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Intelligentsia y público

Enviado por en febrero 27, 2011 – 18:08 pm

Arnaldo M. Fernández

Al parecer los intelectuales tienen la misión de dar precisión al debate público. Los dividendos dependen de que al debate concurra gente informada con intención de dialogar bajo la coacción ya sólo del mejor argumento y dar cabida a los alegatos en contra de verdades suprimidas o derechos violados. No es fácil engolfarse en tal debate, que para los intelectuales supone buscar la verdad, tejer hipótesis fundadas y refinar argumentos. En términos existenciales sería mucho más placentero entonar, como letanía tibetana, el declive de la intelectualidad frente a la transformación estructural —como diría Habermas— de la opinión pública. Las redes expansivas de telecomunicación tornan la esfera pública cada vez más informal e inclusiva a. Así como crece la blogosfera, los modos de accesos a contenidos se van descentrando y los intelectuales dejan de ser foco de autoridad. A esto se suma el «giro icónico» inducido por la televisión: la imagen sobrepuja a la palabra.

La función mediática de concesión de status, examinada a fondo por Adorno y Marcuse, se agudiza al punto en la televisión de que las intervenciones para debatir dan «celebridad» a los participantes frente a las cámaras aun con independencia de lo que digan. De ahí que el discurso se deslice desde la argumentación a performance y self-promotion, mientras el público debatiente se acomoda como espectador y los temas se farandulizan, como puede apreciarse ejemplarmente en la televisión hispana de Miami.

La vanidad entre ciertos intelectuales cubanos llega a tal punto que algunos se declaran a sí mismos think tank en el exilio, sin tener entidad de poder que proporcione blindaje y cañón ni tratarse a menudo de otra cosa que wishful thinking. Desde luego que reputación intelectual no es sinónimo de fama mediática, porque presupone adquirir saberes en tal o cual especialidad antes de hacer uso público de ellos. Sólo que, de cara al problema cubano, el uso público ha puesto en evidencia a muchos, cubanos y extranjeros, desde Brian Lattel o Heinz Dietrich Steffan hasta analistas políticos de origen cubano que urden nociones, como el raulismo, más allá de la parsimonia exigida por el sentido común.

El intelectual debe anticipar públicos que, antes que espectadores, discutan argumentos sin necesidad de ver la credencial ni la cara del oponente, sino ejerciendo el criterio sobre las razones ad rem. La corruptela de esta práctica es marcada, por la abundancia de comentarios ad hominen en la blogosfera, la guerrita de etiquetas entre las banderías pro y anti Castro, la irrupción en el debate de gente que no sabe de que está hablando y los talk shows donde los activistas políticos intelectualizan sus propuestas y los intelectuales politizan sus justificaciones. Ni qué decir de los periodistas que empalman la actualidad noticiosa con raras historias que nadie supo nunca.

El interés político conspira, junto con proclividad al performance y self promotion, en contra del derecho del intelectual público a equivocarse y su deber correlativo de abjurar del error. Así se llega al colmo de rectificar el error sin reconocer que se ha cometido. Y como los mass-media buscan llegar al público más extenso posible, es preciso banalizar el tema. Nada mejor que hacerlo con actores de relleno en pose de expertos. Así, el último reducto intelectual en el debate público parece ser el sentido de adecuación para ocuparse con rigor tan sólo de relevancias. Aquí entran hasta los filósofos: como advirtió Adorno y mantiene Habermas, es preciso desistir de la búsqueda de lo absoluto, pero sin apartarse un ápice de la verdad (Perfiles filosóficos y políticos, 1971). A este último respecto bastaría con criticar las mentiras que campean por sus respetos, en vez de urdir verdades con ínfulas de autoridad o promoverlas con el «entusiasmo estéril» que sindicaba Max Weber. Dar buenos fundamentos a la crítica fundada es una virtud poco heroica y nada espectacular, porque requiere guardar la distancia correcta entre sólida argumentación y exposición atrayente. Algo tan fácil de sentar en teoría como difícil de lograr en la práctica.

-Ilustración: Adriano Bruego, Apagón (s/f)

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