retroceso. Nadie advirtió que la gente desarmada tendría que abrirse paso por entre las tropas de Castro para acceder a los módulos. Ni que Castro se encargaría de aprehender a todo sospechoso nada más que sonara el primer tiro. Aun después de consumarse el fiasco (abril 19, 1961), el Consejo Revolucionario Cubano (CRC) largó su sexto boletín para llevarse la rosca del (auto)engaño: las acciones en Girón y Playa Larga habían sido constante e inadecuadamente descritas como invasión, siendo realmente desembarco de suministros y ayuda «para nuestros patriotas que han estado luchando en Cuba por meses (…) La mayor parte de quienes desembarcaron consiguió llegar a las montañas del Escambray».
Al cabo el Che Guevara agradecería (agosto 17, 1961) la invasión a la Casa Blanca por haber consolidado a la revolución dentro de la Isla y reforzado su imagen en el exterior. Para remachar el clavo histórico, el Inspector General de la CIA, Lyman Kirkpatrick, y el general Maxwell Taylor concluyeron que ni siquiera con superioridad aérea la brigada hubiera podido sostenerse. En los trámites de la Operación Mangosta, Taylor confirmaría (marzo 14, 1962) que no se podía tumbar a Castro sin la intervención militar directa de EE. UU. Así lo reiteró (agosto 20, 1962) en memo a JFK.
Ninguna otra expedición de exiliados puso en peligro al régimen de Castro, pero Alpha 66 se consoló con que sus incursiones habrían contribuido incluso al fracaso de la Zafra de los Diez Millones (1970). El tiro de gracia a estos consuelos consta en las memorias de Bernardo Benes: un «apoderado de Castro», el coronel José Luis Padrón, le pidió en La Habana (agosto 28, 1981) darle a Jim Freeman, lugarteniente del FBI en el sur de la Florida, el recado de que Cuba donaría unos $5 mil «si dejaban al Alpha 66 continuar las actividades anticastristas».
-Ilustración: Anti-American Art: A Beautiful Day at the Beach (2011) © The Cahokian

